 De pronto, a mi abuelo, ese día, la memoria se le volvió evasiva. Era experto en hacer recuerdos. Se sabía de memoria dónde dejaba bien guardado su martillo, las grapas y el alambre de púas con que cercaba su terreno, su rulamarca “Collins”, sus lazos y cabuyas de uso diario. Los nombres de sus vacas: “Mariposa”, “Palomita”, “Mojiganga”, “Arrozcaro” … Siempre estaba seguro de lo que hacía y de lo que decía; pero aquella vez, aquella vez, no fue así. Le dio vueltas y más vueltas al pensamiento y no pudo. Era una fecha. Un día. Un mes, lo que intentaba recordar. Pero por más que lo intentó, no pudo. Aquello le pareció extraño. Él nunca olvidaba ni los hechos más impresionantes de su niñez. A la perfección, mi abuelo siempre se acordaba de la historia de cada una de sus cosas. Su mesa de comedor, por ejemplo, a la que aludía para hacer historia, se la había hecho Julián, el carpintero del pueblo. La silla de montura de su caballo, se la compró a “el Niño Adbe”. La bomba hidráulica del pozo artesiano de su vivienda, se la vendió Quesada. El hierro de herrar vacas y novillos con sus iniciales HP,fue obra de Genitor, el herrero. El último sombrero de fieltro color marrónmarca Barbisiu y que lucíaairoso, lo había comprado un diciembre en el “Almacén Lacorazza”, en Barranquilla. Recordaba así mismo cuantas vueltas a la derecha y cuántas a la izquierda había que darle a la llave del candado “Yale” con que cerraba por dentro la puerta principal de su casa. Tampoco navegaba a la deriva para referirse a cuánto de ancho y cuánto de largo tenía el lienzo de su cama de tijera. Y era de su saber doméstico precisar en los partos que ya llevaba su vaca de nombre “Amazonas”, todo esto imponiendo en lo suyo un estado de orden para no “loquear” a la hora de buscar sus pertenencias en los sitios habituales y sin que se las cambiaran de sitio porque vivía sincronizado acorde con que hay un lugar para cada cosa y cada cosa debe estar en su lugar…Así le rendía más la vida, el tiempo y el trabajo… En él, nunca fueron comunes las posibilidades de olvido. Y ya recuerdo yo cuando, sólo por referirme a un memorable caso, con voz de abandono, se refería con precisión a los hechos más tristes del país y, en ese momento, como partidario liberal, esto me decía: -Mijo. A Gaitán, el caudillo del pueblo, apréndete esto, lo mataron un 9 de abril del año 1948. …Y volviendo al relato que me ocupa, y que quiero contarles tal como me lo contaran, les diré que, venido al caso, había derribado el ternero manualmente. Lo tomó por una oreja con la mano izquierda y por el pliegue del ijar con la mano derecha. Lo levantó un poco y lo dejó caer deslizándoselo por la pierna derecha evitándole un golpe contra el suelo. Ya lo había desparasitado a los tres meses de nacido y ahora le suministraría el requerido refuerzo de los seis. La botella de “Doragán” al 3.15 % disuelto en agua, efectivo remedio para estos casos, tapada con un corcho y al alcance de sus manos, yacía en el suelo. Y, de pronto, él, deteniéndose en su acción, a su ayudante le dijo: —¿Mello, ¿cuándo fue que yo le di a este ternero el remedio para los parásitos? ¿Tú no te acuerdas? El “Mello”, inseguro se rascó la cabeza, carraspeó confuso y dijo: -Este, este, señor Hernán, eso fue el mismo día que parió la perra Barcina… ¿se acuerda? - ¿Y cuándo parió la perra Barcina, “Mello? El “Mello, irresoluto y como en el aire, respondió. -Ñerdaaa señor Hernán, de eso sí que no me acuerdo… pero creo que el señor Segundo, su hijo, que estaba aquí ese día(Se refería ami papá, pero no presenté en ese momento allí), apuntó la fecha detrás de la puerta vieja del cuarto donde usted y la señora Cristina duermen. Pero…espérese… espérese. Yo creo que fue en julio…O no sé si en agosto. -Ves a ver- dijo él- porque yo creo que ya es tiempo de darle a este animalito su segunda dosis…No se vaya a morir. Era septiembre. El “Mello” dudaba y miraba a mi abuelo de manera ambigua y controvertible. - Consulta “Mello”, consulta, porque yo, la verdad, no me acuerdo bien. -Señor Hernán, yo creo que fue en julio…O sería en agosto… Como el 21, más o menos. La vaina es que ahora tampoco me acuerdo si ese fue el día en que pario la perra Barcina. No será que la señora Cristina sabe. ¿Le pregunto? —No hombre, “Mello”. Déjala haciendo sus cosas en la cocina. Eso fue antes. Mucho antes. Y hasta dudo ahora que en tal fecha hubiese parido la perra Barcina. El ternero, impotente en el suelo, hacía muecas. Volteaba en redondo los ojos y los ponía en blanco. Mi abuelo lo dominaba colocándole una rodilla encima. -Caramba, la verdad es que no me acuerdo- se dijo. Luchaba contra el olvido. Mi abuelo vivía una realidad escurridiza. De momento, a sus ochenta y pico, estaba capturado en una verdad inaprensible que le dejaba sin palabras. Quería fugarse de su desmemoria y darle el remedio al ternero omitiendo el hecho, pero pensó que no era una buena idea y que su disparate podía afectar al animal venido a menos. Le preocupaba no recordar. Nunca olvidaba un nombre, una cita, una cantidad, una información, una diligencia. Le daba miedo perder la memoria y ahora la veía tan ligada a la vejez. Sintió angustia. Sintió ansiedad. Sumido en sí mismo, justificaba que el “Mello” no se acordara de cuándo le fue suministrado el desparasitante al ternero… era tan despistado…Pero que él no ubicara los recuerdos, lo volvía un inútil. Su historiaera la historia de sus recuerdos, de su familia, de sus fiestas, de sus muertos, de su dignidad, de sus amigos, de sus celebraciones, de sus alegrías, de sus tristezas. Su historia era la historia de La Guerra de los Mil Días, de los gobernantes totalitarios, de los golpes de estado, de las dictaduras. De súbito, yéndose por lo más fácil, dijo: - “Mello”, lo escrito permanece. Ves a ver qué dice el apunte de la puerta. Lo que dijo, lo vio como una solución. Le molestaba la espera. Aquello era un olvido que hacía mella en su presente. Se sintió vulnerable y como para no sentirse desmemoriado, recordó la primera estrofa del himno nacional. El “Mello”, con rumbo al cuarto de la matrimonial pareja, a fin de ver qué decía el apunte que habría en la puerta de este, pasando antes por la cocina, vio que mi abuela, al parecer ajena al asunto, se debatía en medio de un ruido de platos, de ollas y cacerolas que lavaba. La vieja puerta en referencia, había sido tomada para, a lápiz, escribir en ella la vida del rancho atreves de apuntes que evocaban nombres, personas, eventos y conmemoraciones que así se leían: “20 de enero, el día que sacó la gallina jabá”. “3 de marzo, le di a “Lucho Bayito” cinco pesos por un día de trabajo”. “Mañana hablo con “el Mono Nica” sobre el negocio que le dije”. “El sulfatiazol sirve para las infecciones y cicatriza heridas”. “Hay que comprar creolina”. “21 de abril, día en que nació el ternero de la vaca “Palomita”. En la vieja puerta cabía la historia de la humanidad. Allí estaba anclado el tiempo contra el olvido.- …Pero vaya paradojas, vaya contrasentidos, absurdos,incongruencia e incoherencias las que tiene la vida… El “Mello” llega al cuarto y lo que ve le deja perplejo reconociendo una y otra vez lo que veía, por loque, desde allí, en voz alta le hace oír esto a mi abuelo. -Señor Hernannn… no hay naaa. La puerta vieja usted la cambió por una nuevaaaa. ¿No se acuerda que la hizo astillas y que la cogió para leña de hornilla? Mi abuelo escuchó aquello. Se sintió entre la fantasía y la realidad. -Nos jodimos- se dijo. Y, entonces, mi abuela, en conexión con todo, desde la cocina, como venida de su propia existencia, le dijo. -Dale el remedio al ternero, Hernán, pa’ que se salve y no le dé “cutzo” (cagalera)… Eso fue el día que parió la perra…Ahora es que me acuerdo. |