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Crónicas  del  otro  “Macondo” -Historias para ganarle  al olvido-
Marceliano y 'El campesino'

Cuentos y relatos globales. 01.03.20 
Los  voceadores de  prensa son  el  último  eslabón de la  primera noticia
Escribe Walter E. Pimienta Jiménez.- Montado en una bicicleta “Monark” de turismo,  de las 12 que de Medellín trajeron al  pueblo el  padre  Miguel  Ángel  Alzate y  el padre Marcos Lopera entre los  años 1969 a 1970, a  fin de alquilarlas a  los  jóvenes como  negocio  y,  de  paso,  impulsar entre  nosotros el  uso de estos  vehículos, Marcelino,  el  de “la Niña Ramona”,  a los abonados  del  semanario,  casa  por  casa,  llevaba “El  Campesino”,  así  como  también el  correo que  con  unas gracias sonrientes le  encargaba Teresa  Picón, la  telegrafista.
Cuenta él que,  en  cumplimiento de  su “hipérbole  generosa”,  sin  una moneda por  pago, y  sólo por  el deseo de  montar  gratis en  la cicla, recorría las  calles y  callejones de  la  población siendo el  portador de las noticias del  agro seguido por  algunos  perros que,  ladrándole,  avisaban en sus  casas la  llegada de “El Campesino” o de alguna carta inesperada. Tendría entonces no más de 20  años.
Con su atado de  periódicos detrás del  sillín de la  “Monark” que  Marceliano los domingos pedaleaba, “El  Campesino”, venido  de lejanas tierras o,  mejor,  procedente del  municipio de   Sutatenza, Boyacá-Colombia,  donde  lo  imprimía Acción Cultural  Popular,  y  que  con la magia del  papel y  de  la  tinta “traía  de  todo”, el  periódico  en mención  era  como  algo así  que “hablaba”, sí,  que “hablaba” –porque los periódicos,  en  particular este,  a su  manera,  para  la  gente del campo, “hablaba” de  cómo sembrar  el  maíz en primera y  en  postrera;  de  cómo curar la mastitis en    la  ubre  de  una vaca  recién parida;  de cómo cavar  un pozo  artesiano de  12  metros  de  profundidad; de  los cuidados a  las gallinas cuando  están próximas a sacar  sus  crías;  de  cómo  tratar “sin  tormentos ni  dolorosas picaduras” con  las  abejas mieleras;  de las  novedades en  la  siembra de algunas  legumbres;  sobre las técnicas para  hacer amarres con  la  cabuya siguiendo paso a paso las  gráficas que  ilustraban la nota, y para las amas  de  casa, los  indicativos para confeccionar una  camisa o  un pantalón,  trayendo  el semanario en su  inserto un patrón de  costura,  y sin que en  este faltara, por demás,  el  pedagógico indicativo de  notas gráficas para aprender a tocar,  junto  con  su  letra,  en  un tiple,  un  pasillo o  un  bambuco  colombiano.

Marceliano  tocaba la  puerta de  mi  casa los domingos con  tres  golpes característicos. Mi  papá ya  los conocía y  decía: “Ya llegó Marceliano. Ábranle, que entre y  se  tome un tinto y  que me  deje “El Campesino”.

La  voz  de “Limber”,  mi  pero, lo saludaba. Ya lo  conocía….Y recuerdo que Marceliano,  para aquella  “faena”  vestía de  franela blanca,  pantalón caqui, abarcas tres puntá y  una  gorra azul de pelotero con el nombre de los “Dodger” (el  equipo  de  beisbol americano), que  le había mandado de Nueva  York su  prima  Yuli.

Cerca  de 40  periódicos,  pedaleando  parsimonioso y  sin  afanes, para  no  caerse, Marceliano,  para entonces, cada  domingo en  horas  de  la  mañana,  conocido el  domicilio y  el  destinatario de  los  inscritos,  el  semanario,  en una   hora,  repartía. Saludaba a estos como se lo enseñaron sus  padres siguiendo las  normas de correcto comportamiento social que,  de  niño,   le habían le  ido y  que aprendiera en  un  manual de  urbanidad heredado  de su  abuelo  “Marce”…Y, así  también,  con  don de gente, luego de  haber recibido de  parte de aquellos las  gracias, innato y  formal, decía: “A la  orden”  con voz de deferencia y, de  nuevo, siguiendo el  mapa  mental de su  ruta,  era,  del paisaje urbano y  del  imaginario costero,  una  figura del  domingo en  aquel  bucólico pueblo  lleno  de  paz que  parecía una invención.

Marceliano montaba una “Monark” negra y  dorada,  dotada de  una parrilla para en  esta  atar los periódicos; tenía  la misma un bombillo y,  junto a los manubrios, un timbre que  hacía sonar afirmando su  presencia con  un  “rinnnng…rinnnng..ringggg”…y,  enseguida, a media  voz,  bajando la  cabeza y arreglándose  la  gorra, ante  las puertas  cerradas o  abiertas, decía: ¡El Campesino!

Las  calles del  pueblo conocían  la  bicicleta en  la  cual  Marceliano llevaba “El  Campesino” dejando a su paso una  bulla de perros desafiantes haciendo del oficio una  ruidosa poesía… Y el  mundo mecánico de la  “Monark” que  para ello  usaba,  tenía el  impulso bueno  de  su alma  buena y,  en  la  distancia de  los  tiempos, lo  recuerdo como una sonora  y agradable costumbre de domingos cuando el  pueblo aún olía a lluvia caída en  la  madrugada y  de sus cerros cercanos venía el  vivo aroma del monte mojado…

El  padre Alzate no  se  daba el  trabajo de  ir a  buscar a Marceliano para  que le repartiera “El  Campesino”, él se  lo  había  tomado como un  servicio y, a  la  casa cural se  presentaba y  en la existencia de  todos los domingos,  luego de  oír  la  misa y  de  hablar  con  Dios, con  el  viento a  su  favor,  envuelto en  la  brisa de  la mañana, en la “Monark” partía llevando en  las  dos ruedas  de esta el zumbido de  un pájaro metálico cargado de periódicos escritos con palabras aún frescas y  que en  alguna de sus coloridas  paginas traían  el  goce glorioso de  Benitín  y  Eneas detenidos en su  tira cómica de  cada semana para el desfiladero de  mi  imaginación.

Se  entendía  bien Marceliano con  su bicicleta que era  suya mientras repartía “El  Campesino”, manejándola a su  antojo y  llevándola siempre a donde quería… Los  niños  se  le acercaban con  cara de   “me  gusta” y  le  hacían sonar el  timbre. Les deleitaba. Les  era como evocar un  juguete navideño porque para  los niños de ese  tiempo la  felicidad era cualquier  cosa…

A Marceliano y “El Campesino”,  lo  esperaban sus abonados sintiéndolo en el rumor  lejano de  los perros a su paso y  en el  olor a tinta fresca que, a chorros, salía de  los periódicos abriendo un  camino de  palabras hechas con letras;  mientras  él,  con  un  guiño  de  ojo, piquetero y  con  su  gorra de  pelotero, piropeaba a  las muchachas ataviadas de  domingo.

“El  Campesino” que Marceliano llevaba los domingos en  bicicleta a  las casas  del  pueblo,  no  era un periódico más y en este, los  viejos,  leyéndolo sosegadamente, buscaban la forma de  aprender a sembrar estrellas igual que semillas…”El Campesino” que Marceliano llevaba los domingos en bicicleta a las casas del  pueblo, no era un  periódico de  tragedias ni  de  guerras: era una bandera  de  paz que se agitaba en medio de la tranquila y múltiple vida de mi  aldea.

“!Qué sencillo placer era  leer el consejero semanario que en  las  fotos de  las  vacas olía a  leche fresca¡ En  tanto yo esperaba el arribo  de  Marceliano para,  con  una  hoja de “El  Campesino” vuelta pesada cometa,  hacer  volar en agosto mi alegría de  papel…
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