Orlando se recorría la playa de punta a punta, desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde, como si aquello fuera su asignado trabajo. Qué perseverancia y qué tesón. Iba y venía, iba y venía…El sol más brillante de cada domingo le facilitaba la “ocupación”. Alguna vez una bañista gorda y ajamoda allí presente, como de 40 años, algo pizpereta e interesada, lo confundió con un laico español, pero en el lugar no había sinagoga y ella, apenada le pidió disculpas y bajó la cabeza. Orlando era invulnerable e inmune a la luz solar. Sus gafas de contraluz le permitían mirar sin ser mirado y, fugaz, girando ahora la cabeza para uno y otro lado, no se le escapaba ninguna. Su camisa tropical de palos de cocos estampados, le camuflaba y especulaba haciéndole pasar por un turista extranjero de gastos provechosos en los restaurantes y bares del balneario. La verdad de verdad, a sus 25 años y soltero empedernido, Orlando tenía la pinta de un actor acabado de desertar de Hollywood y que buscaba en la clandestinidad de aquella playa disfrutar de su merecido ocio. Se paraba en el umbral de la puerta de alguna caseta o restaurante de los existentes en el lugar y fácil, desde lejos, las mujeres en alboroto, haciéndole guiños, mínimo lo creían un Paul Newman, un James Dean, un Robert Redford, un Clint Eastwood, un Cary Grant, un Gary Cooper o un James Stewart , inexplicablemente caído por estos lares de imprevisto, confusión que se daba hasta tanto, ellas al acercársele para pedirle un autógrafo, notaban con algo de desconsuelo y pesar , que éste no tenía el color de ojos ni la misma estatura de aquellos pues Orlando era más bajito y de facciones algo rubicundas. Corrían los rebeldes y musicales años 70. …Y Orlando, era sin duda, allí, el galán del domingo, aunque nunca se le vio acompañado de una diva monumental y despampanante de pelo mono con la cual, además de bañarse y beberse unos whiskies, también anduviera en otros proyectos quizá eróticos sumergidos los dos en la desnudez de una cama…(¿?). Yo diría que el sentido de todo su deleite, se lo daban a Orlando sus oscuras gafas…La mente todo lo desnuda, todo…Además, Orlando, para su habitual distracción no pagaba a nadie un solo peso. Solo miraba y miraba sin causa de conflicto porque a eso va uno a una playa llena de hermosas bañistas: a mirar, a mirar…Sí o no… Cosas de la existencia humana porque hasta yo también lo he hecho. No lo he dicho todavía, y lo diré ahora, diré que el tipo en referencia, Orlando, engominado el pelo con “Brillantina Moroline”, siempre iba correctamente peinado y que, por si fuera poco, le gustaba acicalarse con solvencia y profesionalismo 45 veces al día usando para esto una pequeña peinilla de carey, marca “Vandux”, de las que estaban de moda en la época.; lo que remataba mirándose en un espejito de bolsillo para reconocerse y decirse: “Este, en efecto, soy yo”. Otra vez, una extranjera alucinante, movida del corazón, enardecida lo confundió con un famoso futbolista argentino, pero Orlando nunca había pateado un balón en su vida, y por el tono de voz al hablar, diciendo ella no con un movimiento repetido de cabeza, lo descartó encontrándolo más de acá que de por allá, razón por la cual él no tuvo necesidad de confesarle siquiera quién era y a qué honradamente se dedicaba. Cuando Orlando veía a una bañista acostada al sol en la arena de la playa, desde luego, fingiendo ser una persona cualquiera, se acercaba y sin que esta se percatara la torturaba de vista que para eso se lo permitían sus gafas oscuras y su pinta de turista. Y toda aquella llamativa belleza de cuerpo y cara, quedaba en él para siempre grabada… Lo reconozco, a Orlando el ardid, para nada indecente, le funcionaba. Era su acto ritual de cada domingo. Ir a las playas de Santa Verónica. …Y llegó la hora de solucionar en mi “Molino de papel” del día de hoy, el enigma del caso. Advirtiendo al lector que, si va a la playa este domingo, se aplique el verosímil cuento llevando para el efecto la utilería del caso, como lo hacía Orlando, y después me cuenta cómo le fue… ¿Qué a qué iba Orlando asiduamente al balneario de Santa Verónica? Se preguntarán todos y todas. Pues, lógico, Orlando, el de las imprescindibles gafas oscuras, el de la camisa tropical con palos de coco grabada, el del pantalón vaquero y sandalias, el de la increíble pinta de detective, de actor o futbolista argentino, y a quien en el pueblo todos cariñosa y afectuosamente llamábamos “Ñapita”, como usted, como muchos y como yo también lo haría, sin falta iba cada domingo a la playa a ver a las muchachas en atractivos bikini…
Walter Pimienta
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