
El veloz transcurrir del tiempo parece acrecentarse en pleno siglo XXI. Vivimos en una era líquida y digital en la que infinidad de estímulos y sensaciones nos envuelven y rodean.
La realidad humana se acelera cada vez más y se transforma en una especie de carrusel sin fin ni propósito. La meta o a finalidad última es la comodidad o la maximización de la libertad satisfecha, en casi todas las situaciones y circunstancias.
Todo se supedita a la vivencia intensa de un presente que no tiene término, pero que conduce al futuro y solidifica el pasado de una manera superficial.
Se está entrando en unas nuevas concepciones de la existencia, que dejan de lado el pensamiento profundo y extenso y el análisis crítico y minucioso de la realidad en la que estamos inmersos. Es un cambio civilizatorio de primera magnitud. Es una nueva etapa de la humanidad.
Hegel en su Filosofía de la Historia también reconoce la fugacidad de todo y escribe: «Todo parece pasar y nada permanece». Es algo que se puede calificar como una especie de duelo, ante el poderío absoluto de la muerte y del tiempo sobre todas las cosas y sobre los seres humanos. Lo que no impide que cada persona, consciente de su finitud, se esfuerce y persevere, de modo libre, en lo que quiere hacer con su vida y en lo que desea lograr en la misma.