Me he sentido como antaño me ocurrió en los Juzgados de Muelle Heredia, ilusionado, frente a las enormes posibilidades de todo tipo, que el edificio y sus adelantos técnicos ofrecen, pantallas de plasma que indican la Sala en la que un concreto juicio se está desarrollando, ignoro si indicarán con la palabra delayed o canceled, si los mismos van con retraso o son suspendidos, un sinfín de letreros informativos para que nadie tenga que preguntar dónde se encuentra uno u otro juzgado, amplios ascensores y escaleras mecánicas (sí, como en El Corte Inglés), todo con aire acondicionado (da gusto pasear por allí, sólo falta una que otra tienda o un kiosco o unos bancos para sentarse). Todo huele a nuevo, y todo invita a soñar, hasta la actitud de los vigilantes de seguridad es diferente, más afables, más corteses, sin duda era necesario para la ciudad, pero sobre todo para todos los ciudadanos, ahora sólo falta que se llene de gente, de funcionarios, de jueces, secretarios, oficiales, agentes, procuradores, letrados, denunciantes, denunciados, peritos, testigos, absueltos y condenados, y sólo falta que cada uno en particular y todos en general seamos generosos y soñemos con la idea de que podemos lograr que la justicia que se imparta sea más rápida y más justa.
Al salir a la calle, no he podido sino recordar al que fuera, al que es aún, mi profesor de derecho penal LUIS PORTERO, que da nombre a la calle del acceso principal de la Ciudad de la Justicia, y no he podido sino lanzar al aire una pregunta: ¿evitará el enorme despliegue de medios económicos, técnicos y humanos que la apertura de la Ciudad de la Justicia supone, el que padezcamos acciones tan injustas como el vil asesinato de mi profesor Luis Portero?
En mi interior, por el bien de todos, quiero pensar que sí. |