|
Relatos de “el Mono de Átala”
-Para qué escribir lo que no se ha visto-
El día que supe a qué olía y sabía el cine de Barranquilla
| | Cuentos y relatos globales. 06.09.20 | | Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Lejanas vacaciones de diciembre., soplaban los agradables vientos alisios del año 1969. Los mismos a las que el famoso Tony Zúñiga, en su disco: “Brisas de diciembre”, así cantaba: “Diciembre llegoooo con su ventolera mujeres/ Y la brisa estaaaa que llena el mundo de placeres/Diciembre llegó, llegó con su ventolera mujeres/ Y la brisa estaaaa que llena el mundo de placeres…/ Tenía yo 16 años. Pasaba unos días en Barranquilla en casa de mis queridos tíos Julia y José Martín, residentes en el barrio Las Delicias, a una calle de por medio del teatro del mismo nombre ( Teatro Delicias). Hora, 6:00 P.M., Anunciaban en cartelera el estreno de la Película “Tengo el corazón contento”, con el reparto estelar de Angélica María, el ya mencionado Palito Ortega, Armando Manzanero (quien cantaría las canciones “Adoro” y “Somos novios”), y Raúl Rossi en el papel de antagonista y quien el desarrollo de la trama, sería el que le tiraría los perros a Angélica María, novia de Palito… me entienden…. Era el boom de la nueva ola, término con el que se denominaba —principalmente en los países latinoamericanos— a los grupo de músicos e intérpretes que como Sandro, de América, Raphael, de España, Enrique Guzmán, Roció Ducal, Marisol y José José, entre otros, influenciaban en la juventud convertidos el patrón cultural de los jóvenes de ese tiempo. | Afuera, la muchachada era numerosa. Estaba de moda en las chicas la minifalda, de yines y camisas a cuadros, los chicos…La película había sido anunciada con bombos y platillos por Marcos Pérez toda la semana en su “Noticiero Informando”. La brújula de la juventud me llevó allí. Tenía en los bolsillos unos cuantos pesos que me había dejado mi madre más otros que, antes de venir del pueblo, sumé con la venta de unas libras de tamarindo a Rebeca Molinares, la mamá de Juan, comerciante de la apetecida fruta. Con ella mantuve, para entonces, “un tratado de libre comercio” de huevos robados y de otras especies ( trapillo negro, limones y yuca de “La Playa”, la finca de mis abuelos), que igual me compraba. El teatro, en sus afueras, tenía mil bombillas encendidas. Llegué, y de una “me pegó” el penetrante y agradable olor a críspelas que un señor calentaba en un anafre callejero. Se me parecieron a los granos de millo tostado con que se hacen las alegrías. Pregunté qué era eso. Nunca antes las había visto. Y alguien me dijo; “Son palomitas de maíz. El señor que las cocinaba las empacaba en bolsas de papel. Aquello se vendía y se compraba y se comía por la multitud como pan caliente, claro, no eran pan… eran críspelas…Clásicas para entrar a vespertina… En mi pueblo, y de pelao, por el contrario, el cine del Teatro Montecristo , cuando lo había, me olía y me sabía a las fritos que afuera, en una mesa, alumbrada con una lámpara apagosa de gas kerosene, vendía “Inés la de Valencia”, y, adentro, a los chocolates y los “Pielroja” y “Lucky” que, una emparapetada chaza de madera, colgada al cuello, expendía Pedrito Alba, el de Diego. En las afueras del “Teatro Delicias”, “había esa tarde toda una industria”: Mesas de fritos con arepas, empanadas, “carimañolas”, chicha, ventas en chazas ofreciendo chicles , gomas, frunas, maní “masmelos ( en mi pueblo les decían “borradores”),”“chispas”, “supercocos”, bombones, chitos, cigarrillos, fósforos, bolsas con platanitos y papitas fritas y reventa de boletas porque la película era buena. Todo aquello mezclado con voces y risas y encuentros de novios y de amigos y amigas de los primeros besos, participes por igual de la aventura de un escape o de un permiso familiar limitado hasta las ocho de la noche, en tiempos en que aquella diversión juvenil no tenía más oferta. Adentro, el Delicias, en su antesala, lugar de la cafetería, olía y sabía a Coca Cola, a “Kol-cana”, a “Cola Postobón”, a cono de vainilla, a tinto, a “gaseosas Lux”, a paletas, y a los aromáticos “Mapleton” y “Camel” de menta y canela que alguien, a escondidas, se fumaba por ahí… Optimista y radical, ingresé haciendo fila, tomé mi asiento. Había allí algo así como mil sillas de hierro. Sonaba en los altoparlantes la canción de Palito Ortega motivo de la película. Bulla y gritos y voces y risas, eran la otra verdad en víspera de la apertura…
La sala era ancha, grande. De pronto, el chorro de luz del proyector enfocó la blanca pantalla. Tenía como cinco metros y medio de ancho por cuatro o cinco de alto. Hubo aplausos y golpeteos metálicos en las sillas. Entre claro y oscuro, nos presentaron unos cortos de las próximas películas . Tenían acerbo de pistoleros. Aparecieron los créditos y los nombres de los actores y las primeras imágenes fijas. El lleno fue total. En la taquilla se agotaron los boletos y en el teatro la propuesta no era distinta a la diversión. Esa tarde noche, descubrí que el cine de vespertina en Barranquilla, sabía y olía y se veía así sin necesidad de prueba científica sino husmeando lo que la nariz husmea; permitiéndonos aromas que parecieran salir de la pantalla pero no, éstas salían del vecino de silla, de las bocas con sabor a chicle y de quienes masticaban el invento de las palomitas de maíz… Si la pólvora de salón huele a fiesta de pueblo, a Navidad y Año Nuevo, el cine de vespertina de esa vez, me abrazaba en el olor del cono de vainilla, en la notoriedad del de la gaseosa recién destapada, del pan fresco con mortadela y el del maní suave en el milagro yo no sé si bíblico de multiplicar y multiplicar la esencia y el sabor de las chocolatinas, de las chispas y de las frunas en una especie de largometraje de miel en los labios para bocas amorosas y afectivas que, entre parejas, de novios, en el oscuro se besaban… manjar olfativos del ayer y de un tiempo…en tanto, cercana a mi asiento, la mezcla del humo aromatizado que emitían el “Lucky”, el “Mapleton”, el “Camel” y el “Parliamet”, me informaba que uno no sabe si al cine entra gente a ver la película o a fumar… El cine de vespertina tuvo desde ese tiempo para mí, algo extrasensorial al arribo de las seis de la tarde. Porque desde aquel lejano momento llevo conmigo impregnado en mi olfato, el catálogo de esos agradables olores por los $ 2.50…que me costó la boleta…El cine lo cambiará todo con los adelantos de la actual tecnología, pero no cambiará su entorno olfativo abarcando aromas casi inexplicables que incluyen el olor a plástico quemado de la cinta cuando el proyecto pierde control y la pulveriza… Luego, y no en mi contexto de pueblo -pueblo, sería el olor a marihuana recién cortada y ardiendo el que invadiría las salas de cine en Barranquilla…eso era otra cosa…Yo, mientras tanto, en aquellos 16 de mi vida, me quedé en el “perfume “ y la “esencia” del cono de vainilla y en el aroma infinito de las crispetas…
NOTA: Ambiéntese la lectura del relato escuchando la canción de aquella película pulsando este enlace: https://youtu.be/Z_vgVPJl9sQ?t=4 |
|
| | <-Volver |
|
|