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-Molino de papel- Mi abuelo y sus vinos de diciembre | | Cuentos y relatos globales. 26.12.21 | | «El vino lava nuestras inquietudes, enjuaga el alma hasta el fondo y asegura la curación de la tristeza.» Lucio Anneo Séneca.Escribe; Walter Pimienta.- La historia de vida de mi abuelo Hernán, en cada diciembre de sus diciembres, que fueron nada más y nada menos que 104, está trenzada con sus dos vinos favoritos: el “Vino Moscato o Moscatel”, de botella verde y sus 18 años de añejamiento, y el “Vino Oro Viejo, el de la bellotica de hilo amarillo; importado de Venecia 1870, variedad Pedro Ximenez, envejecido en madera de roble, decía la etiqueta”. Inédita historia y costumbre de familia que en Navidad nos reunía a su alrededor junto con mi abuela Cristina para Pascua y Año Nuevo… pues el resto del año, a ambos, no les faltaba el “Ron Blanco”. Lilia Vargas, la de Rosana, a quien nunca llamó Lilia sino Dilia, su vecina cacharrera, se lo traía de Barranquilla con esta advertencia de parte de él : “Los compras en la colmena de D’ Amato ( por ahí averigüé en los archivos de la Aduana y el tipo se llamaba Guissepe, más italiano que el carajo, vendedor de vino hasta Maganguè) | …Pero sigamos la historia y digamos que, con cuatro “petacazos” de estos vino encima, mi abuelo Hernán, los 24 y 31 de diciembre, convocaba a las musas que estaban vacantes por ahí y cantaba a media voz y recitaba versos y cuartetos y romanzas …Y patentaba frases…Yo recuerdo una: “Se me vino el vino a la mente…Se me vino la mente al vino”… El alma liquida de la botella de “Moscato” o de “Vino Oro Viejo” ponía a “viajar” a mi abuelo… y lo hacía hablar en solitario de la vieja Puerto Colombia cuando aquella era puerto con sus despampanantes “mujeres de la vida”…Monas francesas, españolas, alemanas, portuguesa, griegas, polacas, holandesas, turcas, lituanas y serbias y hasta noruegas, todas de decadente belleza y de hablar enredado, destilando un glamur antiguo de mujeres finas, diluidas en el sudor y el salitre de lo único que sabían decir en español: “Oh lalalà…La Colombì…Qué calorrrr”… muriéndose de lo bellas… Yo, para esas fechas , escuchaba a mi abuelo en su “entone” y llevado por su voz pausada, mi imaginación infantil pasaba a la realidad de suponerme a esas mujeres vestidas a la usanza mirando el nuevo mundo a través de unos prismáticos; en tanto mi abuelo, atleta de la vida y joven para entonces, impregnado de sensualidad, como que le gustaba alguna de estas antes de conocer a mi abuela… La historia de mi abuelo Hernán debe contarse en primera persona; él fue un intenso personaje de su propia vida…Pasó de la infancia (hermano) a la madurez profunda de hacer camino al andar; regalándose sus vinos entre el disfrute y el pesar… Mi relación con el vino, me viene de mi abuelo. Yo le ayudaba a destapar la botella de corcho y él me decía: “Pruébalo…Tomate un traguito”…Y así, probando un “Moscato” o un “Oro Viejo”, mi memoria y mi lengua se estrenó en el sabor de la uva que alguna vez probó Noé… Pero a mi abuelo nunca lo vi borracho sino sobrio, firme, ligero de movimientos y sin perder el habla; dueño de su propio lenguaje, hasta beberse el alma de la botella y ordenar le trajeran otra… Hoy entiendo de vinos lo que mi abuelo supo, o le vi hacer, convencido de que solo se bebía en diciembre y en familia desgranando historias como él lo hacía. Ya casi inicio mi primera vejez y en menoría de mi abuelo y sus vinos de diciembre, a lo largo del año mantengo en mi casa dos botellas de vino que a tragos lentos bebo y me agilizan el ingenio y estimulan… y entonces ahora entiendo por qué mi abuelo lo bebía y con este en el alma, hacía metáforas fulgurantes… y vuelve a mi mente su decir: Se me vino el vino a la mente…Se me vino la mente al vino”…
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