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Retrato | | Cuentos y relatos globales. 29.11.20 | |  A instancias de sus nietos mayores, y con la aceptación de sus hijos, mi abuelo Hernán y mi abuela Cristina, después de muchos ruegos y súplicas de estos, aceptaron por fin esa vez a tomarse un retrato. Llevaban muchos años de vida matrimonial y nunca se habían hecho uno. La consulta duró sus días. No fue nada fácil. A aquello no se le auguraba un fácil éxito. Para el caso se buscó al más renombrado fotógrafo del pueblo: Juan Herrera (“Cabica”)…renombrado porque en toda la comarca no se conocía otro. Había hecho un curso de ello por correspondencia con la Hempil Escoll. El más resistido era mi abuelo. -Habrá que buscar un doble- dijo “Cabica” a los nietos- ya le hice la consulta y dice que no porque al que lo retratan se le va un poco del alma. -¿Un doble? No, eso no- dijeron en coro los nietos. Y también en coro agregaron: a mi abuelo no lo sustituye nadie. Y, además, nuestra abuela no lo aceptaría. “Cabica” insistía | -Yo conozco a una persona aquí en el pueblo que se parece muchos a él, ya lo tengo seleccionado. Me dijo que no ve inconveniente alguno y que no les cobra un solo peso. Además la mujer de él me dijo que en este caso, y por tratarse de ustedes, ella lo presta. Es Martín Molina, el “Viejo Loro”. Él les hace el favor. Ustedes verán y me avisan. -No tiene sentido. Tú estás loco ¿Acaso él es el marido de nuestra abuela? Fue la respuesta dada con rabia. -De aquí al domingo (era lunes), lo convencemos y asunto arreglado- dijo uno de sus veinte nietos. -Bueno, me avisan. No pierdan la ilusión. Ahí está “el Viejo Loro”. Yo cumplo con mi tarea- volvió a decir “Cabica”- Era experto en fotografiar a niños rebeldes e inquietos pero no a viejos resabiados y obcecados. …Y pasó que mi abuelo fue convencido con el argumento de que sería aquel el recuerdo más hermoso que, posando al lado de mi abuela, por los años de los años, nos dejaría a la familia. …Y llegó lo esperado. Era domingo, día en que mi abuelo, como lo manda Dios, no iba a trabajar a su monte. La familia toda, reunida y contenta como en una fiesta, se dio la cita. Mi abuelo, con “Jabón de Reuter”, a totumadas, con agua de la alberca, se bañó por tres horas. Mi abuela, partidaria del hecho, había madrugada a hacer lo mismo y, desde bien temprano, ya lucia su par de trenzas indias amarradas con unos lacitos de cinta y su vestido de gola y sus chinelas de fina gamuza. Las nietas, para que mi abuelo, algo retrechero aún, no se echara atrás, le sacaron del baúl las mejores galas: Una fina camisa blanca de mangas largas, corbata de “madre viva” ( es decir, de vivos colores), un pantalón marrón de paño sefardí que él le había comprado al turco de las telas y un saco del mismo color, de corte francés que sólo se ponía en elecciones y que se había salvado de las ultimas escaramuzas de la Guerra de los Mil días. Un par de medias. Un limpio y planchado pañuelo blanco marca “Pirámide”. Medias oscuras. Agua de alhucema… De debajo de la cama matrimonial, ellas sacaron su par de botines negros casi sin uso hacía más de tres años, rígidos y llenos de polvo pues, en cambio, para ir a todas partes usaba cómodas abarcas de cuero. Dieron éstas a estos, primero, con algodones, una mano de alcohol y luego se los suavizaron en los bordes con sebo de chivo. Y, finalmente, con un cepillo de crin, gastando en ello una caja de “Betún Beisbol” de las grandes, por tres horas se los lustraron. Quedaron como para un soldado. Mi abuelo fue dejado solo en su cuarto para que se cambiara de ropas. Lo hizo según la petición pero de allí salió con sus habituales abarcas. -No señor. Póngase los zapatos- le dijeron estupefactos los presentes. - Hombeee que tengo más de tres años que no me los pongo. Me aprieta el derecho en el dedo chiquito y el otro también. No jodaaaa qué vaina ustedes… Tendré que aprendé a caminar otra vez- fue su pública molestia. “Cabica”, entre tanto, en la sala, llevaba cinco horas esperando. Allí armó su trípode. Montó la cámara de fuelle y buscaba los mejores ángulos y luces para la toma. -Listo para el retrato- se oyó que dijeron. Llegada la hora, mi abuela, como toda una señora, y mi abuelo, como todo un señor, delante de la cámara, fueron sentados uno a lado del otro en un sofá teniendo como fondo una de las paredes de la sala. Nunca como esa vez, se vieron tan amorosos. Ella, bella como la más bella india. Y a él, sus nietas, peinándole de medio lado, sacándole el camino, lo habían dejado como un italiano… Y cómo le lucía su bigotico de mostacho hitleriano… |
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