Quise escribirle un poema de amor, pero yo soy malo para esa vaina. Cada vez que empezaba no pasaba del primer renglón. Se me escondían las palabras. No era ese mi mejor ejercicio. Aquello carecía de retórica y lo que expresaba…qué pobreza de cosas…De modo que desistí de la idea. Neruda no estaba en mí. Ese tipo sí sabía lo que decía. O mejor, decía lo que yo no sabía decir. Por algo fue nobel.
Total que en tal tiempo escribí la carta referida; ridícula o no, pero la escribí… Porque, en suma, estar enamorado, quiérase o no, siempre tiene algo de ridículo ya que de no ser así, aquello que se expresa por cualquier medio, como en mi caso, no hubiera sido amor… ¿sería? Bueno, el caso es que abrí mi pecho y dije lo que tenía que decir…Y en el colmo del absurdo, hasta le prometí matrimonio a mi compañera escolar lejos de la contingencia prosaica en la que me estaba metiendo a raíz de estar diciendo “cosas bonitas” porque, es verdad, el papel todo lo aguanta.
“Mi vida es trunca sin ti”. Me pareció bonita esa palabra y la metí en el texto. Y dije más: “Eres lo que había buscado perdido en un camino que no tenía llegada”…Cosas así, pensé, debió decirle Neruda a su primera novia… “Si te busco es por darte mi tiempo por siempre. Para vivir juntos todos nuestros sueños” – añadí- Y luego de un punto seguido, así escribí lleno de emoción: “Te quiero sin bemoles - no sé por qué metí eso, lo oía en otros- . Pobre Neruda si de pronto lo dijo… Para esa época cursaba el segundo año de bachillerato y nos tenían atiborrado el cerebro con la Odisea y La Eneida y de la primera le dije en mi carta: “Seré en esta aventura tu Odiseo”, y de la segunda… “o tu Eneas si lo quieres. Le ganaremos la guerra de la oposición a tu padre y que se forme la de Troya. Mírame como tu héroe griego. Mira que el amor en mí, por ti, florece y florece como la mata de trinitaria. Sin más, tu lucero matutino. Ese que no despide a la noche sin antes verte cada nuevo día”…Qué extremo…Pero todas esas vainas dije…
Pero no he contado “lo peor” o lo “más ridículo”. Lleno de temor, por la animadversión que su padre me sentía”, envié a mi enamorada la susodicha carta con un amigo conocedor de mi dolencia romántica. Y lo confieso ahora. Si el amor que sentía por mi enamorada de entonces pasó por la prueba máxima de la sobrevivencia, esa vez sobreviví. Son cosas de la existencia humana…Y creo que quien nunca haya amado, como amaba yo en ese momento a mi compañera de colegio, jamás podrá decir esto…Aunque fueran unas torpezas… Y ocurrió que el amigo que entregaría la carta, lo que me trajo aquella noche por respuesta en su rostro fue el más amargo sabor de la derrota al borde de las lágrimas.
El, rondó tres veces la casa de ella. Por la ventana del callejón hizo una seña de la que mi enamorad no se percató, cuando, no supo de dónde, apareció la perturbadora presencia del padre.
-No…que…que… aquí… man…man…manda…esta carta…
Mi amigo me contó que tembló de pie a cabeza.
-¿Quién la manda?- preguntó enérgico el celoso padre.
…Y en su pavorosa cruzada, atortolado, muerto de miedo y de palabras que no le salían, impotente se dejó quitar de un jalón la carta. Y ni maneras de rescatarla.
El, mi amigo, en volandas se vino y al enterarme de todo, vi que el cielo perdió todas las estrellas y entonces sí creí que en casa de mi enamorada se iba formar la de Troya y que ni un Odiseo ni un Eneas heroico iba a poder ser en ese instante para salvarla de la “paliza” que el papá le daría. Y. qué pesar, me sentí como un guerrero herido sin haber ido a la batalla.
Al día siguiente, como soy madrugador, por ningún lado encontré en el cielo el lucero de la maña. Horas después, a pie, rumbo al colegio, como de costumbre, para irnos juntos, pasé por la casa de mi enamorada. Su padre esperaba mi paso y tuvo que haber leído la carta porque me miró como mira el diablo. Me miró como gallina que mira sal. Me miró como si quisiera echarme mal de ojo. Me miró como si yo tuviera sarna. A mi paso puso en oblicuo sus ojos tres veces y tres veces escupió. Se le veía incómodo y en actitud insolente. Pasé bajando la cabeza y escuché cuando irónico, con voz de infierno, dijo.
-Con que Odiseo…con que Eneas…con que tu lucero matutino. El tipo es griego, griego y nos lo ganamos…Ahora sí se compuso esto...
Me tragaba la tierra y nadie acudía en mi rescate.
Y terminaré contándoles algo aún más triste y frustrante.
Ese día tenía examen de literatura griega y lo perdí. Fui un desastre. Se me olvidó quién era Odiseo, lo confundí con Eneas y dije equivocadamente que este había enamorado a una tal Mariela o a otra tal Eurídice. Se me ocurrió eso…Total, lo reitero: un desastre. Una calamidad…
¿…Y ya vieron las vainas que hace el amor? |