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Tu diario. Libertad de expresion

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-MOLINO  PAPEL- Porque  el  mundo  está  lleno  de  historias
SOÑAR NO  CUESTA  NADA
Cuentos y relatos globales. 12.06.22 
Escribe: Walter Pimienta.- No dejan de ser bellos  algunos  sueños aunque a veces parezcan  mentiras
A Eduardo  Torres y Néstor  Mejía,  en  El  Banco,  Magdalena.***
Soñó  con  García Márquez y  en el sueño,  escribiendo  en dispuestas hoja de papel, el  Nobel, con voz  pausada,  casi  recitada,  cuidadoso  en  los  detalles  de  la  gramática,  la  buena  ortografía  y  la correcta  puntuación, le  dictaba  un  cuento.
Se  había  levantado con  la  idea clara y  fresca del  sueño. La  tenía nítida  en la  mente,  como si  hubiera acabado de ver una de las  tantas películas   de  vaqueros que acostumbraba a presenciar en  el  Teatro  Montecristo  de su  pueblo.
Solo era  cuestión de sentarse a  escribir. La  trama de  lo  que el  famoso  escritor le  relataba, estaba  viva. Le  giraba  en  la  cabeza. Con  ese  cuento, participaría en  el  Décimo Quinto Concurso de  Narrativa  Juvenil de El  Banco,  Magdalena, y,  esta  vez  sí,  ocupando inapelablemente  el  primer  lugar,  se  ganaría a Eduardo  Torres y  a Néstor Mejía quienes,  escribiendo sus  relatos a dos  manos, siempre se lo ganaban. El  premio que  la  alcaldía otorgaba era atractivo: $ 5.000.000. Servirían para ponerle el  techo nuevo a  la casa. Se  goteaba  toda…
-Diego,  vez  a buscar la leche, el  pan  y  el  queso- le  ordenó Digna  Díaz, su  mamá, en  el  momento en  que él, cotejando los  pliegos de  papel, bolígrafo  en mano, las  enumeraba y  se disponía a sentarse a  la  mesa para  empezar a escribir.

-Es  ahora  o  nunca- se dijo.

-Mientras tú vienes,  ya habrá café. Puse el agua a hervir. No te demores.

Tenía  en  los  oídos el  susurro de  la  voz  de  Gabo. El hijo  de Aracataca le  dictaba  palabra  por  palabra un cuento. Construía metáforas bordadas con  hilos  de oro y  calemboures  y  símiles le  salían con  la  facilidad de  un culto en  el lenguaje del  siglo XV. Por  algo  fue  Nobel…

Regresó  de  la  tienda. Miró  hacia  la mesa. Allí,  en  su  orden, estaban las  hojas de papel esperándole en  blanco.

-Se  te  olvidó  el  queso- advirtió  la mamá.

-Iré por  él. Ya vengo- contestó.

La  idea  de escribir su cuento no  moría. No  había  después y se  acordaba con  rabia  de Torres y Mejía.

Se sentó a  la  mesa y  reorganizó  el  pensamiento.

-Ven a desayunar a  la mesa  del  patio. Acá  hace  más fresco- consideró su  mamá y  agregó: “Te  va  a tocar ir  por  laña, la  que  había se acabó. En  el  terreno  baldío  de  Sixto hay  bastante”.

Era su  verdad diaria hacer los  oficios de  su casa y  cumplir con lo  que  su progenitora le decía. Nunca tenía un  reproche para  con ella,  ni una mala querencia.

Desayunó.  Por  un  momento la  brisa del  valle pegó en  su  cara. Estaba listo para  empezar.

-Tienes que  ir a  donde Mauricio  Molinares. Le  encargué una carne gorda para  el  almuerzo  de hoy.

En ese  instante,  casi  pierde  la  paciencia. Se  pasó las  manos por  los  cabellos.  Así se  le calmaba  el  malhumor y se volvió a acordar de  Torres y  Mejía.

Trajo la leña y  luego  la  carne.

-Se me olvidaba decirte hijo, que anoche los  mosquitos  no  me dejaron  dormir. Cómprame con  tiempo el “Plagatox”; no quiero vivir otra noche igual. Te  cuento  algo: anoche roncabas  y  parecía  que  soñabas.

Madre e  hijo  compartían,  en sendas camas,  la  misma pieza.

Se quedó  callado  al escuchar  aquello. Se  acordó  de  Gabo,  también  de Torres y  Mejía y  empezó a afilar  el  pensamiento. Lo  recordaba  todo…

-Estoy desconectada del  mundo. No  sé de  noticias. El  radio se  me  quedó  sin  pilas.  Vez a  la  tienda de María  Teresa y  tráeme cuatro “Eveready”. Aquí  está  la plata.  Ella  no  fía.

Fue  e  hizo el mandado porque a él también le  gustaba escuchar los  partidos de  fútbol.

…Y de  nuevo en  sus oídos el  susurro de Gabo.

-Esta  vez  será diferente. Ganaré-  se  dijo y se  acordó de Torres y  Mejía.

Por  primera vez,  ese día, quiso  mirar  a  su  madre a  los  ojos y  contarle lo  que vivía.

-Mejor  le  doy  la  sorpresa con  el  triunfo- pensó.

Trajo  las  pilas y  se las  puso  al  radio. Lo  encendió  como  prueba y  un  vallenato de Alejo Durán bramó por  Radio  Libertad.

-Anda  mijo, ahora  es  que me  acuerdo. Tengo  visita esta  tarde de mi  comadre Cleofe. A  ella le  gusta el  té y  no  hay. Vez  donde Hilda,  es  la  única que vende eso y  tráeme  cuatro pepeleticas.

El  día,  se  abría  paso.

Tuvo que  ir  por  fósforos. No había  uno  solo. Le  dio de  comer maíz a  las 12  gallinas y a  un puerco que esperaba  su  diciembre. Sacó  agua  del  pozo para  regar  las matas. Con  unas hojas  de  papel periódico viejas, dejó limpio de tizne el  tubo de  vidrio de  la lámpara de  gas con que se alumbraban de noche. Sopló y  atizó  el  fogón para  que en medio  de  una humareda, cogiera  fuego. Se  le extravió  por  un  instante  el  bolígrafo; lo  encontró  y  lo   aseguró. Reparó  el  portillo por donde sus  gallinas se  pasaban para  la  casa vecina. Le  era imprescindible  bañarse y se bañó; hacía  mucho  calor.

-Esta yuca  no alcanza.  Trae más…. Y vez  a  la  plaza. Busca  a Arístides  Rojas, el  chofer del  bus, le  entregas  este  papelito para  que  me traiga de Barranquilla el encargo  que  le  dije y dile que  después me  arreglo  con  él.

Sin  ningún  reproche  hizo  la  vuelta.

Tres  hojas  de papel de las seis en  que escribiría  su  cuento, con  una leve  brisa  que entró  por  la  ventana,  cayeron  al  piso; él  las  recogió. Puso en orden  el resto y encima de estas colocó  el  bolígrafo.

No  lo  era  fácil mantener su  secreto-

-Hay  que  llevarle  diez  huevos a  doña Etilvita. Ella los está  esperando. Te  los  pagará  enseguida. Estamos sin una moneda.

…Y  llevó  los  huevos…Estaba en  vacaciones  escolares y lo  del  colegio  por  ahora  no  sería. Tenía  17 años  y  era  la  lumbrera del  noveno…Diego,  hijo  único y  abandonado  de  su  padre.

Cesaron  los  mandados y  oficios de  la mañana y  la media mañana…Y ya vendrían  los de  la  tarde.

Se  sentó a  la mesa, tomó  el  bolígrafo.

Dudó  en  algo.

Dejó de percibir el  susurro  de Gabo.

De  lo soñado nada se le  venía a  la  cabeza. La historia perdió comienzo  y  final.

En ese  momento se sintió tan  afligido como  en  la  ocasión que botó el  penalti jugando contra los de octavo y  de haberlo  anotado hubiesen  ganado  el  campeonato.

Se acordó  de  Torres y  Mejía.

Su pensamiento estaba tan  en  blanco como las hojas de papel que  tenía en  frente.

Perdió  la trama.

Estaba capturado por la  desmemoria.

Se  acordó de Torres y  Mejía y del  techo  de  la  casa.

Se  le  hizo  un  nudo  en  la  garganta.

No encontraba  ni  un  solo  acontecimiento.

Se  levantó de  la mesa,  recogió las  hojas y  guardó  el  bolígrafo.

Qué  más grande desconsuelo.

-Madre-  dijo  él  desde  la sala- comentaste  que anoche roncaba y  soñaba…Ahora recuerdo…Soñé  con García  Márquez.

La  madre,  ocupada  en  la  cocina  haciendo  lo  suyo, no  escuchó.

-A la  tarde,  buscas la  leche de potrero que  me  vende el  viejo Juan  Rocha,  o amanécenos sin  desayuno.

…Y escuchando  aquello,  Diego se dijo: Verdad que soñar  no  cuesta  nada.
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