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Molino de papel
La lata de sardinas
Cuentos y relatos globales. 20.12.20 
“Es flaca sobremanera/toda humana previsión/pues en más de una ocasión/  sale lo que no se espera” -Tomás Carrasquilla- La Perrilla- 
 Escribe; Walter Pimienta.- Los  platos de  la  cocina  eran de plástico. Tres rojos, tres azules, tres  amarillos  y  tres verdes. Se  les  notaba el  uso. En  el  fondo  tenían  los  rayones que, a manera  de  cicatrices, los cuchillos  habían  dejado en ellos… En  estos  comían la abuela, el papá, la mamá y los  cuatro  hermanos de Ovar. Tenían  guardado uno el  baúl, con menos  uso,  para  una tía que a veces  les  visitaba. Los  pasillos también eran de plástico  y con los  mismos  colores… Al  lavarlos, en una mesa de palos, en  la  mitad  del  patio, bocarriba, se ponían  al  sol para  que se secaran y  desinfectaran;  después, al lado  de la  hornilla,  en un platero  de  alambre, colgado  de  la  pared, se ponían.
En un  tarro o lata que alguna vez contuvo Avena Quaker, estaban metidas  las cucharas de platina, unos cuchillos y  trinches. En  el  borde  de  la  hornilla,   dos  ollitas  tiznadas.  Una contenía un poco  de  café  tinto  frío.  La  otra, nada… Del  fogón,  una columna de  humo  mortecino se desprendía olorosa a resina de  trupillo.
En los dos  cuartos, los siete catres  en  que  dormían los  siete, luciendo sabanas hechas con retazos de  todos  los colores, estaban ordenados. El piso  de  tierra de  la  casa, había  sido barrido  con escoba de  monte.  Había  aseo y  correcta  disposición  de  las  cosas en  la  humilde  vivienda. Un humano sentir  de la  pobreza,  reñía  con el  instinto de supervivencia de quienes allí  vivían.
En el  recinto que  hacía  de  sala y  comedor, la tristeza del cuadro del  Sagrado  Corazón, colgado  de un  clavo  en  la pared, no  conocía cambios de ánimo.  Vivía, en  su  expresión, cada  acontecimiento,  cada  circunstancia. Tenía  también cara  de  hambre.
Unas  flores  de  plástico en un  florero  de  vidrio,  en  la  mesita  de centro, quería convertir  en  gozo el  cristiano  padecer de  la familia… Y  era grato al  oído  el  sonido  de  un  radio encendido cantando canciones   de esperanzas.
Afuera, la  vida  se repetía en  los mismos  acontecimientos. En  cada  vida  una necesidad.  Una tristeza  reciente.  Una ilusión distante. Una  creciente desigualdad insuperable  entre  quienes nada  tienen y un  resto de  ricos  en  decadencia… Las riquezas  de  Dios  no  son  equitativas y, al  medir,  son  más  los  pobres.
En un  alambre  de  tendedero,  al  sol, en el  patio,  unas camisas  y  pantalones y una camiseta de  fútbol,   la de  Ovar,  marcada  con  el  número  10,  se secan. Hay  también una manta, unas  pantaletas,  unos  trapos y una toalla de  todos…
Doce  del  mediodía. Todos se miran  incrédulos. Ellos  saben  por qué.
Es  martes. 
El  Pan  Nuestro  de  cada  día  parece ser  barrido de la  faz de la tierra.  Los  estómagos  son unos  círculos  vacíos.  La  cocina es un desierto  sin  yuca… La perra “Salpafuera” (así se llamaba), tirando  tarascadas a las moscas, es un monumento de huesos y, musicalmente, una  estrofa  de  ladridos incompleta.
El  silencio  también devoraba.
La madre volteó  la  cara para  ocultar  una lágrima.
Esto  saben  hacerlo muy bien   las  madres  que sufren…
-Que  nadie  piense en llorar.  Eso  les da más hambre-dijo el  papá.
Él, en  camisilla,  sudaba  el  sudor del  mediodía. Y  pensaba  en algo.
En  la  calle, Ovar, frente a la  puerta  de  su  casa, con una banda  de chicos desbandados, dándole de patas a una bola de caucho espichada, se  gastaba las  pocas  energías que  le  quedaban de la  ingesta   de  un  pan de sal  y  un  tinto largo que había desayunado en   horas  de  la mañana.
—Bueno, como ya vino el  hambre de todos los días, veamos si trae  el  pan de cada  día.  Ovar, venga a hacer  un mandado- dijo el  padre.
Ovar entró, dejó  la pelota. Bajó los  ojos por  respeto y  dijo:
-Mande pa.
La maluquera, o la  mala  situación, o  la  llevadera, que en  este  caso es lo mismo, aunque suene a redundancia, era maluca.
La  mamá   solo  disponía de tres libras de arroz, media botella de manteca y algo sal, pero  nada  de  liga… A su esposo le debían una plata, pero  su deudor  le debía a otro y ese otro  a uno  más y  este uno  más se debía asimismo… Y, dada la  orden al pelao, este sale a hacer  lo  que le  dijeron.
Ovar llega a la única  tienda del  pueblo y  dice:
-Señor Víctor, que manda a decí  mi  apá que le  fie  una lata  de saddina. Que  cuando  le  pague el  otro que le debe a otro y  este otro a uno  más y  este  uno  más se  pague, asimismo, entonces él le  paga a usted.
Víctor, el  tendero, sonriendo, entendió  todo.  Aquello  era hambre  extrema. Hambre  física.
En el mostrador  había una sola  caja de  sardina. Tenía 18 meses de vencida y la lata, que  empezaba a oxidarse en los  bordes, estaba llenita  de cagá  seca de  moscas.
El  tendero leyó la  etiqueta y  honradamente le  dijo  al pelao.
-No  deberías llevarla, Ovar.  Está pasá. Mira que  hasta  la  tapa la  tiene  inflá de lo descompuesta. El  que se  coma esto, se  muere  envenao- le advirtió.
Ovar se acordó del humo lánguido de la  hornilla de su casa, se acordó de las ollitas  tiznadas; se acordó de su abuela, de sus hermanos, de  su  madre, de su  padre, del  plato de plástico de la  tía  guardado  en el  baúl… y  le respondió.
-Que  va, señor Víctor, está buena. Yo no me voy a quedá  con las ganas de comé  saddina. En  la  casa tenemos un hambre que está en el primer  lugar del  campeonato mundial de  todas  las  hambres del mundo. Me la  llevo y  que  mi  apá diga- 
-Ustedes  verán.  Llévatela. Te la regalo, pero no  respondo- le previno  el tendero.
Ovar que hubo llegado de lo  más  contento a su  casa,  contó a a sus padres todo lo  referente con  la  caja  de sardina.
La abrieron. Harían  arroz de sardina. Al  rato,  la  casa  trascendía de la “guelentina”.
Pero hecho  el  arroz y  servido este en los platos de los que hablé arriba, la  familia de  Ovar que  se  enfrenta a lo  impensado. Olían el  arroz… ¡Qué delicia!  Y  el hambre, cuchara en mano, les hería las  tripas… Y  los ojos se les aguaron de tristeza cuando  el  papá  dijo:
-No. Alto ahí. No, mejó no nos  comamos  esta vaina. Nos podemos  envenená. Acuéddense que  Víctor dijo  que esa saddina estaba pasá. Si lo  hacemos,   toos quedamos arreglaos. Échenle  mejó  esa  comía a “Salpafuera” y si se muere, qué se muera; pero   nosotros no.  Está  tan  flaca  la  pobre  que de  toas maneras  se  va a morí un día de estos-  fue la disposición del  padre  sin admitir  preguntas dejando  todo al  condicional  al “Dios proveerá”.
El  escafismo o tortura de ver comer a otro, sin comer  uno,  en  este  caso  a “Salpafuera”, era  casi  una ejecución  para  Ovar y su familia.
En medio  cajón de  madera que  le  tenían por  plato, “Salpafuera”, en pelea  con las  moscas, devoró todo  el  arroz.
El  papá de  Ovar,  por  última vez, miró a “Salpafuera” con ojos  de verdugo.  Para  él,  ella viviría en pocas  horas  el  peor  suplicio, pero  estaba de primero  salvar  la  vida de la abuela, de sus  hijos,  de  su  mujer  y  la suya.
… Y  como  el  hambre  mata más que la  guerra, el  abnegado padre, entre amigos  y conocidos, salió a buscar “el  Dios proveerá.
La  perra,  entre tanto, acabado el  plato,  deseosa de  más comida, salió  a  la  calle. Siempre  lo  hacía. Y cuatro  horas más  tarde, sin  haber encontrado su “Dios proveerá, el  padre  de  Ovar  viene de regreso a su  casa cuando, al  encontrarse con Gume (Gumercinda), su  vecina, esta, con  cara  y  voz de alarma, le  dice:
-Vecino, vecino, qué pesar, qué pesar. Se murió “Salpafuera”.
Para  el  papá de  Ovar, la  noticia no  podía ser  mejor. Saltaba de la alegría  y  del  contento. Ahora, gracias  a su  prevención, era  el  héroe  anónimo  de haber salvado  a su  familia  y a él mismo  de  un masivo  envenenamiento.
…Pero a  la información le  faltaba algo, inesperado. Era esto:

-Vecino, vecino. A “Salpafuera” la mató el  camión que  trae los  martes al  pueblo  las  gaseosas- le explicó  Gume…

 Walter Pimienta 

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