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Tu diario. Libertad de expresion

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-MOLINO DE  PAPEL-
Yo también tuve papá
Cuentos y relatos globales. 20.06.21 
El  hombre  sólo puede ser conocido por  sus obras o  sus palabras…
Escribe Walter Pimienta.- Si el  cielo me  concediese una  nueva oportunidad de tener un  padre,  que  me  dé  el mismo que  ya  tuve: a Hernán  Segundo Pimienta Coronell,  Segundo  Pimienta, como le  llamábamos o,  “la Chivita”, como  le decían  sus  más  próximos  amigos. El  cuarto  hijo del  viejo Hernán Pimienta Molinares y  la vieja  Cristina Coronell González… mis  abuelos.
Son  tan amables  los  recuerdos que  tengo del  autor de  mis  días,  tan alegres y  pintorescos que,  consagrado y  dedicado a su noble  papel de protector y  defensor de sus  hijos, lo  memorizo hoy  en  la acentuada intimidad familiar haciéndonos siempre más recreativa y  entretenida la  vida, permitiéndonos también:  confianzas, bromas, regocijos, alegrías, chanzas y generosos recreos que  casi  eran una  fiesta casera cuando estaba de  asueto y hacía de sus domingos una plácida ociosidad.
Mi  padre sintió  y  vivió  como  hombre…Y, claro que  tuvo defectos y  carencias como  todo humano…Mas quien esté  libre de yerros  y  culpas  que  tire  la  primera  piedra…igual  que,  de  la  misma  manera tuvo  sus  virtudes y  bondades que  realzaron y  dieron brillo a  su  persona engastada en principios de irrefutable e  innegable honradez y sinceridad.

Sentado  en  una  mecedora,  en  un  rincón  de  la  casa, con  un dedo gobernaba su  imperio diciendo en forma  categórica:  quiten  eso  de  ahí y  pónganlo acá. Jamás tuvo  mi  padre,  para sus  hijos (Jesús, Carmen, Cristina, Miladis, Hernán  “el  Mono”; Nazario,  Mari  Luz, Angely, Mariano  y  yo),  un  acto  de  menos  precio ni  una  frase severa sin  que ello  quiera decir que detrás de su  expresión algo  tímida y  humilde,  con la  penca en  la mano,  poniéndose colorado y  montado  en  cólera, pero  sin  perder  la  compostura, no infundiera respeto  de  vez  en  cuando si  lo  consideraba justo  y  necesario,  quitándonos así lo  malo siquiera por  ocho  días.

Se  eternizan así mis  recuerdos y  entonces me  digo: ¡Ah quién  me  volviera a aquellos  hermosos días de  mi  infancia al  lado  de  mi  padre! ¡Todo fue  un  sueño! Un  sueño  hecho  verdad en el  que lo  hago a él ahora, ya habiendo  venido  del  monte, cenado  y  vestido  de civil, pero antes mandándome a  la  tienda de  Casimiro por  medio cuarto de “Agua de Alhucema” y así,  empapado  en  esta, como  todo un  señor,  salir perfumado a  la calle.

Sacudida  por los  fuertes vientos de  su  propia historia,  pero  todavía en pie, guarda la  que fuera nuestra  casa en  la Calle del  Repaso, allá,  en mi  Juan de  Acosta natal, todos los  recuerdos  de  mi  padre…Como  este. Cierta  vez en  que  vino  del  monte,  como a  las seis de  la  tarde – y es del caso traer esto a la memoria- antes de bajarse de  la  mula, me llamó y  me  dijo: “Mijo, corre,  ven a ver.  Te traje un  obsequio. Agarra bien duro esta  mochila de  fique y  cuidado dejas escapar lo  que está  ahí  dentro. Y ¡Oh sorpresa! ¡Oh  alegría! No  era un  canario,  no era un azulejo, no eran unos  pichones de  codorniz ni  de palomas silvestres. Era  un  pequeño  conejito criollo divino regalo de  la Naturaleza que, días después, por  exceso  de amor y  de atención,  al  ser  bañado por  mi hermana Cristina, quien le  prodigaba los  más tiernos y  maternales cuidado,  puesto  al  sol para  que se secara, por  descuido murió por  el  calor  ahogado.

Sería  un  falsario con  la  verdad si  digo que todo en ese tiempo fue  para  mí algo  agradable y  divertido;  pues, no. Cierta noche, estando  yo  en  el  Teatro  Montecristo,  esperando  se  iniciara  “El Siete de  Copas”,  la  película  programada,  de  Romelio  Padilla, amigo  de  infancia y  juventud,  recibí un  cigarrillo  Marlboro. Yo  no  sabía  fumar; quería  aprender. Mi  poco  progreso en  ello se me  iba en toser y botar  humo. Mi  padre también  estaba  allí pero,  quien esto  escribe, no  lo  sabía. Me  llevé el  encendido cigarro a  los  labios y, en el  acto, un  violento manotazo me lo  aplastó en  la  boca… Ya se  habrá  imaginado el  lector amigo,  quién  lo  hizo…La lección fue  dura.  Nunca más en  la  vida y  hasta el  sol de  hoy,  he  tomado un  cigarrillo en mis manos.

Sembró mi  padre confianza en mí.  Una  confianza expansiva y  afectuosa; una  confianza de  amigo que no rehuía darme respuesta de  lo  que  demandara,  de  mi  parte, una  inquieta  consulta: -¿Apá,  fuiste  a ver anoche el  espectáculo de “La Perla  Negra”, verdad? ¿Quién es ella?-  le  pregunté  con  resolución  un  día. – “La Perla Negra” es una  mujer que se nos desviste  a los  hombres pieza por  pieza mientras baila un  mambo de Pérez  Prado y  mueve  las  caderas.  Nos  tira besos con  la  punta de los dedos,  se baja en  pelota de la  tarima, se  pasea  por  el  teatro llevando  en las  manos un azafate lleno de  bolas de coco,  se  las pasa por  donde  ya  tú   puedes imaginar y,  después, nos  las mete  en la  boca”.

Signado  por  un  furor  contestario y  librepensador, mi  papá fue  liberal hasta  la  cacha y  de esos  que ya  no existen.  Liberal  de esos  que  sabía   echar  un  buen  ¡Abajo! Sonoro  y   con argumentos a los godos de su  tiempo cuando  tenía  sus  “guacharacazos” (sus  tragos) entre  pecho  y  espalda.  Esto  le  acarreó en  algún momento su  mayor  disgusto  en  la  vida…Discurseaba una  noche  en una manifestación en  la  plaza de Juan  de  Acosta cierto  comunista sin  poder,  hijo  del  más  grande gamonal y  terrateniente de  la  región,  quien exhortaba a quienes  le  oían a  la  lucha  abierta  contra  el  gobierno… “!La tierra  es  para  el  que  la  trabaja!”- vociferaba en  uno  de  los  apartes el  fogoso orador y,  mi  padre,  en lugar de limitarse a escucharlo,  no se aguantó y  como  todo  un  hombre hay  también  un  insurrecto hombre que  tiene valor  para decir sus  convicciones y  lo  que quiere, le  gritó: “!Abajo  los  comunistas!”… “!Si  eres tan  comunista, como  dices, por  qué  no  repartes a los pobres tu  riqueza!”…Por  esto  el alcalde del  momento,  por  algunas  horas, lo  puso  preso.  No  faltó  quien  juzgara aquello como  malo o  como  bueno y  aunque nada  quito ni  añado a lo que mi  padre esa  vez dijera, hoy  pregunto: ¡No es eso acaso, a los  ojos  de  Dios, lo  que debe ser el  verdadero comunismo?

Sin número de memorias y  de recuerdos,  como  los  anteriores, con  cariño,  podría yo  seguir y  seguir escribiendo y  escribiendo del  jugoso  mundo de experiencias de  mi  padre.  Un  hombre  original,  un  hombre verídico;  igual  que todos  los  hombres que lo son, pero distinto a los demás en  su  riqueza  humana.  Su ardiente deseo  de  vivir lo  llevó temprano a  la  tumba y  aunque su  vida fue  corta,  fue  larga para  el  dolor y  el  sufrimiento…Mas algo queda de  ti en mí,  papá…Yo  soy  tu sangre mi  viejo,  soy  tu  silencio y  tu  tiempo…

Paz en  tu  tumba,  padre…
 

Walter Pimienta.-

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