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Sparthalon
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Club Alpino Jarapalos. 08.10.07 

Aunque no estaba pensando en hacer el Spartathlon hasta Septiembre de 2008, la oportunidad se me presentó y así me encontraba en la línea de salida el 27 de Septiembre de 2007 al pie de la Acrópolis en el centro de Atenas. He pasado las últimas 24 horas en el Hotel London, junto con una multitud de corredores de todo el mundo. Algunos eran campeones de sus respectivas países, pero también había muchos otros humildes mortales como yo, que sólo pensaban en si eran realmente capaces de acabar esta mítica prueba; el Spartathlon.

Siempre he estado consciente de que esa carrera era difícil, pero aquí, en el lugar de la batalla todo el mundo estaba diciendo que era la carrera más brutal del mundo. No solo era larga con sus 246 kilómetros desde Atenas hasta Sparta -se suele correr en temperaturas de 35 a 40 ºC-; es que encima de eso la organización impone controles de tiempo súper exigentes, obligando los corredores a correr, y correr de verdad. La carrera está diseñado a propósito para reflejar la hazaña de Fillípides hace 2500 años, que corrió a solicitar ayuda de los espartanos cuando los atenienses eran atacados por la invasión persa. Según Herodotos, Fillípides salió con la primer luz del día y llegó a Esparta al día siguiente con la puesto de sol. El Spartathlon moderno preserva la historia y la filosofía espartana y sólo los más preparados, sólo los más duros y los que no muestran ninguna debilidad llegan a Esparta.

Entonces, ¿qué hacía yo aquí? Pues fácil, quise ver con mis propios ojos y sentir con mis propios sentidos si todo eso era verdad. Estaba aquí en busca de mi propio límite y quise ponerme a prueba y luchar en el Espartatlón. Siempre he buscado mi límite y en el mundo de ultrafondo lo suelo encontrar; me resulta altamente interesante correr contra la pared, contra toda probabilidad, rozar la línea que separa la bravura de la locura y vencer, vencerme a mí mismo y conocerme mejor.

En la línea de salida el ambiente era como en todas las carreras de ultrafondo que he conocido. Una mezcla de nervios y buen rollo entre la gente. Me encontraba hablando con todo el mundo pero sobre todo unos argentinos y un mejicano. Hasta ese momento no había hablado nada de español y me apetecía un cambio. La carrera empezó y Vicente, un auténtico campeón de su país me dijo que me pegase a él si quería terminar. Este era el tercer intento de Vicente de acabar y me pareció una buena idea seguir su ritmo. Es más, ¡me cayó de puta madre! Corrimos juntos durante unos 25 Km., pasando la hora punto en el centro de Atenas. La Policía estaba controlando el tráfico para nosotros, pero alrededor de la carrera era un caos total y los conductores se estaban enfadándose porque llegaban tarde al trabajo. Sin embargo, durante un punto de avituallamiento algo conmocionado perdí a Vicente y sólo lo vi en Esparta dos días después.

Seguí solo, hablando con la gente con quien me iba cruzando. Steve, un inglés, los corredores brasileños, un italiano que era muy simpático, los argentinos. La gente empezaba a desplegarse y yo empezaba a correr cada vez más solo. Empezamos a dejar atrás la zona industrial y nos fuimos adentrando en una zona costera, rodeada por acantilados. El sol comenzaba a pegar fuerte y las temperaturas alcanzaban los 35 ºC; algo así como un día de terral en Málaga. Empecé a correr y compartir conversación con Carlos, un corredor argentino, “un vago auténtico de su pueblo” y un tío también de pm. Al pasar un control el equipo de apoyo argentino me preguntaba como estaba, “de puta padre”, respondí. A partir de entonces, cuando me veían empezaban a cantar “de puta madre”. Era genial y me sentí muy bien con sus ánimos.

A medida que se iba desarrollando el día comencé a deshidratarme. El sol pegaba muy fuerte y era consciente de que perdía más líquido del que estaba reponiendo en los puntos de avituallamiento. Tampoco pude comer, la sequedad de mi boca me hacía imposible meter comida y empecé a agotar mis reservas. Aún así llegué al primer punto de control grande en Corinto a Km. 81 con media hora de margen antes de su cierre. Aunque no era conciente de ello en aquel momento, aproximadamente la mitad de los corredores iban a quedarse aquí. Algunos ya totalmente exhaustos, pero la mayoría simplemente incapaz de mantener el brutal ritmo de carrera exigido por la organización con aquellas temperaturas (35 – 40 ºC).

Continué la carrera y por la primera vez en todo el día estaba en una zona de campo por una carretera sin coches. Era hermosa y contemplaba los campos a mi alrededor con un sinfín de higueras y plantaciones de uvas. Seguí otros 20 km. y crucé los 100 km., pero mi cuerpo empezaba a fallar. Todavía hacía mucho calor y seguía perdiendo mucho líquido. Empecé a marearme y tener dificultad en mantener el equilibrio. Tenía todavía 20 minutos de margen y decidí usarlos en un intento de recuperar algo y me puso a caminar. Iba pasando los controles con cada vez menos margen pero empecé a sentirme mejor. Cuando solo tenía un minuto de margen empecé a correr otra vez y durante 15 minutos pensé que iba a conseguirlo. Craso error, de repente me mareé y casi me caigo al suelo. Me sostenía de pie de milagro y casi vomité, pero no había nada en mi estomago para echar. Ralenticé para combatir el mareo, pero era consciente de que no iba lo suficientemente rápido para lograr el siguiente punto de control.

Fijé mis ojos en los tobillos de un corredor que iba delante de mí y se equivocó. Nos perdimos en un cruce y cuando rectificamos el error quedamos 20 minutos fuera de tiempo en el siguiente control. Mi compañero se retiró, y un juez vino a preguntarme si quería retirarme yo; le respondí preguntándole si él me estaba quitando de medio; me dijo que no, y así continué la carrera, ya que teóricamente podría llegar al siguiente punto, aunque en realidad era muy, muy poco probable. Mi cuerpo estaba roto, no tenía energía y sabía que era inútil, pero no había venido aquí para rendirme. ¡Rendir para nada! He venido aquí para entregar lo mejor de mí mismo y todavía tenía algo que entregar. Los mareos eran muy fuertes y me resultaba difícil mantenerme de pie. Avanzaba muy lento, pero avanzaba.

En aproximadamente un kilómetro antes del siguiente control, el juez se acercó en su coche y me paró. “Lo siento”, me dijo, “te voy a retirar”. No me importaba: no era una derrota, sabía que había entregado lo mejor de mí mismo y que ya no había más. El Spartathlon me venció.

El día después, en Esparta me di cuenta que sólo unos 100 corredores de los casi 400 que empezaron habían terminado. La carrera era brutal y algunos incluso habían sido evacuados en ambulancias. La carnicería era total. Nunca he estado en una situación deportiva semejante, donde tantos atletas acaban en tan malas condiciones.

Quiero volver y luchar de nuevo; a lo mejor el año que viene, quizás el siguiente, pero quiero volver. Realmente no sé si soy capaz de acabar el Spartathlon, es tan duro, tan difícil y tan por encima de cualquier cosa que he hecho antes. A lo mejor lo acabo, a lo mejor no. Voy a seguir intentándolo. No es el destino en la vida lo que es importante, es el viaje.

Por

Mark Steven Woolley

Club Alpino Jarapalos

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