…Uno nunca pone punto final a aquello que le hace daño…Escribe; Walter Pimienta .- El punto final nunca será el punto final. “No dijo esto”- señala el lector cerrando de golpe el libro. “Yo hubiera dicho más”- sostiene otro… Pero ambos ignoran que el escritor lo puso con dudas, con esa duda que así todo lo resume: “Será qué me falta decir más?”…Y el corazón lo sabe, pero no lo dice. Allí, al final de último párrafo está el punto final identificando una realidad… la de las cosas que nunca acaban, nunca terminan…¿Se acaba la leña ardida acaso? No. Ahí está la leña, pero vuelta ceniza, otra forma de leña en polvo…una leña sin final…A la que mi abuela, agregándole baldados de agua, convertía en su “champú” y con ella se bañaba para que le creciera aún más su negro cabello indio…Y que mi abuelo, con la tierra revuelta, convertía en abono para sembrar un frutal en el patio: ignorando así que a estos aportaba buena cantidad de potasio, lo que les favorecía el crecimiento del follaje y, tiempo después, recogía unas guanábanas de 4 libras… No había punto final… La ceniza que había sido leña, en larga analogía de domésticos usos, pasaba a ser el jugo del abuelo que ya ingerido, en su cuerpo, quién sabe cuántas cosas vitales más, se volvería. |
Cuando llego al punto final de lo que escribo, siento un inapropiado frío. Siento que allí se muere todo cuanto no tuvo palabras para decir más…Y entonces me siento culpable de haberlo plasmado negándome, por ejemplo, que en el relato la noche se cerró sin el mito de la vida y con protagonistas cansados de mi lógica que no es la lógica de quienes me van a leer…Y en consecuencia, creo que todos las novelas, cuentos y relatos no tienen punto final, que es un desatino ponerlo y que cada lector tiene su manera de continuarlo sin renunciar a lo que le hubiera gustado decir como en una conversación de teléfonos en los que cada lector agrega lo suyo; lo mismo que en el evento de la ceniza y la leña que pasa a ser guanaba para el jugo transformado en vitaminas que dan salud al abuelo y el abuelo vivo repetirá y repita el ciclo a la inversa hasta el día que alguien se hace rico descubriendo que la abuela hace champú con la ceniza de la leña de su hornilla y así, nunca desaparecerán los motivos de vida eterna que tiene el punto final que nunca es el final…Y que posee el desatino de lo falsamente infinito… He llegado al supuesto punto final de algunos de mis escritos y, al releer el texto, no lo pongo, no me atrevo…Y dando “enter” a la computadora, lo borro todo porque el papel también aguanta que lo tiren sin revelar nada porque siento el llamado de que, ya malos o ya buenos dichos textos, es mejor permanezcan desconocidas quitándome así las inclemencias de quienes dirán: “Yo hubiera dicho más”…”Le faltó decir”…. Qué hartera. Al lector le interesan un soberano pepino las dudas que el escritor tuvo a la hora del punto final. Esa hora tan igual en que , espada en mano, el torero reza y se entra a matar al toro sin apelar al filo de los cuernos de la bestia porque el entretenimiento debe seguir, y el escritor de los buenos o malos puntos finales, debe también continuar escribiendo… He vivido el padecimiento del punto final saboreando el contenido de un pocillo de café y no lo encuentro, se hace pendenciero y… de nuevo toca tirar el papel con la creencia absoluta de que, de lo que estaba escribiendo, no sabía un carajo, absolutamente nada y muchos sí… y en consecuencia ocurre que el que se vuelve cenizas es el papel. Hay escritores que les importa un carajo poner o no a sus escritos un punto final…Se lo regalan al lector y lo comprometen a que sea él quien lo ponga si le da su soberana gana…Lo considero una especie de sumisión lectora y lo entiendo como algo así dicho: “Jódete, agrega lo que te dé la gana…no es asunto mío…Di lo que yo , según tú, no fui capaz de decir”. El punto final desviste al escritor ante el lector cuando el primero no recordó decir lo y que para otros era fácil decir…”Yo no hubiera vestido de rojo a la protagonista: mejor de blanco. Y al tipo ese que aparece ahí, lo hubiese puesto a comer macarrones. Tienen que comerse con paciencia y así no resultar el pobre con la camisa manchada de salsa…Era tan obvio decirlo”. Esa es la cuestión…el punto final es irreal como irreal es hablar de guanábanas nacidas de la leña hecha ceniza… Profana la muerte, sigue vivo en cada lector; es más, se vuelve punto seguido en cada lector en riña contra recuerdos no recordados; replanteando en el texto que el punto final siempre es el reinicio de otro punto. Creo que ningún escritor disfruta a la hora de poner en su texto el punto final. La duda lo mata y retoma las ideas y añade cambios y altera opiniones y, lo peor, se inventa tanto finales como puntos finales hay, y vive su drama y en el misterio del misterio no sabe lo que irán a sentir quienes le lean y que, aprovechándose de la ventaja, esta vez dirán de él lo que siempre han querido echarle en cara. Una vez me pasó: En uno de mis cuentos, al final, muere un perro callejero aplastado en la vía por un camión, y una señora que me leyó me llamo por teléfono para decirme que yo era un asesino: “No debió matar al perrito… Lloré…Asesino, asesino”…Y colgó. Nunca me lo imaginé, y por el perro guardé un minuto de silencio. Tiene lo suyo el punto final…Guarda un silencio total, me hace poner las manos en la cara, cerrar los ojos…Y, ladino, se resbala hacia otro párrafo en un arrumaco de letras que solo consiguen hacerme esta pregunta: “¿Será que dejo esta vaina hasta aquí?” El punto final, todo lo deja en el aire…Y no faltará aquel que critique mi falta de ortografía si no lo pongo ignorando que uno nunca pone punto final a a aquello que le hace daño… …Y lo más jodido de algunas novelas, cuentos y relatos, es que hay quienes dicen que lo mejor es el punto final. Y vaya que qué ironía la de algunos cuando uno, contándoles el cuanto, se lleva esta inesperada interrupción así frescamente dicha: “No sería mejor que me cuentes el final”. Que no se diga, por lo tanto, en torno al tema, una palabra más y ….punto final… Pero tengo una duda: ¿Será que lo he dicho todo? Walter Pimienta
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