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-MOLINO DE PAPEL- LA AMANTE, LA MOZA, LA QUERIDA O LA OTRA… | | Cuentos y relatos globales. 28.11.21 | | Dicen por ahí que tener una amante no es más que una incoherencia entre la razón y el corazón.Escribe; Walter Pimienta.- ¿Cosas del amor o de los celos? Quién sabe. Ella, no obstante ser la legitima esposa, y como decía mi madre: velada y coronada, quería ser la amante, la moza o querida de su marido; es decir, quería ser la otra. La otra no era más que una mujer común y corriente, corriente y común; pero a ella, obstinada en eso, algo la arrastraba a querer ser como la otra. Ella era más bonita que la otra; tenía unos ojos verdes impresionantes que de cerca, a veces, parecían grises o azules y, de lejos, nuevamente verdes. La otra era bajita, casi enana. Ella, alta y de mucha presencia y vestía elegante, elegantísima. Usaba las chaquetas de cuero más costosas y finas que mujer alguna podía lucir en pueblo…Cómo le hacía de distinguida la ropa negra y los medio pasos rojos y sus coloridas faldas de gitana. Que era atractiva, no lo dude, lo era. Su cabello castaño, largo y lustroso sobre los hombros. Su nariz recta; sus piernas, un todo placer de la pasión y la carne; su boca, una rosa roja de recogidos pétalos. Su caminar, un contoneo de palmera mecida al viento…Su mirada de gata parpadeante en búsqueda de su huidizo gato…Atraía, atrae como para decirle un decente piropo, piropos a los que ella no contestaba ni con la más imperceptible sonrisa. Su paso hacía ruido, producía silbidos, pitazos de carros y adioses de vida mía y, a donde iba, abría puertas sin tocarlas. | Un chico, de esos musculosos, de los que en pantaloneta, camisilla y zapatos deportivos hacen barras y ejercicios en los parques, se daba por ella tres caídas de cabeza; pero se agarraba a la barra para no caerse mientras ella pasaba y, viéndola pasar, desahogaba en profundos suspiros; pero ella, ella quería ser la otra: la amante, la moza, la querida o la otra…una mujer de nariz chata, ojos pequeños, bocona, dientona, arrítmica al caminar, patona y pesada. Y, al respecto, ella, sin quitarse a la otra de la cabeza, al respecto, tenia, para esta, este amargo y repetido sentir del alma. -Qué tenga ella que no tenga yo. Qué le da ella que no le dé yo. Qué le hace ella que no le haga yo. -¿Sabes? Ayer lo vi hablando con ya tú sabes- le dijo esa tarde una amiga- El muy pícaro, el muy descarado, como si nada, se hizo el que no me vio. La hembra estaba de pantalón corto. Qué ridícula. Le estaba regalando un reloj. Me puse tensa al acordarme de ti. Qué rabia querida. Qué rabia. Un día, ella, sin estar para nada buscándola, se encontró con la otra. Le metió una mirada de necropsia practicada en vivo y con cuchillo de cocina. Apretó fuerte los dientes, cruzó en mamola los dedos, escupió dos veces y con un murmullo mastico su rabia. La otra, al verla, se rió y le dijo: -Te lo tengo y es mío. Y se lo volvió a decir pero ahora a la inversa; -Es mío y te lo tengo. Ella, a prisa, se fue del lugar dando de a dos pasos en lugar de uno y se decía: -No es bonita, es fea, feísima; pero tiene algo, algo que a él le ata, algo que le seduce, algo que le cautiva, que le flecha, le hechiza, le encanta y provoca. ¿Qué será? ¿Qué será? Serán sus labios gruesos y carnosos o sus piernas de enana !Qué desgracia¡ ¡Qué desgracia¡ …Y escuchó que a lo lejos le gritaron: -¡Te lo voy a quitaaaaarr! ¡Te lo voy a quitaaaaarrr! ¡Te lo voy a quitaaaaarrr! Y se hizo en ella más grande el deseo desesperante de parecerse en todo a la otra, a la amante, a la moza, a la querida. -Qué me quito. Qué me pongo- se iba diciendo. El grito la siguió hasta la otra esquina. -¡Te lo voy a quitaaaaarrr¡ ¡Te lo voy a quitaaaaarrr¡ ¡Te lo voy a quitaaaaarrr¡ Al día siguiente, ella, dispuesta, se arregló lo más fea posible; lo reitero, quería ser la amante, la moza o querida de su marido; es decir, quería ser la otra. Y entonces se puso una peluca de alborotado cabello rubio. Tiró sus costosas chaquetas a la basura. Se volvió una mujer común y corriente, pero él ni la miró. Ella se vistió con la colorida tela de sus cortinas, se mal pintó los labios y las mejillas y las cejas y los parpados. Daba susto, pero él, de nuevo lo repito, ni la vio. El espejo en el que ella esa vez se miró, para ver si se parecía a la amante, a la moza, a la querida o la otra, en mil pedazos de la impresión se quebró. En tanto él, ese mismo día, se fue a vivir con la amante, la moza, la querida; es decir, con la otra… Y ella, por su parte y por despecho, se fue con el chico musculoso que en pantaloneta, camisilla y zapatos deportivos, hacía barras y ejercicios en el parques, el mismo que se daba por ella tres caídas de cabeza; pero que no se caía porque se agarraba a la barra para no caerse mientras ella pasaba y, viéndola pasar, desahogaba en profundos suspiros. …Y el caso es que ella, ahora, es una mujer común y corriente… como la amante, como la moza, como la querida y como la otra…
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