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De ciertos protagonistas de la vida EL INQUILINO, ese visible e invisible personaje… | | Cuentos y relatos globales. 05.07.20 | | Siempre será un nuevo vecino, un inesperado… alguien imprevisto, una contrariedad, un desconcierto… alguien que invariablemente se va…Escribe Walter E. Pimienta Jiménez. Vive en estado de interinidad. El inquilino, ahora está por siempre y dispuesto a quedarse para siempre…, pero ahora también, por siempre, es su partida y su llegada a otro lugar, a otra parte…Pareciera que sólo viviera minutos… El inquilino tiene una particular manera de mirar el horizonte, parece le perteneciera avizorando nuevos sitios y otras estadías; su alma está sujeta a un hilo de andar gitano…El inquilino es una metáfora de polvorientos caminos usados, de sendas por las que se van y se regresan los últimos caminantes de andar eterno, inmodificables en la voluntad de ser libres de sí mismos. El inquilino no carga con su casa porque nunca la ha tenido, carece de ella, es transitorio en la de otros advirtiéndose su presencia, visible e invisible, cuando otros dicen de él…”Ya vino” o, “Ya se fue”…, dejando a su paso la destilación del perfume de su ropa bañada con agua de buen olor; pero, antes, en el caso de irse, encierra en su cuarto bajo llave, su invulnerable soledad que le espera… | Si el inquilino, de pronto, se enamorara de una mujer en la calle donde de paso vive, también sería un enamorado transitorio, sería esquivo… y, de súbito, en esa misma calle, sin intimidad, daría a esa mujer un beso a medias porque vive al límite de los sentimientos del ahora estar aquí y, mañana, mañana donde su realidad de inquilino le lleve…
El inquilino es un hombre más de ausencias que de presencias y advierte, en los desvelos de cama y en la tranquilidad que produce la noche callada, el valor de paso que tienen las cosas…
Vive un destino de incertidumbres el inquilino y si cultiva una huerta, con su hoy aquí y mañana no se sabe dónde, la deja a otro para que recoja la cosecha.
El inquilino se sabe de memoria los colores de las paredes de los cuartos que, de paso, le han encerrado. Son colores que le hablaban de la dureza de la vida, paredes escarchadas y húmedas que le hieren sin sol ni luna naciente…Paredes en las que cuelga sus cuadros de siempre y que se lleva en cada mudanza como reliquias sagradas.
El inquilino tiene pocos amigos, yo diría mejor que no los tiene. Las paredes de su cuarto le conversan pero él no porque constantemente le hablan de lo mismo: de que nunca se es suficientemente joven para el amor, pero sí se lo es viejo para las ilusiones del desencanto…Él es dueño de lo momentáneo, de lo apenas temporal y tiene rápida memoria de olvido…”No me acuerdo donde te he visto” . “Me pareces conocida”; es lo que alcanza a decir, pero así también posible que como compleja terapéutica de encierro, sepa cuántas tejas tiene el techo de su última cuarto de confinamiento…
En el vecindario, al tendero de la esquina, el inquilino le compra cigarrillos sin más revelación de fondo con éste; pero, quizás sin pensarlo, un día, como un acto que pereciera premeditado (quién sabe), ese mismo día él se va a cambiar de domicilio y, en consecuencia, se le hace frustrada al tendero la ilusión de un cobro y al inquilino se le vuelve una utopía y un espejismo su ilusión pago…
El inquilino, ese visible e invisible personaje, posee una pequeña libreta de bolsillo llena de viejas nomenclaturas; hoy se va de donde vive y la anota y mañana anotará otra y tendrá su ventana diferente paisaje muy distinto al de su última calle…y será nueva la voz del vendedor que pasa y que, afuera, pregona naranjas y mandarinas baratas…
Al inquilino, ese visible e invisible personaje, nunca le duele irse; sólo le preocupa no existan caminos para perderse con su vieja maleta de recorridos…él es un eterno volver a empezar. El inquilino es eso: alguien así, alguien que, yéndose, siempre esta…o que estando sabe que debe irse…
La nostalgia no está hecha para el inquilino. Él conoce “volveres”. Conoce marchas. Sabe lo que es dejar atrás y sabe que la última pieza en que viviera era más estrecha que la que acaba de alquilar. Y así, igual, sabrá que la mesa de su mudanza, donde escribe y coloca sus libros de páginas dobladas en las esquinas superiores de la derecha para indicativo de continuidad y retoma de sus lecturas, queda mejor en este rincón que en el otro…Sabrá por demás que, de emergencia, le tocará comprar clavos y prestar un martillo y así, golpeando paredes, colgar de nuevo sus cuadros. Todo en él es ahora asunto de una nueva costumbre momentánea: una nueva llave, un nuevo candado, un nuevo cerrojo, otros sonidos y el goteo infaltable del grifo del baño que no cierra bien…Él conoce el taconeo de la señora de la casa que le arrendó la pieza y, en la oscuridad, sin tropiezos, reconoce en su desplazamiento la ubicación de su cama, la de su ropero y el sitio frío de su maleta conmovida de trasteos…Uno no sabe dónde se cogerá la muerte al inquilino y lo más seguro es que, dado su andar de gitano, sobreviva a un cataclismo… El inquilino sabe que no le puede reclamar al vecino porque los ladridos de su perro no le dejen dormir…Y terminará acostumbrándose a ello hasta el día que otro desvelado se lo envenene…Y para entonces ya él se habrá ido de emergencia, luego de haber visto en los clasificados de la prensa los “se arrienda” más económicos de la insuficiencia…y, otra vez a desarmar la cama, a descolgar los cuadros, a desclavar los clavos, a liar la ropa y a cargar con su mesa y sus libros y la maleta porque vivir, vivir nunca le ha sido fácil…y dirá un adiós convertido en un “muchas gracias” porque el señor del acarreo le cobra por horas… Y, lo dicho: a comenzar de nuevo en la inseguridad de ninguna permanencia…
El inquilino, ese visible e invisible personaje, es un ser sin retorno que sólo deja al arrendatario un buen o mal recuerdo y que, apenas, por sus apuros, se lleva de cada casa y de cada calle donde viviera, un pedacito…
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