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El día en que murió Franco | | Manuel Porcel. 21.11.07 | | Cada año, durante 32 años ya, siempre me acuerdo de este día con especial nostalgia y con alegría. Pero no van los derroteros por donde se podría pensar, ni nada tiene que ver con este hecho histórico. Estudiaba en Alcalá de Henares en el año 75. Franco se moría un poco más cada día, llevaba bastantes días entre dos mundos. A mi me daba igual. A mis diecinueve años no tenía conciencia ni política y ni social del régimen. Escuchaba muchas cosas, cosas que casi no entendía, y meterme en líos, ni pensarlo. Yo tenía una beca, estaba aferrado a esa beca como una tabla de salvación de mi futuro profesional, era la salida y la solución para toda una vida.
| Sí tengo que agradecer que el régimen favoreció mi formación. No discuto ni echaba de menos las libertades después de estar cinco años en un internado con dominicos, estaba acostumbrado a todo y asumía fácilmente todo lo que tenía a la vista. Murió el dictador y nos dieron una semana de vacaciones, o luto, a todos los universitarios. La mayoría se fueron a sus casas, yo no pude porque no tenía dinero para el viaje. Me quedé en la Universidad. Una noche, paseando con un amigo por Alcalá de Henares, para matar el tiempo, me encontré sobre la acera un fajito de billetes sin cartera ni nada, doblados y a pelo, 25.000 ptas. Rápidamente lo cogí y me lo guardé. Al rato lo estábamos contando. Mi conciencia no me permitía quedarme con aquel dinero pensando que podía ser la semanada de algún trabajador. Decidí llevarlo a la comisaría, pero mi compañero me ilustró con un par de frases, a parte de que no quería perder su mitad ya que venía conmigo: ¿La policía va a pensar que te lo has encontrado?. Sin documentación adjunta, ¿a quién se lo van a entregar?. No te van a creer, y tal como está la situación política hasta te pueden detener. Ante esos argumentos y el susto del momento, nos lo repartimos. Yo nunca vi tanto dinero junto. No se lo iba a decir a nadie porque necesitaba darme unos gustitos que anhelaba hacía mucho tiempo, entre otros, comprarme una novedosa calculadora científica de HP que era hasta programable. El segundo problema era guardar el dinero. No era cuestión de abrir una cuenta ni de meterlo en un calcetín, ¿qué sitio era el adecuado para que nadie diese con él?. Lo intercalé entre las hojas de una Biblia que tenía: No era un libro de consulta habitual. Allí estaban, en mi estantería, todos mis libros técnicos y mi Biblia-cajero. Por eso, el entorno del 20 de Noviembre de cada año para mí es inolvidable. Lo siento por los nostálgicos y/o detractores, advertí al principio que no era lo que parecía. Feliz Navidad. M. Porcel 20-11-07
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