En los dos cuartos, los siete catres en que dormían los siete, luciendo sabanas hechas con retazos de todos los colores, estaban ordenados. El piso de tierra de la casa, había sido barrido con escoba de monte. Había aseo y correcta disposición de las cosas en la humilde vivienda. Un humano sentir de la pobreza, reñía con el instinto de supervivencia de quienes allí vivían. En el recinto que hacía de sala y comedor, la tristeza del cuadro del Sagrado Corazón, colgado de un clavo en la pared, no conocía cambios de ánimo. Vivía, en su expresión, cada acontecimiento, cada circunstancia. Tenía también cara de hambre. Unas flores de plástico en un florero de vidrio, en la mesita de centro, quería convertir en gozo el cristiano padecer de la familia… Y era grato al oído el sonido de un radio encendido cantando canciones de esperanzas. Afuera, la vida se repetía en los mismos acontecimientos. En cada vida una necesidad. Una tristeza reciente. Una ilusión distante. Una creciente desigualdad insuperable entre quienes nada tienen y un resto de ricos en decadencia… Las riquezas de Dios no son equitativas y, al medir, son más los pobres. En un alambre de tendedero, al sol, en el patio, unas camisas y pantalones y una camiseta de fútbol, la de Ovar, marcada con el número 10, se secan. Hay también una manta, unas pantaletas, unos trapos y una toalla de todos… Doce del mediodía. Todos se miran incrédulos. Ellos saben por qué. Es martes. El Pan Nuestro de cada día parece ser barrido de la faz de la tierra. Los estómagos son unos círculos vacíos. La cocina es un desierto sin yuca… La perra “Salpafuera” (así se llamaba), tirando tarascadas a las moscas, es un monumento de huesos y, musicalmente, una estrofa de ladridos incompleta. El silencio también devoraba. La madre volteó la cara para ocultar una lágrima. Esto saben hacerlo muy bien las madres que sufren… -Que nadie piense en llorar. Eso les da más hambre-dijo el papá. Él, en camisilla, sudaba el sudor del mediodía. Y pensaba en algo. En la calle, Ovar, frente a la puerta de su casa, con una banda de chicos desbandados, dándole de patas a una bola de caucho espichada, se gastaba las pocas energías que le quedaban de la ingesta de un pan de sal y un tinto largo que había desayunado en horas de la mañana. —Bueno, como ya vino el hambre de todos los días, veamos si trae el pan de cada día. Ovar, venga a hacer un mandado- dijo el padre. Ovar entró, dejó la pelota. Bajó los ojos por respeto y dijo: -Mande pa. La maluquera, o la mala situación, o la llevadera, que en este caso es lo mismo, aunque suene a redundancia, era maluca. La mamá solo disponía de tres libras de arroz, media botella de manteca y algo sal, pero nada de liga… A su esposo le debían una plata, pero su deudor le debía a otro y ese otro a uno más y este uno más se debía asimismo… Y, dada la orden al pelao, este sale a hacer lo que le dijeron. Ovar llega a la única tienda del pueblo y dice: -Señor Víctor, que manda a decí mi apá que le fie una lata de saddina. Que cuando le pague el otro que le debe a otro y este otro a uno más y este uno más se pague, asimismo, entonces él le paga a usted. Víctor, el tendero, sonriendo, entendió todo. Aquello era hambre extrema. Hambre física. En el mostrador había una sola caja de sardina. Tenía 18 meses de vencida y la lata, que empezaba a oxidarse en los bordes, estaba llenita de cagá seca de moscas. El tendero leyó la etiqueta y honradamente le dijo al pelao. -No deberías llevarla, Ovar. Está pasá. Mira que hasta la tapa la tiene inflá de lo descompuesta. El que se coma esto, se muere envenao- le advirtió. Ovar se acordó del humo lánguido de la hornilla de su casa, se acordó de las ollitas tiznadas; se acordó de su abuela, de sus hermanos, de su madre, de su padre, del plato de plástico de la tía guardado en el baúl… y le respondió. -Que va, señor Víctor, está buena. Yo no me voy a quedá con las ganas de comé saddina. En la casa tenemos un hambre que está en el primer lugar del campeonato mundial de todas las hambres del mundo. Me la llevo y que mi apá diga- -Ustedes verán. Llévatela. Te la regalo, pero no respondo- le previno el tendero. Ovar que hubo llegado de lo más contento a su casa, contó a a sus padres todo lo referente con la caja de sardina. La abrieron. Harían arroz de sardina. Al rato, la casa trascendía de la “guelentina”. Pero hecho el arroz y servido este en los platos de los que hablé arriba, la familia de Ovar que se enfrenta a lo impensado. Olían el arroz… ¡Qué delicia! Y el hambre, cuchara en mano, les hería las tripas… Y los ojos se les aguaron de tristeza cuando el papá dijo: -No. Alto ahí. No, mejó no nos comamos esta vaina. Nos podemos envenená. Acuéddense que Víctor dijo que esa saddina estaba pasá. Si lo hacemos, toos quedamos arreglaos. Échenle mejó esa comía a “Salpafuera” y si se muere, qué se muera; pero nosotros no. Está tan flaca la pobre que de toas maneras se va a morí un día de estos- fue la disposición del padre sin admitir preguntas dejando todo al condicional al “Dios proveerá”. El escafismo o tortura de ver comer a otro, sin comer uno, en este caso a “Salpafuera”, era casi una ejecución para Ovar y su familia. En medio cajón de madera que le tenían por plato, “Salpafuera”, en pelea con las moscas, devoró todo el arroz. El papá de Ovar, por última vez, miró a “Salpafuera” con ojos de verdugo. Para él, ella viviría en pocas horas el peor suplicio, pero estaba de primero salvar la vida de la abuela, de sus hijos, de su mujer y la suya. … Y como el hambre mata más que la guerra, el abnegado padre, entre amigos y conocidos, salió a buscar “el Dios proveerá. La perra, entre tanto, acabado el plato, deseosa de más comida, salió a la calle. Siempre lo hacía. Y cuatro horas más tarde, sin haber encontrado su “Dios proveerá, el padre de Ovar viene de regreso a su casa cuando, al encontrarse con Gume (Gumercinda), su vecina, esta, con cara y voz de alarma, le dice: -Vecino, vecino, qué pesar, qué pesar. Se murió “Salpafuera”. Para el papá de Ovar, la noticia no podía ser mejor. Saltaba de la alegría y del contento. Ahora, gracias a su prevención, era el héroe anónimo de haber salvado a su familia y a él mismo de un masivo envenenamiento. …Pero a la información le faltaba algo, inesperado. Era esto: -Vecino, vecino. A “Salpafuera” la mató el camión que trae los martes al pueblo las gaseosas- le explicó Gume… Walter Pimienta |