La tarde del viernes era el primer día, tras las vacaciones, de las catequesis de perseverancia a las que mi hija asiste desde que hiciera la comunión. He tenido la oportunidad de aparcar en la calle de la Casa Hermandad de los moraos, pero no, me negaba a aparcar tan lejos y tener que subir la escalerilla. He tenido la oportunidad de aparcar en la zona del Centro de Salud, pero no, la Calle Málaga es muy larga. Yo como la mayoría quería dejar a la niña en la misma puerta de los salones parroquiales y prometo que iba con buena hora teniendo en cuenta que entraba a las 17.00 h y eran las 16.50 h. ¡Dios mío! Si llego a saber la que me esperaba…
Delante llevaba un camión-grúa que me hizo preguntarme ¿qué hará este pedazo camión en esta callecilla? Despacito y con buena letra el camionero iba avanzando por la calle hasta que llegó a la curvita de subida a la Calle Málaga (justo pasado el Cuartel de la Guardia Civil) y ahí empezó el “follón”; ¿recuerdan esa señal que prohíbe aparcar a cualquier vehículo, por aquello de que la cosa está estrecha? Pues allí estaba estacionado un flamante coche, como diciendo, aquí estoy yo porque he venido y mi dueño a las señales ni caso. Son ya las 17.00 h de la tarde y el camión por ahí no entra. ¿Se imaginan?
-Niña vete para la iglesia que esto va para largo y la niña que te dice que no, que ella no se va sola. -¿Pitar? ¿Para qué? ¿Para atacarme más los nervios?
Van llegando coches que se unen a la caravana y la solución sin llegar. Los vecinos que se asoman y curiosean hasta que una muchacha reconoce el coche y se dirige a la casa del dueño del dichosito coche. ¡Por fin! Eso creía yo… ¿recuerdan que justo al subir la cuestecita de la curvita se encuentran los contenedores de basuras? Pues sí ¡SORPRESA! No tengo ni idea ni cuando ni porqué ni cómo, aparece el camión de la basura a las 17.15 h de la tarde para vaciar los contenedores. Desconozco lo que sintieron el resto de los conductores que podían ver el espectáculo pero créanme a mí me dio por reír, que para llorar ya hay tiempo. Por cierto al final ninguno cumplió el fin que llevaba, la niña llegó tarde y yo tenía un pellizco en el estómago, el de la grúa se había equivocado de calle y el camión de la basura sólo vació la mitad de los contenedores. Paradoja: Hay que andar que es bueno
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