Sentado en una mecedora, en un rincón de la casa, con un dedo gobernaba su imperio diciendo en forma categórica: quiten eso de ahí y pónganlo acá. Jamás tuvo mi padre, para sus hijos (Jesús, Carmen, Cristina, Miladis, Hernán “el Mono”; Nazario, Mari Luz, Angely, Mariano y yo), un acto de menos precio ni una frase severa sin que ello quiera decir que detrás de su expresión algo tímida y humilde, con la penca en la mano, poniéndose colorado y montado en cólera, pero sin perder la compostura, no infundiera respeto de vez en cuando si lo consideraba justo y necesario, quitándonos así lo malo siquiera por ocho días.
Se eternizan así mis recuerdos y entonces me digo: ¡Ah quién me volviera a aquellos hermosos días de mi infancia al lado de mi padre! ¡Todo fue un sueño! Un sueño hecho verdad en el que lo hago a él ahora, ya habiendo venido del monte, cenado y vestido de civil, pero antes mandándome a la tienda de Casimiro por medio cuarto de “Agua de Alhucema” y así, empapado en esta, como todo un señor, salir perfumado a la calle.
Sacudida por los fuertes vientos de su propia historia, pero todavía en pie, guarda la que fuera nuestra casa en la Calle del Repaso, allá, en mi Juan de Acosta natal, todos los recuerdos de mi padre…Como este. Cierta vez en que vino del monte, como a las seis de la tarde – y es del caso traer esto a la memoria- antes de bajarse de la mula, me llamó y me dijo: “Mijo, corre, ven a ver. Te traje un obsequio. Agarra bien duro esta mochila de fique y cuidado dejas escapar lo que está ahí dentro. Y ¡Oh sorpresa! ¡Oh alegría! No era un canario, no era un azulejo, no eran unos pichones de codorniz ni de palomas silvestres. Era un pequeño conejito criollo divino regalo de la Naturaleza que, días después, por exceso de amor y de atención, al ser bañado por mi hermana Cristina, quien le prodigaba los más tiernos y maternales cuidado, puesto al sol para que se secara, por descuido murió por el calor ahogado.
Sería un falsario con la verdad si digo que todo en ese tiempo fue para mí algo agradable y divertido; pues, no. Cierta noche, estando yo en el Teatro Montecristo, esperando se iniciara “El Siete de Copas”, la película programada, de Romelio Padilla, amigo de infancia y juventud, recibí un cigarrillo Marlboro. Yo no sabía fumar; quería aprender. Mi poco progreso en ello se me iba en toser y botar humo. Mi padre también estaba allí pero, quien esto escribe, no lo sabía. Me llevé el encendido cigarro a los labios y, en el acto, un violento manotazo me lo aplastó en la boca… Ya se habrá imaginado el lector amigo, quién lo hizo…La lección fue dura. Nunca más en la vida y hasta el sol de hoy, he tomado un cigarrillo en mis manos.
Sembró mi padre confianza en mí. Una confianza expansiva y afectuosa; una confianza de amigo que no rehuía darme respuesta de lo que demandara, de mi parte, una inquieta consulta: -¿Apá, fuiste a ver anoche el espectáculo de “La Perla Negra”, verdad? ¿Quién es ella?- le pregunté con resolución un día. – “La Perla Negra” es una mujer que se nos desviste a los hombres pieza por pieza mientras baila un mambo de Pérez Prado y mueve las caderas. Nos tira besos con la punta de los dedos, se baja en pelota de la tarima, se pasea por el teatro llevando en las manos un azafate lleno de bolas de coco, se las pasa por donde ya tú puedes imaginar y, después, nos las mete en la boca”.
Signado por un furor contestario y librepensador, mi papá fue liberal hasta la cacha y de esos que ya no existen. Liberal de esos que sabía echar un buen ¡Abajo! Sonoro y con argumentos a los godos de su tiempo cuando tenía sus “guacharacazos” (sus tragos) entre pecho y espalda. Esto le acarreó en algún momento su mayor disgusto en la vida…Discurseaba una noche en una manifestación en la plaza de Juan de Acosta cierto comunista sin poder, hijo del más grande gamonal y terrateniente de la región, quien exhortaba a quienes le oían a la lucha abierta contra el gobierno… “!La tierra es para el que la trabaja!”- vociferaba en uno de los apartes el fogoso orador y, mi padre, en lugar de limitarse a escucharlo, no se aguantó y como todo un hombre hay también un insurrecto hombre que tiene valor para decir sus convicciones y lo que quiere, le gritó: “!Abajo los comunistas!”… “!Si eres tan comunista, como dices, por qué no repartes a los pobres tu riqueza!”…Por esto el alcalde del momento, por algunas horas, lo puso preso. No faltó quien juzgara aquello como malo o como bueno y aunque nada quito ni añado a lo que mi padre esa vez dijera, hoy pregunto: ¡No es eso acaso, a los ojos de Dios, lo que debe ser el verdadero comunismo?
Sin número de memorias y de recuerdos, como los anteriores, con cariño, podría yo seguir y seguir escribiendo y escribiendo del jugoso mundo de experiencias de mi padre. Un hombre original, un hombre verídico; igual que todos los hombres que lo son, pero distinto a los demás en su riqueza humana. Su ardiente deseo de vivir lo llevó temprano a la tumba y aunque su vida fue corta, fue larga para el dolor y el sufrimiento…Mas algo queda de ti en mí, papá…Yo soy tu sangre mi viejo, soy tu silencio y tu tiempo…
Paz en tu tumba, padre…
Walter Pimienta.-
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