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Molino de Papel - “El Mono de Átala”-
El final de la "Café malo"

Cuentos y relatos globales. 01.11.20 
*-Mijo, escúchame bien y apréndete esto:  vaca que no baja al corral, que niega la leche y se queda en la loma, mugiendo llama al tigre hambriento pa’ que se la coma”.
Escribe; Walter Pimienta.-
Nunca fue mansa. Jamás.  Nació “malcriada”, como lo son algunas mujeres. Mi abuelo no pudo amansarla del todo. En ella no hizo mucho efecto bañarla con orín de mujer del que mi abuela recogía para tal fin.  Siempre fue la vaca de las tres sogas: una para enrejarle el ternero al pie de la pata, otra para sujetarla de los cuernos y una más para maniatarle las dos traseras porque pateaba.  Todo un personaje de novela la “Café Malo”, que así la bautizó él por lo difícil que era sacarle una gota de leche en una guerra de anatemas y de excomuniones. “La bendita cuadrúpeda”, escondía la leche para su ternero y a su dueño solamente le daba media bote, de esos en los que venía antes enlatada la “Avena Quarer”. Y había días en que se adentraba en los montes y no baja al corral para nada. Nadie la encontraba. Esto lo hacía cuando el hijo ya estaba grande y ella quería destetarlo y así no volver al pastoreo.
Al caer la tarde, cuando de su ternero se cansaba de berrear en el chuiquero llorándola, ella, alegre y despreocupada y cuando ya no era la hora del ordeño, se aparecía y con voz de vaca anunciaba su vuelta. Mi abuelo le soltaba   el hijo y, juntos, los dos, se perdían en el monte mientras el becerro, hambriento, pegado a sus tetas, entre   el vientre y el anca, la seguía dándole cabezazos.
Mi abuelo la llamaba por su nombre cada mañana:  ¡Café Maaaalooo! ¡Café Maaaalooo! Como tocaba; pero bajaban todas las vacas: menos ella.
Ignoraba su voz no obstante que él era su dueño.  No le importaba el establo.
Un día, mi abuelo, buscando a la “Café Malo” con desespero, descubrió la huella de un jaguar. No vaciló en reconocerla. Sabía de esos misterios y enigmas.  Desde niño, un tío le había enseñado las cosas peligrosas del monte.
La “Café Malo” y su ternero, por necia y temeraria, según mi abuelo, corría peligro. Se adentraba a la montaña más que la “Capullito”, que la “Palomita”, que la “Regalito”, que la “Amazonas” que la “Relicario” y no tenía disciplina de establo. De noche la fiera podía atacarla.
Tempranito, después del café tinto, ganándole al sol, mi abuelo, con alma de explorador, buscaba a la “Café Malo” y también buscaba un rastro de sangre, y lo que encontraba era la huella   del tigre entre los matorrales y el barro húmedo.  El decía que el aire olía a tigre y que a esa vaca traviesa la rodeaba un espiral de muerte. O, mejor, una danza de muerte sobre las aguzadas garras de la fiera.
Alguna vez, la “Café Malo” y su becerro, vinieron al establo sin ser buscados. Ambos tenían ojos de susto, ojos de miedo, ojos de pavor, ojos de espanta, de terror y pánico. Y no quiso volver al monte por más que se le obligara. Se le veía cara de vaca preocupada, de inquieta y angustiada y, echada en el corral, olfateando la esencia del bosque y sus riesgos, cerraba los ojos y se le venía el fantasma del brutal sanguinario…y se erizaba y se crispaba y temblaba toda; se estremecía…Y su ternero como si también hubiese visto lo mismo, se apretaba contra su costado de madre…
La muerte se presentía.  Las otras vacas también corrían peligro.  El olor del predador se sentía a la redonda. Por el tamaño y profundidad de su huella, éste era grande y algo así como una saeta rapidísima lista para clavar sus filosos dientes en el cuello de alguna de ellas.
La “Café Malo”, por instintito de conservación, no salía del corral ni a palos y se hacía más madre de su hijo a lengüetazos amorosos como diciéndole: “Sálvate del tigre. Es malo. Crece fuerte y mátalo.  Lucha hasta la última gota de tu sangre. Si él me come. Venga caro mi muerte” …
Al jaguar lo aguijoneaba el hambre, pero las vacas de mi abuelo, temerosas y  desconfiadas, no le permitían la ocasión ya que  prevenidas, ayudadas por su toro, lo mantenían a raya percibiéndole por sus rugidos.
Mi abuelo, ante la negativa de la “Café Malo” obstinada en no salir a pastar. Le daba hierva y agua; pero ella, a la hora del ordeño, le pateaba  inesperadamente el balde que volaba por los aires con tres gotas de leche apenas ordeñadas. Se transformaba en otra apenas se le tocaban las tetas y veía en él, junto con la bestia  manchada de los montes, a sus dos más peligrosos oponentes.
Es que hay vacas así. Como las mujeres. Decía él.
Nada ni  nadie cambiaba la conducta atravesada y retorcida de la “Café Malo”. Soñaba que el tigre se le lanzaba descuidada. Soñaba que le enterraba las garras en el cuello. Soñaba que se lo giraba. Soñaba que le hacía bajar el testuz y que en la hinchada vena expuesta le hincaba sus dientes despedazándole entre sus mandíbulas…Y, alarmada, despertaba sobresaltada.

Un día, llegaron a la finca tres señores en sus mulas arrieras. También olían sangre y, de los cuernos, atada con cáñamos y cabuyas, sin su ternero, se llevaron a la “Café Malo”.  
…Y hubo también quien me dijera, porque lo vio todo, que la noche de ese día, la “Café Malo”, llevada al matadero del pueblo, sintió en su carne la fuerza de tres tigres inusitados y más salvajes que el mismo tigre que tanto la asechaba en el monte. No tenían garras, pero tenían largos y filosos cuchillos…Y me dijo mi informante, que no fue otro que mi propio padre, presente allí porque compraba carne para todos los de la casa, que la res, sin descanso, luchó. Dio giros. Dio patadas y corcoveos…hasta que, maniatada y empujada, tendida en el piso, le dieron la estocada. Y un chorro de su sangre cubrió la cara de sus enemigos los tres tigres de cuchillo…Y que en un último y fallido intentó quiso pararse; pero fue en vano. Con que destreza los tres hombres tigres, manejaban sus cuchillos.
…Y así acabaron con su vida.

No se escuchó nunca más, ni en la aurora ni en el crepúsculo, el llamado de mi abuelo   reclamando en el corral la presencia de la “Café Malo” …Y para qué si ella nunca respondía a su llamado ancestral ni a su canto de vaquero.
Nunca abandono la “Café Malo” su mala crianza de todo tiempo. Nunca dejó de ser indómita y salvaje como sus antepasados.
Unos tres días después, de nuevo yo en la finca, haciéndole creer a mi abuelo que no sabía lo acontecido, y solo para que la recordara, esto le pregunté:
- ¿Abuelo, y la “Café Malo?
-La vendí- me dijo-. Nunca fue mansa como no lo son algunas mujeres.
…Y entonces sentenció:
-Mijo, escúchame bien y apréndete esto:  vaca que no baja al corral, que niega la leche y se queda en la loma, mugiendo llama al tigre hambriento pa’ que se la coma”.
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