Miradas perdidas, sueños robados, mentes que olvidan, sentimientos encontrados, eso es el Alzheimer A Mariela, quien lo vive por él…Escribe; Walter Pimienta.- Cuando a Pedro “se le borró el cassette”, lo primero que le sucedió fue no reconocer a sus dos hijos. Tenía 76 años. Jugaba muy bien al ajedrez y tiró el tablero y las fichas a la basura riéndose solo con una risa limpia y sin ese fingimiento que nunca antes tuvo… Después, Pedro, creyendo que estaba en el baño de su casa, una noche abrió la puerta de la nevera y allí se orinó…Fue aquella una orinada sin memoria y sin final… Pedro tuvo gran memoria; era de aquellos que sabía con plena exactitud dónde dejaba sus cosas; recordaba cumpleaños, alineaciones de los esquipo de futbol, nombres de artistas, cantaba al pie de la letra tangos y rancheras. Citaba lecturas de libros y capítulos y versículos de la Biblia. Se sabía de memoria la última proclama de Bolívar que así recitaba a sus amigos cuando tenía sus tragos: “Colombianos…Habéis presenciado mis esfuerzos para plantear la libertad donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés, abandonando mi fortuna y aun mi tranquilidad. Me separé del mando cuando me persuadí que desconfiabais de mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores, que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono” …. Pedro sumaba correctamente llevando, restaba prestando, multiplicaba en forma abreviada y dividía mentalmente… Había sido empleado bancario; pero ahora, seis años después, tiene trastocado el reloj biológico; duerme y despierta a cualquier hora. A veces pregunta a su esposa si está vestido y a ella también, mirándola con incertidumbre, le dice: ¿Tú cómo te llamas? ¿Tú quién eres? |
La casa de Pedro está llena de cartelitos con anotaciones sobre puertas, utensilios y electrométricos: “Nevera”. “Televisor”. “Estufa”. “Sombrero”. “Equipo de Sonido”. “Sofá”. “Mecedor”. “Cama”. “Cuarto”…, se lee sobre estos. El libro de la vida de Pedro ahora es otro. Antes tenía días esplendidos y florecientes recitando “Flores Negras” de Julio Flórez… Hoy está metido en un silencio total de piedra… o, sentado en una mecedora en la terraza de su casa donde silba o intenta silbar como todos los pájaros… Y en su intento de escribir y leer, quita letras a las palabras y en tal caso, “ufa”, es estufa; “vera”, es nevera… Une en las hojas de papel los números sin guion entre ellos y lo que resulta de todo esto es una cifra sin término… A Pedro se le presentan dibujos de animales, los repara y repara fijamente y no los identifica y en la serie del dominó, no encuentra la continuación. No reconoce ni billetes ni monedas. De su dedo anular de la mano izquierda, desapareció su anillo de matrimonio… No se sabe qué lo hizo…
Pedro fue un hombre ordenado: sus zapatos y sus chancletas en su sitio; así sus calcetines, sus interiores y toda su ropa; sus libros y una colección de vehículos pequeños que tuvo…Cierto día quiso ayudar a su esposa en la cocina y sobre el tarro de la sal que estaba por la mitad, vació una bolsa entera de azúcar…Solo con pastillas para su mal, Pedro duerme plácido y descansa como un niño con su pijama a rayas.
Pedro se pierde en su propia casa y sus silencios son peligrosos si toma herramientas por lo que toca vigilarlo en su mundo de sombras sin pensamiento. Le releen los cartelitos y no repite. Los mira, espabila y voltea la vista sin palabras…como si no escuchara. Y parece pensara; pero nadie sabe en qué…Se le pone a hacer plegados de papel, que llevan su nombre, los inicia y los abandona. No sabe dónde está parado. No sabe quién es… Se le pregunta en qué mes nació, debe decir que en abril, y responde que en febrero…Tienen que afeitarlo por el peligro que corre; lo visten y se baña parcialmente. Le ponen pañales y le esconden las llaves de la casa porque una tarde se escapó y lo encontraron en un parque…Un señor que lo conocía y que sabía donde vivía, lo trajo. A veces cuenta hasta veinte y repetirte, veinte, veinte, veinte y no continua con la mirada perdida. Se embelesa en el patio mirando hacia arriba y los suyos creen que, en su mundo, ve pasar pájaros…Y se le ve sonreír. Le gusta hacer esto en las mañanas…Y sus hijos imaginan que les dice vengan a ver lo que veo y vengan a oír lo que oigo…y estos le dicen que sí, que ven y oyen las mismas cosas…La única diferencia es que sólo él las ve y las escucha y se siente bien y quisiera llevarse la luz del sol en sus ojos en su vida de sombras y de oscuridad. Pedro es un mundo de palabras agazapadas, un pensamiento escondido luchando contra olvido aceptándole a su esposa un café mañanero para el recuerdo…
A Pedro lo envuelve el Alzheimer, lo atrapa, lo devora en su final.
De la memoria de Pedro todo se ha borrado, es un archivo vacío…
En la calidez de su hogar, allí, sentado como obediente niño de escuela primaria, ajeno a lo que le rodea, Pedro pasa horas y horas inmerso en sí mismo…En los cristales de las ventanas de su casa cae la lluvia y pareciera gozar allí metido, en la esfera intima del dime quién soy…Esperando sus hijos diga lo alguna vez les dijo: “Llévenme al mar para fundirme en azul…
En ocasiones, Rosita, la esposa de Pedro, le pone en el quipo de sonido boleros y lo toma de la mano para bailar con él…y se aprieta contra su pecho para ver si la música le regresa aquellas dos viejas palabras que él le dijera la primera vez en un baile de carnaval y que le erizaron la piel y le hicieron temblar el alma disuelta en sus brazos susurrándole al oído un … “Te quiero”.
Hoy amanece… quizá una mañana Pedro no amanezca más sin su despertar… Porque se le olvidó para siempre quién era… Porque se le olvidó cantarle a su mujer la canción que más le gusta: “Rosa, Rosa tan maravillosa/Como blanca diosa, como flor hermosa/Tu amor me condena a la dulce pena de sufrir…”.
Y sin el nombre de ella en la boca, sin nombrarla se lo dirá con los ojos, aunque en su mente ya la ha olvidado… Walter Pimienta
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