
La publicación de unos cien mil libros o más cada año en España pone de relieve que un buen estilo y redacción es esencial para que la lectura sea un placer y no una tortura. A muchos lectores algunos libros se les caen de las manos, por el estilo poco refinado de su escritura. Esto no supone que todos los novelistas o ensayistas y filósofos tengan que escribir como Alejandro Dumas, Balzac y Flaubert o como Ortega, Julián Marías o Zubiri.
Al escribir una novela histórica, por ejemplo, es preciso ser claro en lo que se redacta y no dar demasiadas vueltas y descripciones larguísimas que cansan a los lectores. Es verdad que Marcel Proust hacía eso pero tiene un estilo bellísimo y una profundidad difícilmente igualable. El objetivo principal de la escritura es hacerse entender y si se usa un vocabulario arcaico en una novela histórica y no se aclara suficientemente, la acción narrativa pierde interés, porque está condicionada negativamente por términos que pueden ser sustituidos por otros más actuales.
Existen muchos libros en el mercado que no están bien redactados en el sentido de que son farragosos y parece que no avanzan en la trama, porque el desarrollo de las acciones está ahogado en un revoltijo de palabras y descripciones que no son expuestas con un lenguaje adecuado. Haría falta una corrección de estilo de muchas novelas especialmente del género histórico.