
Las teorías evolutivas darwinistas y sus modificaciones posteriores que nos hablan de competencia en la lucha por la vida y la ley del más fuerte como regla fundamental de la naturaleza, nos dejan cierto mal sabor de boca a los que nos gusta mirarnos (siguiendo nuestra tradición grecorromana y judeocristiana) en el acervo humanista que, en algún recóndito e ignoto lugar, pervive en nuestra decadente sociedad.
Y digo esto porque hoy hace 10 años que murió Lynn Margulis que, aunque es algo menos conocida que Messi, Gasol o Nadal, hizo una aportación a la biología evolutiva, aún hoy en construcción, que nos reconcilia con la tradición humanista.
Margulis, apoyándose en su exitosa teoría (hoy vigente) que explicaba el origen de las células eucariotas por fascinante simbiosis de las más primitivas células procariotas, desarrolló unas ideas dormidas que daban a la cooperación (en contraposición a la competencia) un papel crucial en los grandes avances evolutivos. El liquen (simbiosis de algas y hongos) es un ejemplo paradigmático de metaorganismo simbiótico que ha aumentado su complejidad apoyándose en una colaboración de organismos muy distintos para obtener beneficio mutuo; pero el ejemplo más fascinante y evocador es el de la babosa marina "Elysia chlorotica" capaz de utilizar los cloroplastos fotosintéticos de las algas de las que se alimenta para que realicen la fotosíntesis en su beneficio de forma, al parecer, controlada genéticamente en una increíble quimera animal-planta simbiótica y, quién sabe, si crucial desde un punto de vista evolutivo pues, si ya la invención de la fotosíntesis es quizá el paso más importante en la historia de la evolución, transferir a los animales esta propiedad casi mágica sería fascinante y un punto de inflexión en la historia de la vida.