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-MOLINO DE  PAPEL- Porque  el  mundo  está  lleno  de  historias
El punto  final(o el  desatino de  lo  falsamente  infinito)
Cuentos y relatos globales. 15.01.23 
…Uno  nunca  pone  punto  final  a  aquello  que  le  hace  daño…
Escribe;  Walter  Pimienta .- El punto final nunca será el punto final. “No dijo esto”- señala el lector cerrando de golpe el libro. “Yo hubiera dicho más”- sostiene otro… Pero ambos  ignoran que el escritor lo puso con dudas, con esa duda que así todo lo resume: “Será qué  me falta decir más?”…Y el  corazón lo sabe, pero no lo dice. Allí, al final de último párrafo  está el punto  final identificando  una  realidad… la de  las  cosas que  nunca  acaban,  nunca  terminan…¿Se acaba  la leña ardida acaso? No. Ahí está la  leña,  pero  vuelta  ceniza,  otra  forma de leña en polvo…una leña sin final…A la que  mi abuela, agregándole baldados de agua, convertía  en  su “champú” y  con ella se bañaba para  que  le creciera  aún más su  negro  cabello indio…Y  que  mi abuelo, con  la  tierra revuelta,  convertía en abono  para  sembrar un  frutal en el  patio: ignorando  así que  a estos aportaba buena cantidad de potasio,  lo que les  favorecía el  crecimiento  del  follaje  y,  tiempo después, recogía unas guanábanas de 4 libras… No  había  punto  final… La ceniza  que había  sido  leña, en  larga  analogía de domésticos   usos, pasaba a ser  el  jugo  del  abuelo que  ya  ingerido,  en  su cuerpo,  quién sabe cuántas cosas vitales   más,  se volvería.

Cuando  llego  al  punto  final de lo  que escribo,  siento un inapropiado  frío. Siento  que  allí  se muere todo cuanto  no tuvo  palabras  para  decir más…Y  entonces  me  siento  culpable de haberlo plasmado negándome,  por  ejemplo,   que  en  el  relato la  noche se cerró sin  el  mito  de  la  vida y  con  protagonistas  cansados  de  mi  lógica  que  no  es  la lógica  de  quienes  me  van a leer…Y  en consecuencia,   creo  que  todos  las novelas,  cuentos  y  relatos no  tienen  punto  final, que es  un desatino  ponerlo y  que  cada  lector  tiene  su  manera  de  continuarlo sin  renunciar a  lo  que  le  hubiera  gustado  decir como  en  una conversación de teléfonos en  los  que  cada  lector agrega  lo  suyo;  lo  mismo  que en el  evento  de  la  ceniza  y  la leña que   pasa a ser  guanaba  para  el  jugo transformado en  vitaminas  que dan  salud  al  abuelo  y  el  abuelo  vivo  repetirá  y  repita  el  ciclo a  la  inversa hasta  el  día  que alguien  se hace  rico  descubriendo  que  la abuela  hace  champú con  la ceniza  de   la leña  de su hornilla y  así,  nunca  desaparecerán  los  motivos de  vida  eterna  que  tiene  el  punto  final  que  nunca  es el  final…Y  que  posee  el desatino  de  lo  falsamente  infinito…
He  llegado  al  supuesto  punto final  de  algunos  de  mis escritos y,  al  releer  el  texto,   no  lo  pongo,  no  me  atrevo…Y  dando  “enter” a la  computadora,  lo  borro  todo porque  el  papel también  aguanta  que  lo  tiren sin  revelar nada porque siento el llamado de que,  ya  malos o ya buenos  dichos  textos, es mejor permanezcan   desconocidas quitándome   así  las  inclemencias de quienes  dirán:  “Yo  hubiera  dicho  más”…”Le  faltó decir”….
Qué  hartera.
Al  lector le  interesan un  soberano  pepino las  dudas  que el escritor  tuvo  a la  hora  del  punto  final.  Esa  hora  tan  igual  en  que , espada  en mano,  el  torero  reza y se entra a  matar  al  toro sin apelar al  filo  de  los cuernos  de  la bestia porque  el  entretenimiento debe  seguir,  y  el escritor  de los  buenos  o  malos  puntos  finales, debe también  continuar  escribiendo…
He  vivido el  padecimiento  del  punto  final saboreando  el contenido  de un  pocillo de café y no  lo  encuentro, se  hace  pendenciero y… de  nuevo  toca tirar el  papel con  la  creencia absoluta de que, de lo  que estaba  escribiendo, no  sabía  un  carajo,  absolutamente  nada   y  muchos sí… y en consecuencia ocurre que el  que se  vuelve  cenizas  es  el  papel.
Hay  escritores  que les  importa  un  carajo  poner  o  no a sus  escritos  un  punto  final…Se  lo  regalan  al lector y  lo  comprometen a  que sea  él  quien  lo  ponga  si  le  da  su  soberana  gana…Lo  considero  una  especie  de  sumisión lectora y lo entiendo  como  algo  así  dicho:  “Jódete, agrega lo  que te dé la  gana…no es asunto  mío…Di lo  que yo ,  según  tú, no  fui  capaz  de  decir”.
El  punto  final desviste  al  escritor  ante el lector cuando el primero  no   recordó  decir lo y que  para  otros  era  fácil decir…”Yo  no  hubiera   vestido de  rojo  a  la  protagonista: mejor  de  blanco.  Y al  tipo ese  que  aparece  ahí,  lo  hubiese  puesto a comer  macarrones. Tienen  que comerse  con  paciencia y  así  no  resultar  el  pobre  con  la  camisa manchada  de salsa…Era  tan  obvio  decirlo”.
Esa  es  la  cuestión…el  punto  final es  irreal como  irreal es  hablar  de guanábanas  nacidas  de  la  leña  hecha  ceniza… Profana  la  muerte,  sigue  vivo  en  cada  lector;  es  más,  se  vuelve punto  seguido en  cada lector en  riña  contra   recuerdos  no  recordados;  replanteando en  el  texto  que el  punto  final siempre es  el  reinicio  de  otro  punto.
Creo  que  ningún  escritor  disfruta  a la  hora  de  poner  en  su  texto  el  punto  final. La  duda  lo  mata y  retoma  las  ideas  y  añade cambios y  altera opiniones  y,  lo  peor,  se  inventa  tanto  finales  como  puntos  finales  hay, y vive  su  drama y  en  el  misterio del  misterio  no  sabe  lo  que irán a sentir  quienes  le  lean y  que,  aprovechándose  de la  ventaja,  esta  vez  dirán de él lo  que siempre  han  querido echarle  en cara. Una vez  me  pasó:  En  uno  de mis  cuentos,  al  final,   muere un perro  callejero  aplastado  en  la  vía  por  un  camión,  y  una señora que  me leyó   me  llamo  por  teléfono  para decirme  que yo  era  un  asesino:  “No debió  matar  al  perrito… Lloré…Asesino,  asesino”…Y  colgó.
Nunca  me  lo  imaginé,  y  por  el  perro  guardé  un  minuto de silencio.
Tiene lo suyo el punto  final…Guarda un  silencio total,  me  hace  poner  las  manos en  la  cara,  cerrar  los  ojos…Y,  ladino, se resbala  hacia  otro  párrafo en  un  arrumaco  de letras que  solo  consiguen  hacerme  esta  pregunta:  “¿Será  que dejo esta  vaina  hasta aquí?”
El punto  final,  todo lo  deja  en  el  aire…Y  no  faltará aquel que   critique  mi  falta  de  ortografía  si no  lo  pongo ignorando  que  uno  nunca  pone  punto  final a a aquello  que  le  hace daño…
…Y  lo  más  jodido de  algunas novelas, cuentos y  relatos,  es que  hay quienes  dicen que lo  mejor es  el  punto final.
Y  vaya que qué ironía  la  de algunos cuando uno,  contándoles el  cuanto,  se  lleva esta inesperada  interrupción así  frescamente  dicha: “No  sería  mejor que  me  cuentes  el  final”.
Que no  se diga, por  lo  tanto, en torno  al  tema,  una palabra más y ….punto  final…
Pero  tengo  una  duda: ¿Será que lo he  dicho  todo?

Walter  Pimienta

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