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Crónicas del otro Macondo” -Historias para ganarle al olvido-
Un justo y merecido reconocimiento en vida…
EL PROFESOR ALVAREZ | | Cuentos y relatos globales. 09.02.20 | | * Estoy en deuda con mi padre por vivir, pero con mi maestro por vivir bien (Alejandro Magno)Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- El profesor Álvarez dejó su sitio desocupado entre nosotros hasta hoy para irse a trabajar a Barranquilla donde, con los suyos, reside. Y con su traslado dejó también, en mi pueblo viejo, un espacio deshabitado que, por respeto y deferencia a su rememorado nombre, no se le dio a otro…y que allí permanece en su ausencia como en la cabecera de la mesa familiar se deja la silla vacía del padre que se espera y que aún no llega para la hora de cenar… Tuve el m privilegio de ser su alumno ( a lo mejor me corrige porque no escribí su estudiante)…, quizá el único que en cuarto año de bachillerato le frustraba el placer de no saberme la poesía “Los camellos” de Guillermo Valencia diciendo… “Dos lánguidos camellos, de elásticas cervices, de verdes ojos claros y piel sedosa y rubia”…, estrofa de la que no pasaba porque yo pa’ esa vaina no salí muy bueno…Al tiempo que, en su clase, dubitativo transitaba en las formas impersonales, “poco seductoras” y correctas del verbo haber con sus: Hay, ha habido, hubo, había, habrá, habrá habido, habían, han habido… que todavía no manejo muy bien… y que dejé postergadas en mi libro de español de Luis M. Sánchez quien si se las sabía todas…entretanto él, trataba de enderezarme correctamente mis entendederas gramaticales por encima de mi lenguaje de esquina encimándome la tarea de aprenderme de Bécquer “las golondrinas” y de quienes el famoso poeta, cual pájaros perdidos, dijo: “Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, y otra vez con el ala a sus cristales jugando llamarán”…Pero de allí tampoco continuaba en la tristeza de que mis pobres “pajarracos”, por mi olvido, ni iban ni volvían de parte alguna… | Paso pos la casa donde con su familia viviera el profesor Álvarez en el pueblo que se nos fue, y me parece verlo ahí a través de la ventana donde, por las tardes, pensando lejos, fumándose un cigarrillo y tomándose un tinto, en el silencio de su silencio, a lo mejor estaba armando mentalmente su viaje de traslado con ganas de hacerse disperso por el mundo, porque, de cierta manera, profesor, usted dejó en sus alumnos las mejores maneras de su aprendizaje…y, de usted también nosotros, o más bien yo, el gusto por las letras a pesar de mi olvido a la hora de recitarle “La perrilla” de José Manuel Marroquín…y de la cual, quejoso y con voz antigua, nos decía: “Es flaca sobre manera toda humana previsión…pues en más de una ocasión, sale lo que no se espera”…
Profesor Álvarez, usted fue, en tal tiempo, siempre más que eso… que el profe de español…y en cambio sí, la mejor hora de clase, mi predilecta, observando la vida desde un rincón de mi salón en el Juan V. Padilla, aprendiendo a admirar que en las poesías, las frutas tenían colores y olores y sabores…y que las abejas en la poesía de “su familiar Enrique Álvarez”, consentidas del vergel y el viento no picaban y eran mansas porque venían cargadas de miel de las hierbas y porque crecían en las rosas y no en las espinas…
Nos quedamos sus estudiantes, profesor, con su voz chispeante y espontánea en los rincones del viejo colegio que nos pertenece en la misma medida en que a usted ayudó a levantarlo enseñándonos valores y respeto…Su diaria lección, recuerdo, era tomarnos la vida en serio, igual que el estudio para triunfar sobre la muerte de la ignorancia... Hace falta aún en el colegio el profesor Álvarez con su corbata juvenil de cuadros y de los días de sol… Hace falta su manera de torcerle el pescuezo a los verbos en infinitivo y su mirada de padre celoso cuando, con ojos de destrucción, me veía perdiendo el tiempo por su casa esquineando…Y hacen falta los ratos de su guitarra para, conmigo y, como lo hacíamos con Pedro Miranda, convocar a Piero cantando: Vengo, desde el barrio chico, Desde mi cuadra de casas alargadas Yo vengo. Vengo de mi calle angosta, Yo no sé dónde anduviera María, Yo vengo... yo vengo…
…Y también nos hace falta el aviso de su zapateo y su carraspeo en la puerta del salón antes de entrar a clase sin recortarle un minuto al reloj porque, honrado con sí mismo, siempre, siempre, para enseñarnos el valor infinito de las palabras, le faltaba tiempo…
Reciba de mí, profesor, ahora retirado hace algún tiempo de su cátedra, mi justo y merecido reconocimiento –no sé si tardío- con palabras que antes no me hubiera atrevido a escribir por ser palabras de sus palabras; palabras que me aprendí en ese su lenguaje cifrado para explicarnos qué quiso expresarnos Rivera en su libro “Tierra de promisión” y en su poema “Atropellados”, cuando esta metáfora indeleble al pensamiento, dijera: “… resoplan, roncos, ante el sol violento, y alzando en grupo las cabezas locas oyen llegar el retrasado viento”.
Gracias, gracias profe mientras sus alumnos del ayer, de este lado de la vida, acabado el recreo, seguimos esperándolo a usted… |
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