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Molino de pepel
Cartas de enero

Cuentos y relatos globales. 09.01.22 
Escribe; Walter  Pimienta.- Cuando enviar una carta era  una excelente manera de trasladarse a otra parte sin mover nada, salvo el  corazón (Parodiando a Petronio)
Hasta el  siglo XX,  las cartas  familiares eran el  habitual medio de comunicación  para  establecer  contacto  con  los demás…La práctica  hoy  agoniza…
Para entonces, los  pueblos  y  ciudades  quedaban   lejos, muy  lejos… En un caso de novela,  por ejemplo, un mes y medio dura en llegar  la última carta que desde  el  Valle  del Cauca,  “Hacienda  El  Paraíso”, envían a Londres los familiares  de  Efraín  para  informarle que  María,  su  amor, había muerto.
El despegue  del correo aéreo y  estampillado, se vivió en  el  siglo XVIII, época  en  que   la correspondencia escrita alcanza categoría literaria con  cartas de amor y  de  amistad que eran todo un  arte.  Era también aquel, el tiempo  de los decorativos  buzones  frente a los  jardines  y puertas de las palaciegas casas. El  mismo  tiempo  del cartero que  en bicicleta  (ya estas existían  desde 1817), vestido de  azul,  con quepis  del mismo  color, de  maletín a cada  lado y pito sonoro  anunciando  su  llegada, entregaba  la esperada misiva en  el  agite  de un   perro  que  le  ladraba al  verlo  montado  en su  armatoste.
Qué  romántica  era  aquella estampa.
…Y  con  el  cartero  de ese momento, las cartas de enero, las  más frecuentes y  “cargadas” de proyectos  e  ilusiones al    inicio  del año, escritas  con  el lenguaje  de  la  ilusión  y  la esperanza,  redactadas con las palabras  de  los  mejores  deseos; olorosas  a lejanía, plasmadas con letras suaves y  delicadas y  con  saludos y parabienes   que  parecían  una oración, una plegaria elevada de buen corazón al  Creador.
Una carta de enero,  igual  que la  de febrero, marzo,  abril,  mayo  y  la de  todos los meses, que nunca le llegó y con ella  la noticia de su  anhelada  pensión,  la aguardó  por  siempre  el coronel  Aureliano Buendía, el  de la novela “El  coronel no  tiene  quien  la  escriba”…Y  otros se  gastarían en  inútiles  visitas  al  correo en  la  utopía del vuelo  de  una cansada  paloma  mensajera que  tampoco  nunca vino…
Había  cartas de enero  tan  extensas que parecía fueron  escritas  para  leerlas  todo el  año;  otras  eran cortas…se  demoraba uno más en abrirlas que en leerlas…Estaban escritas  con  prisa y  con  el  asombro  de  un nombre  por  despedida. Y  las  hubo  tristes, olorosas a pólvora de soldado en guerra,  donde en  otro  país  era  otra hora y  otra  vida y  otra  muerte;  escritas  antes  de acabarse  la  luz  del sol y  con  el  apuro  del  acercamiento  de  la  tropa enemiga…
Con  cartas de enero escritas  en la palpitante  emoción de  un “espérame  que  ya  vuelvo… pienso  mucho  en  ti”,  se salvó  la  estabilidad de  muchos  matrimonios  cuando  los  matrimonios  vivían prolijos  de fidelidad y  lealtad.
Hubo cartas  de enero cuyos remitentes eran  viejos enamorados,  de letra  con rasgos temblorosos percibidos  en  la  estabilidad poética de amores  tardíos…Aquellas,  más que  cartas en  sí, eran  historias  de  vida, un  homenaje a las  vicisitudes y pes-ares del  caminar  con  bastón, escritas  y  leídas  en  el  esfuerzo de unas pupilas opacas cuidando no  derramar  el  tintero  con  un  movimiento de  absurda mano… Descargando  en el  papel tantas  palabras de  amor que dejaban vacía  el  alma…
…Y  hubo  cartas de enero  que  nunca  llegaron porque, después de escritas, nunca  se enviaron…Cartas de  buzón vacío,  ficciones de amantes  muertos…Cartas que  perdieron  un  destinatario o  que rompieron  el  destino  del  correo  llegando a donde   no  se  habían  dirigido…
De  igual, hubo  cartas de enero que al  llegar  equivocadas, fueron  violadas en el  silencio  de  quien se enteró  de  todo lo  ajeno y  privado y  conoció  a la remitente  por  foto…
Y así  también, no  faltaban  las   urgentes cartas de enero  que,  cruzando  un  continente entero,  perdían  su  urgencia al  llegar  al mes…
…Y  qué  tristes debían ser las cartas de enero contestando  un  rechazo  amoroso con palabras peleando  en el límite de  un no  repetido…Y  que  eran  como  un no  tener  nada  que decir… y  otras  tan  dicientes, expresivas y  precisas como esta: “ Señor. No  insista. Le  he dicho mil veces que no acepto su  propuesta y  esta  es  la mil  uno y habrá  la  mil  dos  y  la  mil  tres sin  cansarme  de escribirle  lo  mismo”.
De  aquel  tiempo  admiro  los  amores nutridos  con  cartas de  enero en constantes  visitas  al  buzón  y en  el conocimiento  del  silbido del pito  del  cartero espantando  al perro  que  le  ladraba…

Anímese el  tema  pulsando https://youtu.be/SPQR_voDZYg 
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