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-MOLINO DE PAPEL- Porque el mundo está lleno de historias
Vida de antes
ME FALTA LA “L” (LA DE KOL-CANA)
Cuentos y relatos globales. 27.11.22 
No hay máquina del tiempo más hermosa, que una vieja canción
Escribe Walter Pimienta.- Tenorio Jiménez, el del barrio Rebolo, pensionado y con todo el tiempo de la vida para él, ausente de relojes, para entonces se dedicaba a lo que más le gustaba, a coleccionar música vieja.  Radio Reloj, la de los años sesenta, lo complacía con unos bolerazos matadores y unos ritmos tropicales de verbena y carnavales añorados…, y, en esta, además de darle la hora exacta, le informaban sobre el pedido de los estibadores y güinchero requeridos por el Terminal Marítimo, empresa en la que laboraba. Por eso no la cambiaba del dial.
Lo dicho, Tenorio, a quien los suyos y las amistades le decían “Teno”, en los años de esta historia, era coleccionista junto con otros de su misma   especie, su misma edad y de igual afición, algo así como   un club de ellos que, en las esquinas del centro de Barranquilla, de segunda, en celosa competencia, buscaban y rebuscaba incunables de 78, 45 y 33 revoluciones por minuto así fueran rayados y que, lavándolos con agua de Fab, de que sonaban, sonaban.
Cuando  estaba  joven, Tenorio ya gustaba de  la música vieja, la misma  por la cual, con afán, indagaba:  la  del  recuerdo;  y  que  dado  su  habitual trabajo,  a falta  de  tiempo, no cacharreaba  como  si lo hacía hasta  la ocasión  en  que  me  contaron  esta  historia, sabiendo  de antemano que alguna vez la  tendría para llevar  su  vejez o  más  bien  para  envejecer  con  ella, escuchándola  en  una antigua  vitrola RCA Víctor de  corneta de  bronce del  año  1904 que  le  dejó  su  abuela Pacha  Fandiño, regalo  de su esposo  Temildo,  empleado  de  la Naviera  Gran  Colombiana,  que en 1946, cual pieza de museo, de Cuba, en uno  de  sus viajes,  se la trajo y   que…¡Ah milagro! Increíblemente, cuando esto, todavía   funcionaba.
Tenía su mercado  negro el  Tenorio  para conseguir aquellos  históricos discos: en  los bares, por debajo de cuerdo,  con los saloneros, poco a poco  se levantó varios de  Daniel Santos, “Yo no he visto a Linda”,  “Obsesión” “Despedida” “Virgen de media noche, entre  otros;  y los  inviables del doctor  Alfonso  Ortiz  Tirado,  “Te  quiero  dijiste”, amén de “Princesita”, “Alma  y  vida  y  “Tu  lo sabes”;  así  como de  Marina  Cárdenas, “En la  vida  hay amores” y “Te extraño; ” del Trio  los  Panchos;  “Toda una  vida”,  “Sabor a mí”,  “desengaño”; y de Bienvenido  Granda, “Tu precio”, “Egoísmo”, “ A la orilla del mar”, todos estos, verdaderas joyas  de discotecas…
En tanto que, en predios del “Almacén Ley”,  carrera 41 con calle 36, entre músicos que por allí pululaban y revendedores calanchines, se levantaba cuanto  fuera posible de la “Sonora  Matancera”,  de Pacho Galán, de  la  Billos Caracas Boy, del  “Trio  Matamoros”,  de “Pedro Laza y sus  pelayeros”,  de Rufo  Garrido,  de  la  Sonora  Cordobesa,  de  Aníbal  Velázquez  y no  pocos de Guillermo  Buitrago, Pérez  Prado, Peñaranda  y  su  “Ópera del mondongo”…Le  funcionaba el  rebusque escrutador  al “Teno”….Y  así  también  rancheras,  tangos, pasillos, mazurcas, y vals a pedir  de  bocas, música  para  degustar y  tomar en  la  creatividad  de llevar a cabo la tarea de ser  el mayor  coleccionista  de  la  ciudad,  algo en  lo  que  jamás se detenía y que con  recelo llevaba a cabo previendo  robos y  prestamos  irrecuperables… De modo que medio pasado musical de la ciudad, estaba en la casa de Tenorio cobijado en sus fundas de papel originales con sus otros detalles.
Los viernes  por  la tarde, en  la esquina de “el Ley”,  Tenorio y  otros  coleccionistas, por  horas, hablando  de una y  otra adquisición,  destacaban y  mostraban sus  “preseas” de acetato, y vinilos  guardados,  robados o comprados a cambio  de “bareta” (marihuana)  y del  nadie  sabe de  quién era o  fue por cinco pesos, actividad  propia de los dedicados a estas  antigüedades que como  testimonios tenían  la  veracidad de hacerse sonar cualquier  tocadiscos cercano a prueba del característico sonido de cosa frita que les  caracterizaba, pues entre más sonaba  así,  más valiosa era la  reliquia…
Algún viernes, bajo la resplandeciente tarde de un diciembre ventolero, Tenorio no era el convidado a la frecuentada esquina. Esa tarde-noche, él se escapó  a un repentino encuentro  con el  supremo coleccionista de almas…y su nombre empezó  a ser  olvido y no se escuchó más  allí  su  voz desatada  en  su  convicción musical al  decir  de “Lágrimas  negras”,   la de los  Matamoros, que no  había ventana  que  no se abriera al  ser  bien cantada  en  una serenata… y empezaba  la  discusión cuando  otro  le decía  que  mejor  era  la  primera “Amapola”,  la de   Miguel Fleta, gravada   en  1925  y  en  la  desacostumbrada ausencia de  los  que  sin mucho  ruido se  van,  a sus hijos: Pedro,  Pablo, Chucho, Jacinto y José,  así llamados en honor a Antonio Machín que esto  canta en la canción  “Mis  cinco  hijos”, que  tanto le gustaba, dejó el legado de sus discos viejos, destino que poco les gustaba o  complacía y  así,   al   giro de sus de sus acetatos rayados, estos, hasta agotarse el  último,  los  fueron vendido por  cualquier  cosa en el  infortunio de  aquellos boleros atravesados  por  letras de amores  trágicos y   destinos  fatídicos que  ya  no  tuvieron noche  ni la   vitrola de la abuela pacha, volviéndose dinero  que  se  hizo  aguardiente en manos  de  otros coleccionistas hablando  de  cada  disco viejo como  como si  fuera nuevo…Al  tiempo que de Tenorio, quien en  vida  tuvo casi  todos los discos del mundo,  en  el  respeto  del  recuerdo,  entre amigos, se refería este suceso de  por sí  gracioso: Año de 1966, de Julián Pérez  Carvajalino, grabado en el “Sello Tropical” por  la  orquesta de  Nuncira  Machado,  cantando Luis  Gómez, en  45  revoluciones  por  minuto, agotado como una exhalación”,  ya  que dicho cambión fue todo un éxito,  Tenorio no tenía en  su  colección el  disco “Cómo se  apagan  las  velas” (o  “los  amores de  Petrona”) y  salió a comprarlo. Fue  a todos  las ventas discográficas  del  momento  existentes en  Barranquilla y  no  lo  encontró, y de haberlo  habido  nunca  lo  iba a hallar ya que él lo  pedía  diciendo: “ Por  favor, véndanme  el  disco  “Me falta  la L”… en alusión  a  que en  dicha canción,  el  alegrero Tomasito   Rodríguez, en  los  primeros  compases de esta  pieza  música,  esto  dice (“Me  falta  la L”)…refiriéndose  al recordado concurso de la  Gaseosa  Kol-cana, que  en  cada  checa  traía  una  letra y la “L” nunca salía en búsqueda de  la  formación  de  la palabra y  así, el  afortunado, se ganaría una moto “Auteco-lambretta”… Ah  tiempos… Ah vida  de  antes…
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https://youtu.be/zZAoXz5xm-w
Walter Pimienta.
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