“Sarkozy, presidente de la república francesa, se pasea con la carta de su amante bajo el brazo”. “Lewis Hamilton admite que no pudo ganar el Mundial de Fórmula Uno de 2007 debido a un error provocado por él mismo: mi dedo resbaló en el volante y, accidentalmente, presioné el botón usado para comenzar la secuencia de arranque.” El sentimiento de culpabilidad nos afecta a todos, el hombre normal no es tan sólo mucho más inmoral de lo que cree, sino también mucho más moral de lo que supone. Muy posiblemente ni Sarkozy ni Hamilton se sentían culpables, ni tampoco tenían intención de cometer esos errores garrafales. Pero yo les hablo de un sentimiento de culpabilidad que no tiene nada que ver con el remordimiento consecuente a un acto inmoral o ilegal. Se trata de una culpabilidad inconsciente, que no se siente, no nos damos cuenta de padecerla, pero es algo constitutivo del ser humano. Tanto Sarkozy como Hamilton se auto-castigaron porque necesitaban aliviar una culpa.
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En nuestro desarrollo psicosexual se forma en nosotros una instancia que denominamos superyó, representa los rasgos más importantes del desarrollo individual y de la especie, crea una expresión duradera de la influencia de los padres. El superyó es el soporte de la conciencia moral, instancia encargada de vigilar nuestro yo. La culpa que transcurre inconscientemente está en relación a los contenidos inconscientes del goce con la madre y el asesinato del padre, que acontecen en el Complejo de Edipo. La culpabilidad que sentimos es, en realidad, un obstáculo, no sólo a continuar la acción o a evitar el sufrimiento, sino que es un obstáculo a la verdadera culpa, nos sentimos culposos porque así nos justificamos para no saber nada de lo que realmente nos altera o nos afecta.
Hablamos de una culpabilidad que no sentimos porque usamos la enfermedad como medio de auto-castigo. Un ejemplo lo encontramos en el comportamiento de los pacientes que ante nuestros ánimos por la marcha del tratamiento, al contrario de lo que podríamos esperar, empeoran marcadamente. Muestran, pues, la llamada reacción terapéutica negativa.
Otro ejemplo de ello son esos niños “malos” que provocan el castigo con sus conductas, una vez obtenido éste, se muestran tranquilos y contentos. Seguro que nunca habían pensado que esa inquietud o travesura desmesurada de su hijo se debía a que cualquier castigo que se le imponga vendrá a calmarle un sentimiento de culpabilidad que él mismo desconoce, pero que se alivia con la bofetada o el golpe.
Es muy interesante también el tema de los “delincuentes por sentimiento de culpabilidad”, nos referimos a aquellas personas que sólo cometiendo delito (o realizando lo prohibido) consiguen un alivio a esta culpa, que por ser inconsciente, de ella sólo se conocen los efectos en la conciencia. Ejemplo de ellos son personas que sin tener necesidad alguna roban y lo hacen de forma que posteriormente son atrapados y castigados. O aquellos otros que se presentan en las comisarías admitiendo haber cometido un delito que, en realidad, realizó otra persona. O aquellos otros que tras un divorcio estropean su actividad empresarial cuando siempre habían sido excelentes empresarios.
Acabamos por descubrir que se trata de un factor de orden moral, de un sentimiento de culpabilidad que halla su satisfacción en la enfermedad, el castigo, el fracaso. Pero este sentimiento permanece mudo para el enfermo. El sujeto no se siente culpable, sino enfermo, pobre, fracasado. Es singular que cuanto más se limita el hombre su agresión hacia el exterior, cuanto más bondadoso se conduce, más severo y agresivo se hace hacia sí mismo. Cada parte de agresión a cuyo cumplimiento renunciamos es incorporada por el superyó, acrecentando su agresividad contra el propio yo.
La cultura está ligada indisolublemente con una exaltación del sentimiento de culpabilidad, como medio para limitar las tendencias instintivas del ser humano. Quizá esta exaltación llegue a alcanzar un grado difícilmente soportable para el individuo. No obstante, no podemos terminar con el sentimiento de culpa pero podemos reconocerlo, aceptarlo y partiendo de esta base, hacer que la vida transcurra con los movimientos propios de la vida, no con los de la neurosis.
Helena Trujillo Luque Psicoanalista Escuela Grupo Cero www.htpsicoanalisis.com |