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Tu diario. Libertad de expresion

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-Molino de papel- Porque  el mundo  está  lleno  de historias de la  vida  real…
El  día que cierto  alcalde  puso presa   a “Topacio”
Apuesta,  para que  la  ruleta  siga  girando y  girando…

Cuentos y relatos globales. 28.08.22 
Escribe Walter  Pimienta.- El martes,  hasta las  diez de  la mañana,  estaba tibio  y  húmedo. Había  serenado en  forma  mortificante. Era octubre y  así  es  octubre. En  la  fecha,  el pueblo había  amanecido también  con nuevo  alcalde; cuando los  alcaldes, bajo  acuerdo y  pacto de  liberales  y  conservadores,  resultaban  nombrados por  los  gobernadores  sin  exigirles  algún  título  y estos  “se fabricaban en  el molde policivo de poner  presos  a los  infractores  de  la ley y, atrabiliarios,  sin dejarse  “perratear”  de  nadie”, por  lo que  salían mejores  que  los doctores  elegidos   ahora, para  el mismo  cargo, dizque por voto  popular comprado.
El  alcalde en  referencia, por  regocijo de amistades  y  allegados,  había sido objeto,  la  noche  anterior,  de  una sencilla recepción entre copartidarios y aspirantes  al  próximo  gabinete municipal. Algunos espirituosos brindis y una  chicharronada  montada  en  un  platón  de  madera  con  ruedas  de bollo  de  yuca  del  que traían  en  burros desde el  corregimiento  de  Chorrera, dieron  cuenta esa  vez   de  aflojar  algunas dentaduras postizas y . en prevención  de  accidentes dentales  y  molares, no  faltaron  en  la  reunión aquellos que,  para no  pasar  por  el trance, preferían  escoger del  singular recipiente los más tiernos  y  blanditos.
El  alcalde del  relato era  madrugador y  esto  hizo  que él, comedido y  moderado,   no se  excediera   en al agasajo pues ya era  el alcalde  y  el acalde es  el alcalde, motivo  por  el  cual,  sin guayabo  ni malestar etílico, porque nunca le daba, a las  siete  de la mañana  ya  tenía abierta  la  alcaldía  y  todas  sus  dependencias…Es  que escoba nueva  siempre  barre  bien y  si  no barre, no  jodaaa,  la  hacen barrer…Así  de simple.

Con  una bayeta  roja, de rojo  liberal, como  la  bandera de  su  partido,  el alcalde sacudió  el  polvo  de su escritorio. Con  la misma, igual  sacudió  una  vitrina  donde  había  archivos  de  ordenanzas y  otras disposiciones del ejecutivo.  Acomodó  el  tintero y  ordenó de  mayor a menor,  como  en una exposición, un  diccionario de  la  Real Academia,   el  código  de  policía, la  Constitución Nacional, un  manual  de la  urbanidad  de  Carreño y  una novelita del  Oeste Americano,   de esas de  bolsillo,  que se estaba  leyendo  y que,  días  atrás, le  prestara Vicente el  peluquero. Y  entonces  sí, se sentó  en la  silla resortada y  giratoria  del  mandato.

Era su  primer  día  de alcalde, lucía  una camisa a cuadros  rojos  y  azules, en honor  al frente nacional y  pantalón  con  cargadores de elásticos. Era  alto,  rígido, miraba  de  frente y  con severidad como  correspondía a un  alcalde en  situación  de estreno. Trabajaría  con  obstinación.

Después de las ocho,  el  alcalde  atendió visitas y  prestó  atención a  las primeras  quejas de  cívicos ciudadanos  que le exhortaban a tomar  medidas  con los  vecinos  que  arrojaban a la calle aguas servidas,  así  como le  alertaban de caminos de herradura enmontados y  de  reses que  le  tocaría  llevar  al  coso  municipal dando  cuenta de  cultivos ajenos.  Como  también  le  animaban a actuar  contra  los  pesos  fallos  de  las tiendas  y  del  ron  chimbiado  que se vendía  en  algunos  estancos  clandestinos…A  esa  hora    había  dejado  de llover…Pero  ya  llovería  en la tarde porque octubre es  así  cuando  le  queda  un “chischis jodón” .  Hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos en  la  torre  de  la  iglesia  que se secaban al sol. Firmó, a solicitud  de  su  secretario el  señor  Eduardo, los permisos  del  degüello  del  ganado del  día  siguiente y  cuando  ya  era  llegada  la  hora  del  almuerzo, entró a su  despacho  el  juez  Altamar diciéndole con  voz destemplada  que  lo  invita a almorzar a una finca de cierto amigo que vivía  en   el  caserío  de  “El Vaivén.”.  Eran  las  once  y  media. El  alcalde  aceptó.

El  solícito y  diligente  juez,  tenía un auto viejo  pero que, entre ruidos  y  humos, aún andaba…y en este,  el  alcalde  y  el  regulador salieron dejando  la alcaldía  cerrada que ya a las dos  de  la tarde, al  público se abriría.

-No  te  has  estrenado  el  primer  preso- le  dijo  el  juez.

-¿Qué?- interrogó  distraído el  alcalde.

-Ya es  hora  de que  tengas  tu  primer  preso-  le  insinuó  el  magistrado.

-Claro,  para  eso soy  el alcalde- fue la  respuesta  de la  primera  autoridad-  y recalcó: Ya  mandé a limpiar  y  petrolizar  la celda.  Verás,  alguno  cae.

El  auto  del  juez bajaba por  la Calle de la  Iglesia y justo a dos  cuadras,  en  una esquina,  había  un  tumulto  de gente arremolinado.

El juez  bajó  la velocidad,  detuvo  el  carro  y  le  dijo  al alcalde.

-Actúe.  Ahí  tiene  su  primer  caso  policivo.

El  alcalde se  bajó  del  auto y la gente,  al  verle,  salió  en  estampida. No  quedó  uno…En  tanto  una ruleta  pequeña,  en el  sardinel de una casa, daba  vueltas y  vueltas solitaria sobre  el  tapete numerado lleno  de  billetes y  monedas que ni los  jugadores ni  el  dueño de la misma, tuvieron  tiempo  de  recoger…

El  alcalde decomisó la  ruleta,  el tapete  y las apuestas que amarró  con  el mismo  petate y  regresó al  carro  del  juez.

-Así  se  hace. No  paga  impuesto-  le  dijo  el juez-  y  es  clandestina.

Paso  el  mediodía  y  llegó  la  tarde. El alcalde  volvió  a su  despacho  y  en  una gaveta de  su escritorio  metió  el  tapete y  las apuestas decomisadas y  contadas, y  en  un  rincón,  como  si  fuera un adorno  numérico  y  colorido,  la ruleta presa.

En  ese momento, el  acalde, sentado  en su  silla de mando,  tenía la expresión de ser  todo  un  alcalde. Abrió  la gaveta,  miró  el lío y  miró  la  ruleta, sonrió  y  se dijo:

-¿De  quién será?-  

Se levantó  de su  silla,  fue al  rincón  e  hizo  girar la  ruleta…Esperó y  cayó  el  7. Le dio  otro  giro y  salió  la escalera. De  nuevo  la  puso  a girar y  antes de que la  ruleta  parara, la detuvo suavemente  con  la  punta  de los dedos…

Veinte  días después, Eduardo,  el secretario se  para  en  el  umbral  de la  puerta  del  despacho  del alcalde, trae  unos  papeles en las manos, se acomoda  las gafas,  carraspea y  le  dice a este:

-Lo  busca Santos.

-Hazlo  pasar- respondió corregidor en  tono serio.

-Buenas-  dijo Santos.

-Buenas-  respondía el burgomaestre y le ordenó:

-Siéntate, qué se  te ofrece.

Santos  vio  la  ruleta  en  el   rincón  del despacho, y apoyo  los codos  sobre el escritorio que  tenía  un  vidrio  por  cubierta.

El alcalde estaba a la  altura  de todo alcalde.  Se Sentía  alcalde y  tamborileaba los dedos  en  la mesa.

Santos   miró apenado al alcalde  y  ajustado a su inquietud,  cauteloso, con  algo  de  confianza le  dijo:

-A lo  que  te pones…Me  cogiste presa a “Topacio”.

El  alcalde  apoyó la  cabeza sobre una  mano acodada. Se afirmó  sobre  la  silla y ante  lo  que escuchó,  quedó en chino.

Por  la ventana entró  una  suave  briza.

El  alcalde  miró  a Santos  y  le  dijo:

-No  entiendo…¿Quién es Topacio?

Santos  esbozó  una sonrisa y  fue  cauteloso cuando  le  dijo:

-“Topacio” es  la  ruleta.

-Tenías  que ser tú…ponerle  ese nombre  a tu ruleta clandestina  y sin permiso-  repuso  el  alcalde.

-A  eso  vine, a arreglar  el  asunto- fue  el  parecer  del  visitante.

-Tienes que  pagar  una  multa y  sacar un  permiso- señaló la  autoridad.

-¿Así,  sin anestesia?-  preguntó Santos.

-Sin anestesia y  trato  de ser cordial- fue la  contestación.

Santos  sintió  un  vacío helado en los riñones y,  aceptando  su falta  dijo:

-Asuma  los  billetes y monedas que  estaban  en el tapete  como  el pago  de la multa.  Había  3.800,  los tenía  contados-   y  soltó  un  suspiro.

Sin  rencor el  alcalde aceptó  el  convenio. Llamó  al  tesorero y  le entregó a  buen  recaudo y  contado  el  dinero y sentenció.

-Aquí se paga  porque  se  paga. Ves  donde Eduardo  y  que te expida  el permiso solo por un mes.

El  alcalde  sintió  un  crujido  de  bajo  de su  silla. Era el  crujido  de  la  autoridad,  pero  no  entendía por  qué la  ruleta se llamaba  “Topacio”.

El  alcalde  entregó  la  ruleta  que Santos  metió  en  un talego  de tela que sacó  de  uno de  los bolsillos traseros  de su  pantalón.

El  alcalde  firmó  otros  papeles referentes al permiso  de  una verbena.

-Nivélala.  Parece  que  está  caída  en  el  7 y  te pueden pelar.  Se refería  al declive  de  la  colorida  rueda.

-La  multa  servirá  para  una  lámina  del  cielo  raso  que  está rota- consideró.

El alcalde se puso de pie, y  cuando  Santos dando  las  gracias  ya  se despedía, con  tono  de  inquietud  le  preguntó a este:

-Hey, Santos, dime  una cosa,  ¿por qué tu  ruleta  se llama  “Topacio”?

Santos miró  al alcalde  ahora  plenamente  sonriente y  le  dijo:

-Señor alcalde, porque  la pongo a las once  y  media del  día, cuando empieza   en la  televisión  la novela “Topacio”. Ya  la  clientela sabe. ¿Usted  no  la ve? Es buena, se la recomiendo…con Grecia Colmenares.

Santo alcanzaba ya la  puerta de  salida  y  volvió a decir:

-Véala, véala; los alcaldes  también  ven novelas…

Walter  Pimienta

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