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-Molino de papel- Porque el mundo está lleno de historias ELLA, AÑO DE 1970 | | Cuentos y relatos globales. 31.07.22 | | Recordar es fácil para quien tiene memoria, olvidar es difícil para quien tiene corazón.Escribe Walter Pimienta.- Año de 1970, vacaciones de un mes de junio. Nunca pasaba inadvertida. Era su costumbre notarse avisando con su presencia que allí estaba ella. El pueblo de ocho mil habitantes, le era pequeño para esa excentricidad que le lucía y le caía bien. Por encima del criterio de sus padres, le gusta verse así, rara o diferente por capricho y rebeldía. Año de 1970, vacaciones de un mes de junio. Eran los rezagos de la moda hippie que aún marcaba la tendencia, lo contracultural, lo liberal y pacifista. Su libreto era la moda y las canciones de “Tormenta” con su “Adiós chico de mi barrio/ a donde de prisas vas así/ y pasas en bicicleta/y no te puedo alcanzar/y si andas por el barrio/pregúntale a mi canción/en qué lugar de las calles/tu beso hoy se escondió/Si vienes hacia mi puerta/duerme entre mis brazos/y descansa ya/Aprisiona mi cintura/que por las terrazas/vamos a escapar, vamos a bailar./” … Y de Yolandita con su rítmico “Cachito de arena/ cachito de pena, así era tu amor/…” O cuando no, de Elia y Elizabet “Mis 32 dientes” en tono desentonado y que así cantaba: “Quiero zambullirme entre la hierba/Quiero confundirme con la luz del sol/Quiero sonreírme con mis 32 dientes/Quiero ser hermana de la creación…/” | Era la protagonista de una juventud que exhalaba por todos sus poros 17 años; igual que los míos…Había verbena esa noche en el “Salón el Decentico” y se presentó. Exhibía ceñidas botas color vino tinto de gamuza, short negro y blusa del mismo color, grueso fajón de apliques brillantes, saco o gabardina roja a pesar del calor, boina colorida de lana tejida, cabello suelto; dos largas cadenas y en una de ellas, pendiente un colmillo de león, y en la otra una cruz…Y trajo ese aire de desacato, de desobediencia e insumisión muy suyo. Estudiaba en la ciudad y acarreaba consigo la referencia de otra categoría que la hacía impactante ante las discretas y circunspectas chicas del pueblo de su misma edad. Me gustó su notable presencia, tenía algo de poética irrealidad y de torturante inquietud; ocurre con lo que no nos es común. Su gracia y garbo empañaba un poco a las presentes sin incurrir en un ademán de superioridad sino que, se le notaba el adelanto de su época con su pinta y su donaire de chica de ciudad. Por eso era diferente. Le afirmé mi interés con un guiño de ojo, en la posibilidad de hablarle sobre cualquier cosa considerándola una Madame Bovary criolla (el personaje de la novela), pero quitándole lo del suicido de aquella con arsénico en polvo, pues tan alegre y festiva, seguro no tendría esa vocación tan temeraria. Ella era ella, concebida en todo su tiempo, apetecida tras el logro de romper los límites de la carne viviendo en un fugaz encuentro la exacta temperatura de los amores de juventud. Su vestimenta, su boina, sus botas, todo le iba y despertaba los más dormidos sentidos. Ella no tenía edad. Su edad era su moda y sus modos de la moderna década. La verbena, llena de jóvenes, era un hervidero de colores. Las más resueltas de las muchachas del pueblo, con algo de vedada anarquía, llevaban cintillo al pelo y algunos de nosotros, la proclama algo insurgente de una balaca en la frente imitando no sabíamos a quién y bailando los éxitos de Alfredo Gutiérrez cantando en los discos de 78 revoluciones: “Tienes los ojos indios, como me gustan a mí/ Hechiceros y chiquiticos brillantes como el safir…/. “Ayer temprano se fue/Que triste la vi partir/Olvidarla no podré/Sin ella no se vivir/Fue una mañana muy triste/Cuando se fue pal colegio/Imposible que la olvide/Yo vivo es de sus recuerdos…/”…Qué honda… No le quitaba mi vista a su iluminada visión cuando de pronto vi que su estremecedora humanidad, sin parejo, bailó “Tabaco Rojo” , “Hormiga en los pantalones” y “Pachanga yes”, los únicos tres discos de música diferente que tenía el picó y que pocos, contorsionándose como poseídos por un extraño frenesí, también se atrevieron a bailar para no pasar la vergüenza. Y entonces sentí maniatado mi corazón. Ella era una alucinante irrealidad que una vez vista, debía seguirse viendo indefinidamente… Al día siguiente, enormemente creíble, ella, dando vida al clima fresco de la media mañana, esta vez en bermuda, blusa amarilla sin mangas y sandalias, tenía por atractivo sus dos trenzas envueltas en medidas veladas, al tiempo que moliendo su gastada musiquita de…“Adiós chico de mi barrio/ a donde de prisas vas así/ y pasas en bicicleta/y no te puedo alcanzar...y si andas por el barrio/pregúntale a mi canción/en qué lugar de las calles/tu beso hoy se escondió/, escoba en mano, para que yo la viera, de punta a punta, barría el sardinel de su casa. Le dije hola y me dijo hola y nada más. Y sin darle un clavel que lleva en la mano, me perdí calle abajo sintiendo detenido mis sentidos igual que la noche anterior desfigurado en mi boca el sabor del chicle que masticaba… Ella era una alucinante irrealidad que una vez vista, debía seguirse viendo indefinidamente… Año de 1970. Vacaciones de un mes de junio en un pueblo cercano al mar, alejado de los alcances de la gran ciudad, donde la vida pasaba y se quedaba en los nunca pasa nada acostumbrados. Año de 1970. Vacaciones de un mes de junio en un pueblo sin alumbrado eléctrico y de jóvenes cuya mayoría estudiábamos en el bachillerato local y de qué modos tan alejados de los alcances de la gran ciudad, haciendo de nuestro tiempo un sano descanso agradable dedicados a lo mismo, a ver a la chica de la vestimenta rara para no aburrirnos de estar aburridos en la intranquilidad de su presencia cósmica y tangible, con sus botas y su boina y sus trenzas envueltas en medias veladas…Qué arrebato… Es tan fácil decir la verdad como ocultarla y 49 años después, lo digo ahora: fuimos novios…
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