La pasada noche de difuntos convalecía yo de una gripe en mi domicilio actual, acá por pijolandia (Pozuelo de Alarcón), cuando de pronto sonó el timbre de la puerta. Allá que fui a abrir esperando, por la hora, que fuese algún transeunte confundido o quizás el propietario de mi casa, dispuesto para succionarme cual vampiro, la sangría mensual del alquiler. Cual fue mi sorpresa cuando me vi a dos niñitos que no levantaban tres palmos del suelo, disfrazados de brujita y de vampiro, con 2 pequeñas calabazas en la mano, y que sin mediar palabra, asestaron dos puñaladas a mi conciencia y orgullo patrío de nación mediterránea y latina cuando me soltaron, así sin tregua, la pregunta fatídica: ”¿Truco o trato?”.
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Reconozco que hay unos segundos en el tiempo en los que ya sea por la fiebre, por los disfraces o por la preguntita en cuestión, no supe que hacer ni que decir. Se me quedaron mirando mientras yo divagaba atónito hasta que me centré en la pregunta. Y efectivamente eso hice, me centré en la pregunta. Mi primera tentación fue mandarlos a freir espárragos con sus americanadas o darles un sermón sobre la conservación de las tradiciones populares. Pero los angelitos eran tan enanos que no procedía ni una cosa ni la otra. Así que tuve que ponerme a pensar. “¿Y si digo truco, que se supone que debo hacer?. ¿Y si digo trato, en que fregao me estoy metiendo?”. Tengo que imaginarme mi cara en ese momento, entre el gripazo y el pasmo, divagando entre las dos amenazadoras opciones, y tengo que imaginarme lo que pensarían los dos pipiolos de mi sorpresa ante su pregunta. El caso es que dije “trato”, y a la milésima de segundo, y sin palabra de por medio, había dos manitas extendidas esperando no se qué. A punto de decirles que no tenía dinero, me tuve que rendir y preguntarles, más por curiosidad que por otra cosa, que se supone que había que depositar en esas manitas en fase previa de congelación (hacía un frío que pelaba). Con su lengua casi prenatal me explicaron que querían chocolate, caramelos, o pastelitos porque era “jalogüin” y si no le daba algo, un monstruo iba a venir a por mi esa noche.
En ese momento pude recordar alguna película americana en la cual el abordado tenía en la puerta de casa una cesta llena de caramelos, preparada para visitas de esta índole. Pero yo no tenía nada por el estilo, y a punto estuve de resignarme a la maldición del “monstruo” cuando una luz se iluminó en mi cabeza, y me acordé de un saquito de mandarinas que reposaba plácidamente en la cocina.
¿Con que truco o trato eh?. Esperad aquí que ahora salgo. Al momento salí con cuatro jugosas mandarinas en mis manos, al tiempo que a los niños les cambiaba la cara. Es evidente que no era eso lo que esperaban, igual de evidente que no iban a llevarse otra cosa de mi casa. Así que les di las mandarinas, les dije que tenían mucha vitamina C y que estaban muy buenas y que esperaba que el monstruo no viniera esa noche a por mi. Con una cara que les llegaba al suelo, cogieron la fruta, sin saber muy bien que decir, y se largaron con viento fresco. Se miraban entre ellos sin decirse nada, como si el día de Reyes les hubieran traido carbón. Al final de la calle había unos niños más mayores como de unos 10 u 11 años o así, que por lo visto eran los “socios” de los que acudieron a mi puerta. Pude oir como comentaban que “para una vez que nos dan algo, nos dan unas tristes mandarinas”.
A poco que estos más mayores tuvieron en su poder las mandarinas, les colocaron dentro un petardo a cada una, y pude ver desde lejos, impotente (estaba con fiebre y en pijama, no era plan de salir corriendo tras ellos), como estos cabroncetes encendían los petardos y los tiraban a los portales de las casas de mi calle, con el consiguiente estropicio de puertas y ventanas pringadas de mandarina. Por supuesto acto seguido salieron corriendo que se las pelaba. Atónito, algo cabreado, aunque también con un punto de sonrisa en la boca, pensaba yo que el año que viene, el truco o el trato lo van a hacer con su xxxx madre. Francisco Javier García Mata |