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Molino de papel. Historias verdaderas de la engañosa vida RODRIGUEZ, EL CAJERO | | Cuentos y relatos globales. 02.10.22 | | Escribe Walter Pimienta.- Rodríguez es el mejor cajero del banco del mundo, del banco del mundo que queda en mi pueblo y, en razón de su honrado oficio, guarda bajo llave todo el dinero del mundo. Rodríguez mira con cariño todos los billetes ajenos que, a diario, pasan por sus manos como si fueran de él…y los protege más que el verdadero dueño; tanto que los cuenta y recuenta una y otra vez y, verificada la cantidad, amarrándolos con un cauchito, metiéndolos en una bolsa de manila, acción seguida, en una agenda, con fecha del día, mes, año y hora, anota la cantidad, y, aparte, con una pinza de oficina, sobre papeles de los día anteriores, dentro de un círculo, los mismos números de trazos perfectos y nítidos, y todo sellado, firmado y verificado…Es su dogma.. Rodríguez tiene una cara de duro economista y de contador público que no puede con ella; además es flaco sobre manera, macilento, de lentes apoyados en su media nariz; vestido de serios y fríos colores (camisas verdecitas, azulitas, amarillitas), como para ir con ellas en forma puntual a una reunión de la alta banca. | En su minucioso registro bancario del día a día, Rodríguez apunta con lápiz rojo cuántos billetes contó de cada nominación; le saca la punta a este en el artilugio de un sacapuntas de pared y en una gaveta de su mostrador con vidrio, lo guarda desde hace 42 años cuando se lo entregó el gerente diciéndole: “Rodríguez, asegúrelo. Que le dure. Vea que no estamos para muchos gastos”.
Una vez que Rodríguez constata todas las mañanas el monto que dejó en la caja fuerte, que abre con la clave “2 a la derecha; g a la izquierda; 4 a la derecha y 1 en el centro”, pone cara amena, respira con regocijo y se toca un crucifijo de plata que le cuelga al cuello desde que hiciera la primera comunión…Y es entonces cuando cerrando el metalice baúl, vuelve a su sitio de atención de vidrio delantero a esperar los primeros clientes.
Rodríguez pareciera ser el dueño del banco del pueblo. Sabe quiénes son los mejores usuarios; quiénes los morosos; a quién lo van a embargar; a quién le van a quitar la casa; quién no tiene fiador dada su fama de mala paga y quienes son los ahorradores en el rango de tres mil pesos diarios con 21 monedas de cincuenta centavos. Él no tiene ninguna participación en la entidad que no sea la de su trabajo a cambio de un sueldo mínimo mensual dividido en dos quincena que recibe puntuales; pero le reitero: parece el dueño del banco, al que sirve desde hace 42 años, entrando en él cuando a los 21 de edad, recién casado, sabía que el que busca mujer, debe mantenerla o de no se le va.
Toca decir que Rodríguez, como todo cajero de banco debe serlo en su trabajo, es riguroso con lo suyo; no le gusta que los consignantes le entreguen los billetes en desorden, pegados con cinta pegante o rotos (estos los desecha lo mismo que las consignaciones con números ilegibles), y si se le consulta a cómo amaneció el dólar, el barril de petróleo, la libra de café en Estados Unidos y cuál es la acción más vendida en la bolsa internacional; lo sabe porque antes de salir al trabajo se lee el Diario La Libertad de “pe a pa”…
La fraternidad de Rodríguez con la caja fuerte del banco del pueblo, es enigmática y de corazón; solo él la abre sin olvidar el secreto: “ 2 a la derecha; g a la izquierda; 4 a la derecha y 1 en el centro”, clave que cambia cada 15 días…Y así, hace un cierre a las diez de la mañana, otro a la una en punto, antes de irse a almorzar, y uno definitivo a las cuatro de la tarde en la alternativa de que lo que tiene entre manos es toda una fortuna.
La actividad económica del pueblo, pasa por la oficina de Rodríguez. Él se alegra cuando las arcas del banco, en la intensidad de cheques, títulos valores, letras de cambio, consignaciones y ahorros, prosperan y se le ve ilustremente feliz…Y muy triste, confuso y de mal humor, cuando los clientes se llevan todo y se siente cajero de nada y, sensitivo, le hacen cosquillas los dedos porque no tiene billetes que contar…
Por las manos de Rodríguez pasan millones y millones de pesos; pero es pobre porque no son suyos…Es un excelente esposo, un excelente padre de cinco hijos, un excelente empleado, un excelente ciudadano y un excelente vecino; pero pobre, pobre de solemnidad, con una que otra ilusión comprando la lotería y cosas a plazo; con el mismo reloj que le obsequiaron en el colegio cuando se graduó; colocando columnas de monedas por valores que suma y convierte en pesos que no son suyos y, susceptible, porque el moho de los billetes le hace estornudar, se frota en la nariz su pañuelo empapado de alcohol. Es feliz, muy feliz Rodríguez cuando cuadrando caja, todo le sale bien y los desconocidos no saben por qué sonríe…
Detrás del vidrio de la caja del banco del pueblo, hace dos días no está Rodríguez. Alguien que le vio la última vez lo notó de mal semblante, como cuando uno recibe una mala noticia y pensó que, a lo mejor, estaba enfermo. Otro le vio cara de mártir con la “H” de la honradez sobre las arrugas de la frente…En todo caso, estaba muy silencioso; guardando en el fondo de la gaveta el inacabable lápiz rojo; experimentando el valor práctico de los billetes ajenos según el bulto del bolsillo de quien los lleva…y, como un niño, dándole vueltas entre los dedos a una moneda, mentalmente jugaba a cara y sello con esta…Rodríguez salió liquidado ayer del banco, nunca se emborrachó y hoy, en una esquina de la plaza del pueblo, abrumado de hacer nada por primera vez, con un cono de cartón entre manos, para el calor, le come su corazón de hielo a un raspado de limón de los que vende José María.
-No dejes de visitarnos- recuerda que le dijo el gerente.
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