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Tu diario. Libertad de expresion

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-MOLINO DE PAPEL- DE AYER  A HOY…
Diciembre, como la balada triste  de una despedida que vuelve…
Cuentos y relatos globales. 05.12.21 
Bendito aquel tiempo en que todo el mundo, pobres  y ricos, se dedicaban a una conspiración de amor llamada  diciembre.
Escribe; Walter Pimienta Jiménez.- Escribo esta memoria en el inicio de otro diciembre gastado  en los mismos villancicos de siempre y las mismas  tarjetas de otros  diciembres desde los tiempos de  mis padres… Otro diciembre que, seguro, no  es más que  una contrariedad entre  lo poco que usted  quizás  hizo  este año y en  todo cuanto  dejó de hacer durante el mismo… En todo  caso, es diciembre y,  de  un armario que no se ha dejado  vencer  por  la  carcoma,  saco los  “cd” piratas  que  contienen  los  episodios  musicales  de la Navidad de ayer  a hoy… y, siendo  así,  en la quietud del barrio, otra vez,  como  el año pasado,  hago sonar  el del  burrito  de  Belén,  el de  los peces  que en el  río  beben y  beben  y  vuelven  a ver,  el  de “tutaina  tuturumá”  y  el de  un niño  que con   un tambor desnaturalizado  y  roto, que tampoco sé  cómo  dice que  suena si está  roto,  milagrosamente  le  canta  al Niño  Dios al  paso  del  tiempo en  mi  equipo  de  sonido  comprado  a plazos  en   el  “ÉXITO”…
Este  diciembre,  en todo diferente a  los  diciembres de  mi  infancia,  y  que de ayer a hoy, hace ya años, no  tiene  los  aderezos  de  los juguetes  de  madera  que  los abuelos, haciendo  de  carpinteros, con  manos  nobles, fabricaban a sus  nietos… mientras  yo,  en el  rigor  ocioso  de  cada  mañana,  pausado me  bebo un   tinto amargo que  paso entre mensajes radiales de ¡Feliz  Navidad!

… Eran aquellos diciembres, mis diciembres de antes,  diciembres olorosos a ropa  nueva, olorosos a aromático y semi dulce vino Moscatel…, el  vino  de  mi  abuelo… diciembres donde  nunca dejó de ser  llamativo y  colorido el  nuevo  almanaque  de la Cafetería  Almendra  Tropical… lleno  con un  idioma de  números que resaltaban  con rojo  las  fechas  de los santos, de la Semana Santa  y  de  la patria… Diciembres  que  tenían en el  lenguaje de  mi madre, el  semántico significante de: cena; galletas; guirnalda; “Maizena”; natilla;  pavo; gallina; pastel; ángeles; reyes  magos, Melchor, Gaspar  y  Baltasar; Niño  Jesús; familia;  carta; San José  y  María; pastores; Papa Noel; Belén; campanas; velas, árbol  de  navidad;  nacimiento; adornos; luces; moño;  portal; caja de cartón; regalo; papel de  envolver; ovejas; burro; buey; mula; oro;  incienso; mirra; dar; recibir; maraca, panderete; comprar; invitar; juguetes,  lago simulado con un  espejo; zapatos nuevos; Noche Nueva;  Noche  Vieja; alegría;  gansos de pasta; abrazos; cuna; pesebre; esperanza; misa de  gallo; espíritu, estrella, patines (que nunca llegaron), pegante, pajas… y voces infantiles que esto  cantaban… “Ha llegado Navidad/la familia alegre está/celebrando nochebuena/en la paz del santo hogar/Cascabel/ cascabel/ lindo cascabel/con sus notas de alegría/va anunciado él/”… Léxico  y prosa  del que hice mi  lengua  natal…
Eran aquellos  diciembres, mis diciembres de antes, el  de  la  acostumbrada mesa que  haciendo  de escritorio me  servía para, en cinco  hojas  arrancadas a mi  última libreta escolar  marca  “Bolivariano”, usada para  mis clases de español  en tercero  de  primaria, escribir con buena caligrafía una carta  al  Niño  Dios pidiéndole  la  bicicleta  que  nunca me  regaló,  trayéndome  en  cambio  la infaltable bola de   caucho  de números  y letras… Realidad  ante  la  que  mi  madre, asaltada por  mi  reclamo, tragando  en seco,  se disculpaba  diciéndome: “Te la traerá  para  Reyes… fue  que esta  vez  se equivocó  de dirección y si se la dio a otro,  recuerda que lo dado no se  quita”.
Diciembres, diciembres de antes, donde las rígidas y  parpadeantes muñecas de pasta  con  las  que  mis  hermanas jugaban, sagradamente y  sin afrenta  social, “parían  tres  veces por  semana”  haciendo  a mi  madre  y a mi  padre abuelos  antes  de  tiempo… Lo  confieso,  nunca  había  visto a  una muñeca  en el absurdo de  parir, pero  me tocó… Y  así, ellas  - mis hermanas -  en su  mundo  y  yo  en el mío, volvía a pensar  que  las  cartas  eran un invento que no  llegaban a ninguna parte… Y  sordo a todo, hasta  la fecha, y   a mis 68 de ahora, me  frustra aún  saber que  nunca tuve  una bicicleta ni  para  envejecer ni  para  consuelo…
…De  modo  que, ante este asunto, sin  resentimiento, en los  diciembres de antes, me  sentía otro porque el  genio  de la  Navidad me  transformaba volviendo en “caballos de  verdad”   a mis  caballito  de  palo cabalgando  con  la determinación de  nunca  cansarse  y  provocándole   el  destino  de ser  más  veloz que el  viento… Por  ahí,  no sé, en cualquier  lugar, con un mal  sabor  de boca, como  consecuencia  de  todo,  dejé  la última  carta  al  Niño  Dios que se extravió en el  correo de  los enredos de  mi  casa… en  tanto mi  madre,  torciéndole el pescuezo a una gallina la Noche  de  Pascua, nos  hacía  feliz  la  vida  con una cena  navideña que en  familia,  y  con los  vecinos, comíamos  aturdidos  por  el  llamado  de  las  campanas  de  la  iglesia  del  pueblo diciéndonos que  fuésemos cuanto antes  a adorar   al  Niño que  había  nacido  ya….
… Y  claro, claro  que esa  vez  fui. En  el templo, en un rincón  donde el  Padre  Hernández  y  la “Niña  Ramona”  hicieran el  pesebre más  humilde  y  menesteroso  del  mundo,  pulcro y entre pañales de su  época, igual  que  el  más  natural  de  los seres, estaba  el Niño  Dios,  salvo  de los  dientes y del  hambre de  la  mula que, sin conciencia, le  comiera  las  pajas de su  cuna al  Niño  Dios de todos, hecho  para  el clima del amor…  La  verdad, ante la  dura  certeza de aquella caballeriza rural, tuve  que  tragarme  las  lágrimas  al  ver  la  pobreza  y  mendicidad en  que  naciera el  Rey  de  los Cielos… Y  como si de nuevo  estuviera  allí, la  emoción, de  nuevo, me   cala  tan  hondo que, mordido aún  por  la pesadumbre, solo  ahora  entiendo  a  San Vicente  de Paul cuando esto, sobrándole   razón, dijera al  mundo: “Dios ama a los pobres y por consiguiente a quienes aman a los pobres” …
… Y en aquel  momento, presa de un estado que era más de  confusión que de alegría, miré  con rabia a la mula. No  era  digna de estar en aquel bendito lugar, en medio  de  la  nobleza de  la vaca, la docilidad del   burro  y  la benignidad del   buey  que, mudos  del alma, por  lo  menos tenían en ese instante  la  voz  de  una oración llena  de  vida en sus iluminados  ojos… Y  pensé que, en lugar  de aquel  híbrido de  malas características, en  el  pesebre debió  estar  merecidamente la  fidelidad y  la generosidad de  un perro vigilante…
Hoy, a punto  de  no  tener   más  palabras  agradables  y afectuosas, los diciembres de  mi  pre vejez, como  la balada triste de una  despedida que  vuelve… son otra  cosa, son  un desaire… Con patrullas  de  policía verificando  y certificando la  estirpe de  los tres reyes  magos y la  de  Papa Noel  ante  tanto  impostor disfrazado  y  atracador… Y de ayer a hoy, nada   más descorazonado  que estos  diciembres  con gentes de caras duras, frías y  calladas ante el cajero  automático del  consumismo diciéndoles en un papelito estas dos paralizantes  palabras: saldo insuficiente… y que, entendidas en el mejor  de  los  idiomas -  el  castellano- quieren decir: Busque usted señor  a quien, en la misma  circunstancia, en  este diciembre, con usted comparta  su pena porque Dios nunca  uso tarjetas de crédito…
Me  preocupa por ello que  alguien, atribulado y desvariado,  interpuesto  a lo  que fueran mis alegres  viejos  diciembres de ayer, como  la  balada  triste  de  una despedida que  vuelve… en medio de su endémico y  pandémico cataclismo, sin rapsodia de alegóricos  villancicos, envuelto en las  tinieblas de su cuarto,  sienta deslizarse por  su  garganta el  nudo  gordiano de los que  compran el lazo  del adiós tras  un suspiro  equivocado  de  alivio y,  entonces, no  tenga como  yo,  cuando  niño,  la  dicha  de  ver otra  vez  al  Niño  Dios como  Dios, igual  que  a nosotros,   lo  echó  al mundo… Sin nada…
… De  sano  corazón, conste que he hecho a ustedes  la  advertencia y, dueño  de  las  buenas  maneras de mí sentir, con tiempo, no  está por demás aconsejarles esto:  cuídense de los modernos  diciembres porque de ayer a hoy  ya no  son lo que antes  fueron…
Por ello, ojalá  llenos  de  ilusión y  de  nuevos alientos, quiera el  Dios de  los Cielos que  hagan ustedes de este   diciembre de  hoy,  como  París, una fiesta… y salud… choquemos copas y aunque sea un decir… ¿Sabe  qué? Le deseo tenga usted  y   los suyos un…  ¡Feliz diciembre!

Anìmese la lectura con un villancico pulsando… https://youtu.be/DNds888wZJw 
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