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Yo no fui, fue él | | Cuentos y relatos globales. 06.03.22 | | Rezan los ladrones para que haya confiados y dormilones.Escribe Walter Pimienta.- En “Ladronera”, José Segismundo y Segismundo José, así bautizados por sus padres porque vinieron al mundo juntos el día de San José Obrero, también nacieron para practicar la misma mala maña, para ser ladrones con el ventajoso desconcierto de que, por ser gemelos idénticos, con el preconcebido “yo no fui”, “fue él”, de parte de uno, y el de “fue el, yo no”, de parte del otro, nadie puede distinguir al autor de la maldad si es que en ocasiones la hacen a la vez y así, todos los robos y fechorías que cometen quedan sin responsable alguno aunque ahora ellos, de adultos puedan ser señalados pues no vistan iguales en prevención “de oficio”. | Si en todo se parecen en forma común José Segismundo y Segismundo José, aparte de haber sido revoltosos desde los tiempos de la escuela primaria robando cuadernos y lápices; aparte de acostarse y levantarse puntuales a la misma hora, de sentir en el mismo momento las mismas ganas de orinar y las de cagar; de sufrir en forma compartida un dolor de muela, de fantasear de manera exacta, de pedirle a José María análogos refrescos de sabor a vainilla, de beber el café sin azúcar, de jugar al dominó dejando la ficha del doble seis de última para cerrar el juego, de usar sombreros negros con un ala caída, de tacar las bolas de la buchácara con la mano izquierda, de barajar el naipe como si tuvieran entre las manos un resorte, de gustarles a satisfacción la sopa de mondongo que en su restaurante cocina Josefa los domingos, de contestar anteponiendo un “este, este” dudoso, de tener igual la letra, de fumar cigarrillos “Pielroja”, de ser alérgicos al polvo casero, de sufrir de claustrofobia, de haber leído las únicas tres novelas de vaqueros que Vicente Altafulla tiene en su peluquería “La tijera de oro”, de jugar el 2222 en la lotería, de complacerse oyendo las rancheras de Antonio Aguilar, de peinarse hacia atrás, de llevar barba y bigote, de tener idéntica pose en las fotos que les ha sacado “Cabica”, el fotógrafo del pueblo, de sonreír de medio lado para mostrar a todos un diente de oro que tienen, de gustarles las apuestas en los gallos de pelea, de secarse el sudor de la frente con el dedo índice de la mano derecha, de pedirle a la banda de músicos el reiterado porro “María Varilla” en la fiesta patronal recayendo en la bailada con la misma pareja, de disfrazarse en de tigre en carnaval, de espabilar en forma incesante 125 veces en un minuto, de cantar en dúo algunos vallenatos de Alejo Durán, de tropezar de nuevo con la frecuente piedra, de comer en platos de peltre, de borrar el viejo crucigrama que tienen para volverlo a llenar a lápiz por turnos, de haberse hecho grabar el mismo tatuaje de una serpiente de cascabel a la altura del abdomen, de gustarles el bocadillo veleño con leche, de llevar desabotonado el primer botón de la camisa, de ser “A” positivo en el tipo de sangre, de reírse el doble y a carcajadas recordando un chiste viejo, de pasar la lluvia bajo el mismo techo, de pertenecer al partido conservador, de no haberse confesado nunca después de haber hecho la primera comunión, de afeitarse con la “Cuchilla Barbarroja” que por años tienen guardada en una cajita con “Talco Mexana”, de poner repetidos ejemplos cuando conversan con otro, de gustarles los huevos cocidos, de llevar corbata azul y de coincidir en que las mujeres de José Segismundo le ablandan el corazón a Segismundo José y las de Segismundo José se lo ablandan a José Segismundo y comprobado lo anterior se las intercambian sin que estas caigan en la confusión; a pesar de todo esto y de muchas cosas más, es sin duda en el robo de aves de corral en lo que más resultan por completo ajustados coincidiendo en los mismos patios y gallineros a medianoche sin siquiera haberse puesto de acuerdo para esto.
Contra ellos, por lo descrito, no vale investigación alguna ni la verdad prevalece por la astuta versión del: “Yo no fui”, “fue él” … o la del “Fue él, yo no”… dadas así las cosas, que yo sepa, le han robado a Francisca Manotas, cinco pavos de cerda; a Rubiela, una gallina echada; a Dominga Cantillo, tres pollos pelongos; a la señora Luz, cuatro gallinas y un pato; a Jesús Pimienta, dos gallos de pelea; al señor Molina, el de la finca, dos pavos reales y un faisán; a Angelito Hernández, un loro parlanchín y una docena de palomas mensajeras; a “Gindo”, tres codornices japonesas y dos gallinas de guinea; al Chonto Hernández, la famosa gallina de los pollitos dicen ¡Pío! ¡Pío! ¡Pío!; a don Gilberto, la gallina de los huevos de oro y, hasta donde se conoce, a José Santos, el gallo capón.
Se conoció cierta vez, una noche de lluvia, que, en la confusión del pánico, un robado de nombre Benigno Jiménez, les sorprendió con las manos en las gallinas y éste, con su escopeta pavorosa de dos cañones, les hizo dos disparos; uno para cada uno, sin que se sepa si el que le correspondía a José Segismundo le cayó a Segismundo José o el de Segismundo José le cayó a José Segismundo. Lo cierto fue que, al día siguiente, por el rastro de sangre que llegaba hasta donde ellos viven, algo malo pasó y como yo no sé a ciencia cierta si afirmarle que ese tipo que viene allá, de sombrero negro y con el ala caída puede ser José Segismundo o Segismundo José, al preguntarle: ¿José Segismundo, o Segismundo José, ¿cuál de ustedes dos fue el que murió? Seguro me contesta: “Yo no fui, fue él” o “fue él, yo no” … Me entiende… De veras, no es un acto fácil distinguir a estos dos así porque sí; tanto que el uno a la hora de salir a la calle no necesita mirarse en el espejo si se mira antes en su par y así comprueba que quedó bien peinado… Vea, es que eso de que un diablo se parece a otro diablo es bien cierto… y más cuando los dos diablos son ladrones…
Walter Pimienta
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