Lisandro Alba y María Padilla, amigos y vecinos del pueblo, se casaron un lunes, a las diez en punto de la mañana, y la fiesta de sus nupcias, me acuerdo, nos la bailamos por la noche hasta el amanecer. Aquello tenía que ser un lunes, no un domingo, ni un sábado, menos un martes, tampoco un miércoles, no un jueves e imposible un viernes. Ellos, por algún motivo, así lo quisieron con la bendición y aceptación del padre Feliciano Hernández. Me parece verlos. Bajaban alegres a plena luz del día por el callejón de la Calle del Repaso, rumbo a la iglesia, juntos, de bracete. Él, correctamente vestido de novio, ella vestida de novia radiante; no llevaban padrinos, recogieron a tres o cuatro testigos que se encontraron a su paso -yo fui uno de ellos-les hicimos el favor y el acta de aquella macondiana boda, tuvo, de parte de los atestiguantes nuestras firmas oficiales y, además, del recordado clérigo, su consagración. Y eso hizo que aquel lunes, en la Calle del Palenque, donde los padres de la novia vivían, fuera distinto al domingo inéditamente anterior, como tampoco sería idéntico al martes que vendría, ni al miércoles, mucho menos al jueves, así tampoco al viernes, al sábado y de nuevo al venidero domingo… ¿Y todo por qué? Porque ningún día se parece a otro.
Un martes, ni antes ni después, sino un martes, en horas de la mañana, caminando tranquilo por su patio sembrado de frutales, justo en la medida del tiempo y del espacio, sin dar un paso más ni uno menos, mientras pasaba por debajo de un palo de coco, le cayó en la cabeza un coco seco al viejo Eleazar Olivares. El golpe lo derribó y se orinó del dolor; pero quedó vivo. Tenía que suceder un martes porque ni el lunes ni el miércoles se iba caer aquel coco, preciso allí, en su cabeza, y exactamente a la hora en que él por allí pasaba…¿Y todo por qué? Porque ningún día se parece a otro.
Todo sucede. A Idalbis, la hija de Juana, joven y bella ella, a los 15 de su edad florida, un sábado, caminando distraída por la plaza del pueblo, una fuerte brisa loca y arremolinada, a las dos de la tarde, ni antes ni después, le levantó la falda en plena calle y la calle se alegró y los allí presente, sin querer, le vimos todo…, no fue el viernes ni iba a ser el domingo…fue ese sábado bonito de marzo…muy bonito…¿Y todo por qué? Porque ningún día se parece a otro.
Esto de los días que nunca son lo mismo, pero que no varían de nombres (lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo), tiene su complique y desatino. Hay gente que le dice a otra: “Hoy amaneciste con cara de lunes”…Y yo nunca le he visto la cara al lunes…Y alguien más a un similar: “Tienes una cara de domingo que no puedes con ella”…Y tampoco le conozca la cara al domingo…pienso que debe ser alegre……¿Y todo por qué? Porque ningún día se parece a otro.
Y esto no lo es todo. Hay personas que no viven consagradas a cada día de la semana conforme a que estos se parezcan entre sí, y resulta que el “lunes de zapatero” no es el mismo para todos. Y no es el caso de Lisandro y María, pero no faltará quien un martes sí se case a pesar de que le adviertan: “martes, ni te cases, ni te embarques, ni te mudes para otra parte” pues, por encima de la cabeza de quién sea, lo hará. Y en contra posición al refrán de Cervantes (el del Quijote), otros saben que hay miércoles con sol y sin sol; jueves con viudas sin dolor y con dolor, y viernes con muchachas sin amor y con con amor”…En tanto no todas las mujeres lavan el sábado ni acatan la orden de que, si lo hacen el domingo, lo lavado ponlo al sol y guíndalo……¿Y todo por qué? Porque ningún día se parece a otro.
…Y mientras todo esto así en el pueblo sucede o no sucede, Ana, abriendo las piernas, parió el viernes en el hospital y no el jueves… Y Josefa, un miércoles y no un lunes, con un cuchillo, se cortó un dedo de la mano izquierda relajando la carne que preparaba para la cena…Y mi vecina de enfrente, hoy, y no en otro día, se sonrió con el piropo que le dije ahorita…Y mi abuelo, el último sábado no desayunó porque no el lunes, ni el martes, ni el jueves, ni el domingo, sino ese el sábado, fue el día que su vaca la “Cafemalo”, cuando la ordeñaba, el balde lleno de leche le pateó y se le botó… ¿Y todo por qué? Porque ningún día se parece a otro. Amigos, el mundo no tiene una misma historia, los días de cada día, tampoco. En un lugar habrá gritos y en otro, silencio… Por allá, alguien hace una cosa y por acá ninguno hace nada…El ladrón ayer robó y hoy no…Y pasado mañana comenzarán y terminarán amores…Morirá un amigo y siguen vivos los demás…Y habrá historias buenas e historias tristes…Y quien nos extrañe y quien no…como es la vida misma, pero no así los días de cada día… ¿Y todo por qué? Porque ningún día se parece a otro.
Walter Pimienta Jiménez.
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