Pero hay detrás, igualmente, algo que refuerza ese instinto: los hombres saben, intuitivamente, que las mujeres no solo vamos a responder de esa manera (al igual que lo sabían los dos que compartieron la representación de un acto simbólico) sino que tal respuesta les proporciona ventajas. Las típicas ventajas del patriarcado. Cabe pensar que uno de los dos personajes masculinos, efectivamente, supo, aunque le dolió, que la mujer de la escena aguantaría. Con el otro actor también es posible imaginar que sabía que ella lo iba a soportar, pero a éste le podía beneficiar: De alguna manera puede que pretendiera transmitir el mensaje de que las mujeres somos inferiores y, por tanto, su lugar es también secundario en el panorama internacional. Aunque el incidente fue tan desagradable que me inclino a pensar que aquel hombre sintió, por un instante, el dolor y la humillación de su propia madre, en algún momento de la vida de ésta, por el hecho de ser mujer. Y lo pasó mal seguro. Y, además, ¿por qué no imaginar que quizás desconocía que la escena iba a ser así, cuando el protocolo no le concierne como tarea? El presidente de un país tan maravilloso tiene que tener, seguro, cualidades destacadas para haber llegado hasta donde está. También están los demás hombres que vieron el acto. Sé de uno, mi hijo, que se sintió muy avergonzado viendo las imágenes; como si tuviera parte en la humillación hacia la señora, como cuando hay una piedra en el zapato que no solo te incomoda, sino que sabes que así no puedes seguir –dijo. ¿Y las mujeres de aquel país? ¿Se imaginan lo que habrán soportado, viendo aquello, las que se sienten dueñas de su destino, responsables del equilibrio de la humanidad? Es fácil imaginarlo porque yo misma sentí el golpetazo y me encogí como protegiendo la cabeza. O el alma. Pero lo que más duele, en definitiva, es conocer hasta qué punto habrá otras mujeres en el país lejano –o en otros, quizás el mío- que se perciban tan subordinadas que hasta sientan que la presidenta europea se merecía la humillación por considerarse igual en derechos a un hombre. El patriarcado las ha lastimado en su conciencia de sí. Sin embargo, la humanidad ha avanzado. La especie humana consigue, poco a poco, alcanzar mayor progreso moral. Las mujeres pueden votar (todos los países del mundo lo permiten, menos el Vaticano), a las criaturas ya no se les castiga a palos para aprender (en la mayoría), o las niñas van en igualdad a los colegios (también en la mayoría, creo), el parto no tiene que ser con dolor… Son pequeñas muestras con significado, de las miles que se van conquistando. Pero hay otras: Los países del mundo –la mayoría, seguro- firman la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU, aprobada en 1948, tras la terrible 2ª Guerra Mundial: Artículo 7: Todos son iguales ante la ley y tienen, sin distinción, derecho a igual protección de la ley. Todos tienen derecho a igual protección contra toda discriminación que infrinja esta Declaración y contra toda provocación a tal discriminación Pero la desigualdad que sufrimos las mujeres todavía clama por el despertar de algunos hombres, el de aquellos que lo único que desean sentir que tiene poder dentro de ellos es su alma. Y ahora, una vez más, las mujeres vamos a pedirles a esos hombres que luchen por la nueva masculinidad, la que les hace perder algún privilegio, pero que, a cambio, les permite ganar puntos en la lucha por la igualdad de TODOS los seres humanos del planeta.
Firmado: Maruxa Terra |