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-Molino de papel- Porque el mundo està lleno de historias BERNARDO | | Cuentos y relatos globales. 14.02.22 | | «A veces la mejor manera de dar un puñetazo es retrocediendo.»A la memoria de Bernardo Caraballo, quien solo pidió a los colombianos que no lo olvidaran. Escribe, Walter Pimienta.- Se pasó, una y otra vez, e ininterrumpidamente, el peine de carey por su mojado pelo teso de bombril en distintos ángulos y sentidos. Tenía una toalla al cuello y otra en la cintura a manera de una falda atada con un nudo. Aún le dolían las manos. Había ganado el combate y la paga en dólares de la jugosa bolsa la tenía asegurada en una bodega de valores del hotel donde se hospedó. Silbaba de contento un mambo de los de Pérez Prado. Se le notaba el fresco de quien sale de la ducha. Se puso su “Reloj Cornavin” de 10 diamantes incrustados, su pulsera, una cadena con el dije de la letra “B”, de Bernardo, la inicial de su nombre, y así también un anillo de piedra ónix. Todo en oro. Olía a jabón de tocador. Empapó de fina colonia su pañuelo. Se colocó una camisa blanca de marca y de mangas largas que se abotonó y abrochó con un par de mancuernas. Luego del calzoncillo, se metió en un pantalón tornasol con correa de tela del mismo color y encima una costosa gabardina de lana gris. Se puso los calcetines y de hecho sus zapatos de dos tonos. La recepción de amistad que en un famoso hotel cinco estrellas de la provincia de Queszon, Filipinas, le daría Marcel Juvan, a quien horas antes le ganó por dura decisión, le esperaba. Con diligencia, ordenó todas sus pertenencias y las guardó en un armario. | Se veía como toda una personalidad y como le gustaba que le vieran, como un bacán. La bata de estampado singular, simulando ser la piel de un tigrillo, con la que subía siempre al ring con cara de victoria, estaba colgada en el perchero de la habitación. Su entrenador le siguió paciente la ceremonia y, con voz de afán, le dijo: -Vamos. Vamos. Apúrate o llegamos tarde. Hay que ser cumplidos.
Era el 8 de mayo de 1964. Se acordó de un izquierdazo de Juvan que le estremeció el alma. Por fortuna el amoniaco absorbido en el minuto y medio de descaso lo volvió a la vida en el banco de su esquina. Esa izquierda lo partió arriba, en la ceja derecha, y un poco en el parpado inferior del mismo lado. Pero se levantó a hacer lo suyo y lo suyo era el boxeo, la finta, el say stai, el webbing, la cintura, el cabeceo, las cuerdas, la bicicleta, el opper, el jab, el uppercut o gancho, el swing y escuchar a su entrenador que a gritos le decía: - ¡Ojo con la izquierda! ¡La izquierda! ¡Sube la guardia! ¡Súbela! De pronto Bernardo encajo una derecha en la mandíbula del filipino. Se oyó el chasquido del guante contra la humanidad de aquel. Su contendor se fue contra las cuerdas. Entró a rematar. Un hilo de sangre se desprendía de la nariz de Marcel. Este se tambaleaba al recibir un gancho al hígado. -¡Derechealo! ¡Derechealo! Gritaba su entrenador. ¡No lo dejes salir de las cuerdas! ¡Boxea! ¡Boxea como tú sabes! ¡Cúbrete! ¡Cúbrete! ¡Todavía està vivo! Su rival lo abrazó. Ambos jadeaban. Se separaron sin intervención del árbitro y sonó la campana; el combate era a diez vueltas. Faltaba el último round. -Pasamos el que falta- le dijo su entrenador- Vamos ganando por puntos. Su instructor le dio agua de una botella y le refresco la cara con una toalla húmeda. Había hecho esta vez un alto en su vida preparándose responsablemente por cinco meses para este combate metido de cabeza en el gimnasio, alejado de las tabernas, de las puticas de Tesca en Cartagena y de los bailes de domingos en las playas de Bocachica. Su monitor, se le acercó y le dijo: -Él està flojo de piernas, golpea abajo. Puede caerse. -Ya- fue su respuesta. Y con un “no te descuides, su izquierda; es brutal”, dicho por su estratega, comenzó el décimo y último. Juvan caminaba encorvado en el ring con la guardia en alto. Bernardo lo llaveó suave y sonrió. Acostumbraba a hacerlo. El combate había sido fiero y duro a lo largo de todo su recorrido. Terminó la pelea, él se persignó, se arrodillo en el centro del ring y alzando los brazos daba gracias a Dios. Lo propio hizo su rival. Se hablaba de empate. Vino el veredicto y Bernardo ganó por puntos. Hubo aplausos y rechiflas. Un punto fue la diferencia. …De pronto, como si lo hubiesen cacheteado, vuelto a la realidad, de su memoria se fueron los frescos recuerdos del combate y las voces y los gritos de la multitud… Y todo se congeló para la historia que al día siguiente registraría su triunfo en las fotografías de prensa, y él Benny ahí con su pose de bancan triunfante… El cuarto olía a pared mohosa y a toalla siempre empapada. -Apúrate o llegamos tarde- de nuevo le ordenó el entrenador. -Espérate. Deja el agite. Quiero ver qué tal me veo con esta pinta y cómo tengo mi sagrado rostro. Le contestó el Benny en tono de vacile agitoso. …Y se acordó de un espejito de bolsillo que presumido siempre cargaba. Lo sacó de un maletín y de súbito se fijó en el ojo derecho. Hizo un gesto de asombro. Lo tenía como un huevo, hinchado, era tricolor, como la bandera de su país: amarillo, azul y rojo. Se untó saliva en la ceja sin dejar de mirarse una y otra vez. Espabiló y vio una neblina. Se miró y remiró en el espejo. Le pesaba el parpado. Se lo tocó con la punta de los dedos. Le dolía y se acordó del izquierdazo de Juvan. Nunca antes había salido tan maltratado de un combate. Aquella había sido su pelea número 38. Estaba invicto. Bernardo apartó el espejito. Sonriente miró a su técnico e insolente con sigo mismo, señalándole a este con el índice el ojo inflamado, le dijo: -Ahora sí parezco boxeador, Sócrates. Vámonos. Sonrieron y se fueron.
Anímese la lectura con una canción dedicada a Bernardo Caraballo pulsando este enlace. https://youtu.be/2cd1KKm_5uk
Walter Pimienta
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