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Tu diario. Libertad de expresion

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-MOLINO DE  PAPEL-
La vieja  puerta  del  olvido
Cuentos y relatos globales. 13.12.20 
*A veces  tenemos  tan mala  memoria  que  nos acordamos  de  todo…
Escribe; Walter  Pimienta.- En la fincao, mejor, en “La Playa”, que  así  se llamaba  su  heredad, mi abuelo Hernán y  uno de los mellos de Joselito (Napoleón), quienallí, para  tal  época hacía de  corralero  y  ordeñador, en el desarrolloo  faena de darle  entre  los  dosuna mañana la segunda dosis  de desparasitante  a un ternero, vivieron cierta vez  este impuntual episodio que pareciera común a las labores relacionadas con  la  ganadería, peroque,si  gustan en leer, a lo  mejor  lo  disfrutan… El  pasajero suceso, poco  relevantequizás, tuvo lugar en  el  marco de  todo lo anecdótico atribuible  al  mismo  hecho.  Es  decir, se dio  entre ellos lo  nunca imaginado a instancias  de que en  la  vida siempre hay circunstancias  complejas,  de suerte que  ahora escribo esto porque, aveces, amigos y  amigas, convénzanse, no  existe  lo  prestablecido o eso que uno suele  llamar como un hecho puntual; pero  no  hay  tal…Si gustan, lean…

De  pronto,  a mi  abuelo,  ese día, la memoria  se  le  volvió evasiva. Era experto  en hacer  recuerdos. Se sabía  de  memoria  dónde dejaba bien  guardado  su  martillo, las grapas y el alambre de púas con que cercaba su  terreno,  su  rulamarca “Collins”, sus  lazos  y  cabuyas de uso diario. Los  nombres de  sus  vacas: “Mariposa”, “Palomita”, “Mojiganga”, “Arrozcaro” … Siempre  estaba seguro  de lo que  hacía  y de lo que decía; pero  aquella  vez, aquella vez, no  fue así.
Le  dio  vueltas  y  más  vueltas al  pensamiento y  no  pudo. Era una fecha. Un  día.  Un mes, lo  que  intentaba recordar.  Pero por  más  que  lo  intentó, no  pudo.
Aquello  le  pareció  extraño. Él nunca  olvidaba ni  los  hechos  más  impresionantes  de  su  niñez. 
A la perfección, mi abuelo siempre  se acordaba de  la  historia  de  cada  una de sus cosas. Su mesa de  comedor, por  ejemplo, a la  que  aludía para  hacer  historia, se  la  había  hecho   Julián, el  carpintero del  pueblo. La  silla de montura  de su  caballo,  se la compró  a “el Niño  Adbe”. La bomba hidráulica del  pozo artesiano de su  vivienda, se la  vendió Quesada. El  hierro  de herrar vacas  y  novillos  con  sus  iniciales HP,fue  obra  de Genitor, el  herrero. El  último  sombrero de fieltro color  marrónmarca Barbisiu y que lucíaairoso, lo  había comprado un diciembre en el “Almacén  Lacorazza”, en Barranquilla.  Recordaba  así mismo  cuantas vueltas  a la derecha  y  cuántas a la  izquierda había que  darle  a la llave  del candado “Yale” con que cerraba por  dentro   la puerta principal  de  su  casa. Tampoco  navegaba  a la deriva para referirse a  cuánto  de ancho y  cuánto de largo tenía el lienzo de su cama de  tijera. Y era de su saber  doméstico precisar en los  partos  que ya  llevaba   su  vaca de  nombre “Amazonas”, todo esto imponiendo  en  lo  suyo un  estado  de  orden para no “loquear” a  la hora de  buscar sus  pertenencias en  los  sitios  habituales y sin  que se las  cambiaran de  sitio porque vivía sincronizado acorde con que hay  un  lugar  para  cada  cosa y  cada  cosa  debe estar  en  su  lugar…Así  le rendía más  la  vida, el  tiempo  y  el  trabajo…
En él, nunca fueron  comunes las posibilidades de olvido. Y  ya  recuerdo  yo cuando, sólo  por  referirme  a un  memorable  caso, con  voz de abandono, se refería con precisión a los  hechos más tristes del  país y, en ese momento, como  partidario liberal, esto  me decía:
-Mijo.  A Gaitán, el  caudillo del  pueblo, apréndete esto, lo mataron un 9 de  abril  del año  1948. 
…Y  volviendo  al  relato que  me  ocupa, y que quiero contarles tal  como  me lo  contaran, les  diré que, venido  al  caso, había derribado el  ternero manualmente. Lo  tomó  por  una oreja con  la mano  izquierda y  por el  pliegue del ijar con  la mano  derecha. Lo  levantó  un poco y lo  dejó caer deslizándoselo por  la pierna derecha evitándole  un  golpe  contra el  suelo. Ya  lo  había desparasitado a los  tres  meses  de nacido  y  ahora le  suministraría el  requerido refuerzo  de los seis.
La  botella  de “Doragán” al 3.15 % disuelto  en agua, efectivo  remedio para estos casos, tapada con un corcho y al alcance de  sus manos, yacía  en el  suelo. Y, de pronto, él, deteniéndose en  su  acción, a su  ayudante le  dijo:
       —¿Mello, ¿cuándo  fue que yo le  di a este  ternero el  remedio  para  los  parásitos? ¿Tú no  te acuerdas?
El “Mello”, inseguro  se rascó  la  cabeza, carraspeó  confuso  y dijo:
-Este, este, señor  Hernán, eso  fue  el  mismo  día  que  parió  la  perra Barcina… ¿se acuerda?
- ¿Y cuándo  parió  la  perra  Barcina, “Mello?
El “Mello, irresoluto  y  como  en el  aire, respondió.
-Ñerdaaa señor  Hernán,  de eso sí que no  me  acuerdo… pero  creo  que  el  señor Segundo, su hijo, que estaba aquí  ese día(Se refería ami papá, pero  no presenté en ese momento allí), apuntó  la fecha  detrás de  la  puerta vieja del  cuarto  donde  usted y  la señora  Cristina duermen. Pero…espérese… espérese. Yo creo  que  fue en julio…O  no sé si en  agosto.
-Ves  a ver-  dijo él- porque yo  creo  que ya  es  tiempo de darle   a este  animalito su segunda  dosis…No se vaya a morir.
Era septiembre.
El “Mello” dudaba y  miraba a mi  abuelo  de  manera  ambigua y  controvertible.
- Consulta “Mello”, consulta, porque  yo, la  verdad,   no  me  acuerdo  bien.
-Señor  Hernán,  yo creo  que  fue en  julio…O  sería  en  agosto… Como  el  21, más  o menos. La  vaina  es  que  ahora  tampoco  me  acuerdo  si  ese fue el  día  en que  pario  la perra Barcina. No será que la  señora Cristina sabe. ¿Le pregunto?
        —No  hombre, “Mello”. Déjala  haciendo  sus cosas en la  cocina. Eso fue  antes. Mucho  antes. Y  hasta  dudo  ahora  que en  tal  fecha  hubiese parido la  perra Barcina.
El ternero, impotente en el  suelo, hacía  muecas. Volteaba en  redondo  los ojos y los  ponía  en blanco. Mi abuelo  lo dominaba colocándole una rodilla encima.
-Caramba, la  verdad es  que no  me  acuerdo- se dijo.
Luchaba contra el  olvido.
Mi  abuelo vivía una  realidad escurridiza.  De momento, a sus  ochenta  y  pico,  estaba capturado en una verdad inaprensible que  le  dejaba  sin  palabras. Quería fugarse de su desmemoria y darle el  remedio al  ternero omitiendo  el hecho, pero pensó que no  era una  buena idea y  que su  disparate podía afectar al  animal  venido a menos.
Le  preocupaba  no  recordar.
Nunca olvidaba un nombre, una cita, una cantidad, una información, una diligencia.
Le  daba  miedo  perder  la  memoria y  ahora  la  veía  tan ligada a  la  vejez.
Sintió  angustia.  Sintió  ansiedad. Sumido en sí  mismo, justificaba  que el “Mello” no  se acordara de cuándo  le  fue suministrado el desparasitante al  ternero… era tan despistado…Pero que él no  ubicara los  recuerdos, lo  volvía  un  inútil.
Su historiaera la historia de sus recuerdos, de su familia, de sus fiestas, de sus  muertos,  de su  dignidad,  de sus  amigos,  de sus  celebraciones, de sus alegrías, de sus tristezas. Su  historia era la  historia de La  Guerra de los Mil  Días, de los gobernantes  totalitarios, de los golpes de estado, de las dictaduras.
De súbito, yéndose por  lo  más fácil, dijo:
- “Mello”, lo  escrito  permanece. Ves a ver qué dice el  apunte de la  puerta.
Lo que  dijo, lo   vio  como  una solución. Le molestaba la espera. Aquello  era  un  olvido  que  hacía  mella  en  su  presente.
Se sintió  vulnerable y como  para no sentirse desmemoriado, recordó la primera estrofa  del  himno  nacional.
El “Mello”, con  rumbo  al  cuarto de la matrimonial  pareja,  a fin de ver qué decía el  apunte que  habría en  la puerta de este, pasando antes  por  la cocina, vio  que mi  abuela, al  parecer  ajena  al asunto, se debatía  en medio  de  un   ruido  de  platos, de ollas y  cacerolas que  lavaba.
La vieja puerta en referencia, había sido tomada  para, a lápiz, escribir en ella la  vida del rancho atreves de apuntes  que evocaban nombres, personas, eventos y  conmemoraciones que  así  se  leían: “20 de enero, el  día  que sacó la  gallina jabá”. “3 de marzo, le  di a “Lucho  Bayito” cinco pesos por  un  día  de  trabajo”. “Mañana hablo   con “el Mono  Nica” sobre el  negocio que  le  dije”.  “El  sulfatiazol sirve para las  infecciones  y  cicatriza  heridas”. “Hay que  comprar creolina”. “21 de abril, día  en  que  nació  el  ternero  de la  vaca “Palomita”.
En la  vieja  puerta  cabía la  historia  de la  humanidad.  Allí  estaba anclado el  tiempo contra el  olvido.-
…Pero  vaya  paradojas, vaya contrasentidos, absurdos,incongruencia e  incoherencias las  que tiene la  vida…
El “Mello” llega al  cuarto y  lo  que ve le  deja perplejo reconociendo  una y  otra vez  lo que  veía, por loque, desde  allí,   en  voz  alta le  hace  oír esto  a mi  abuelo.
-Señor  Hernannn… no  hay naaa. La puerta  vieja usted la cambió  por  una nuevaaaa. ¿No se acuerda que la hizo astillas y que la  cogió para leña de hornilla?
Mi abuelo escuchó aquello.  Se sintió entre la  fantasía  y  la realidad.
-Nos jodimos- se dijo.
Y, entonces, mi abuela, en  conexión  con  todo, desde  la  cocina, como  venida de   su  propia existencia, le  dijo.
-Dale el remedio  al  ternero, Hernán, pa’ que se salve y  no  le dé “cutzo” (cagalera)… Eso fue el día  que parió  la perra…Ahora es  que me  acuerdo.
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