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Tu diario. Libertad de expresion

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Creo que te equivocas, Juan Carlos

Paco Acosta. 12.09.07 

Creo que te has equivocado, Juan Carlos, en tu deseo de fletar un avión para permitir que salgan de España todos los que tú piensas que están dispuestos a recoger sus bártulos y marcharse de ella. Es verdad que cada vez hay más rojos/as que no se encuentran a gusto en nuestro querido país a juzgar por como hablan de él; es verdad que visto como aumenta la cantidad de posibles disidentes, la cuestión pudiera parecer preocupante: falsa alarma, Juan Carlos, nada de nada, de aquí no se va nadie; por el contrario, son muchos los que vienen desde lugares inimaginables buscando lo que muchos de nuestros descontentos dicen carecer. 

A España vienen –bienvenidos sean- aquellos que han perdido, entre otras cosas mucho más importantes, los cuatro cuartos que a fuerza de sacrificado trabajo creían tener seguros en los bancos; a España vienen -abrámosle la puerta-, aquellos que se juegan la vida, perdiéndola con frecuencia, y que más que la libertad buscan saciar un hambre desde siempre insatisfecha; vienen a España súbditos de países supuestamente “rojos” y supuestamente “libres” buscando una forma fácil de vivir por la que en sus países de origen serían perseguidos; otros que vienen a pasar espléndidas vacaciones en nuestra tierra buscando hacer lo que en muchos aspectos les está prohibido allá de donde vienen; viene mucha gente a nuestra denostada España, Juan Carlos, unos buscando libertad, otros bienestar, tranquilidad, trabajo y otras muchas cosas de las que suelen carecer y que aquí esperan encontrar y encuentran. Bienvenidos sean todos, que aquí no tenemos nada contra nadie, vengan de donde vengan.

Desgraciadamente, algunos, (ojo, que digo “algunos” y no todos), una vez conseguido su lugar al sol que les calienta, se sacuden las pulgas como perro apaleado (menos los pateros, que ni parásitos tienen para sacudirse), y te hacen alucinar oyéndoles los peores denuestos sobre la política, comportamiento e ideas de la gente del país que los acoge, al mismo tiempo que alucinas de nuevo, esta vez en colores, cuando te recitan las excelencias y virtudes de aquellos lugares de los que acaban de huir.

Por eso te digo, Juan Carlos, que de aquí no se va nadie. Los que no son de aquí, a los que nuestra patria les puede ser indiferente, no se van porque en esta bendita tierra han debido de acceder, (enhorabuena), al menos en parte, al bienestar y tranquilidad que todo ser humano tiene derecho, pero que en su tierra jamás encontraron. Y los algunos españoles a quienes tanto les pesa la patria, se van mucho menos porque las dos principales causas que siempre han provocado en el hombre la necesidad de emigrar o exiliarse, aun a costa de su propia vida son: cuando la falta de libertad lo reduce en su voluntad a la condición de animal doméstico, o cuando las necesidades y el hambre de él y los suyos lo empuja a la desesperación: Hoy en España no concurren ninguna de esas dos circunstancias y muchos de los que salen de aquí lo hacen para visitar otros países en calidad de turistas con la bolsa bien provista para, al volver, tratar de epatarnos con las hipotéticas excelencias que han tenido la oportunidad de comprobar en esos utópicos lugares donde, curiosamente, el indígena no tiene el derecho a expresarse libremente, de salir cuando le plazca de donde está prácticamente confinado y, a veces, ni a comer a su completa satisfacción como no sea atragantándose con los libros que tanta cultura les enseña.

Creo, Juan Carlos, que como tú, algunos debemos tener en la sangre, además de su color rojo natural, una pequeña mezcla de rojo político porque, de no ser así, no estaríamos a favor de cualquier tipo de libertad, y lo estamos; no seríamos demócratas convencidos, y lo somos; no nos indignarían las monstruosidades que se han cometido y se cometen por todas las siglas políticas del mundo, y nos indignamos, aunque sean muchos/as los que se crean únicos defensores de la justicia y la libertad, pretendiendo tener la sangre mas rabiosamente roja que nadie, sin otros aditivos colorantes que los de sus antiquísimos y contrastados genes.

Pero ocurre, amigo Juan Carlos, que de pronto ocupan la pantalla de nuestro ordenador esos algunos/as que se atribuye ese hermoso color como si los demás estuviéramos teñidos de un gris desvaído que no tuviera cabida en la gama de los colores humanos. Y cuando se autodefinen tan enfáticamente como “ROJOS”, con mayúsculas, te están lanzando a la cara, aun sin palabras, otra definición reservada a los que no piensan como ellos: la de “FASCISTAS”. Aparte de que esos términos ya es tiempo de olvidarlos por dolorosos y arcaicos, todos los que hoy peinamos canas o incluso no peinamos nada porque no nos quedan pelos, -aunque eso no quiera decir que tengamos ni uno de tonto-, hemos conocido y conocemos a muchos/as que, cambiándose la piel como los reptiles, hoy están tintados del color que más les conviene a su nueva condición de “socialistas y demócratas”, y que en nombre de lo que pasó hace setenta años no cesan de desprestigiar a la patria. Como ilustración a lo que digo no estaría de más leer (muchos la habrán leído), un artículo aparecido el 07-09-07 firmado por Dª Francisca Cruzado Ríos, de Málaga.

El año 1961, agobiado por una necesidad que arrastraba desde hacía muchos años me autoexilié, como tantos otros en mi misma situación, al país de la “Liberté, Egalité et Fraternité”, (que al final no era tanta, pero eso es otro tema). Las vicisitudes pasadas no vienen a cuento porque lo que quiero decir es que me costó lágrimas estar lejos de mi patria, y más de un problema me causó defenderla a capa y espada por lo que allí tuve que soportar y oír sobre ella. Porque, y pese a todo lo sufrido, el concepto “patria” a estado y está siempre en mí por encima de cualquier ideología política. Aunque haya quien sobre ella tenga conceptos diferentes. Entonces, cuando me fui, tenía hambre atrasada y carecía de lo más elemental, entre otras cosas, de una escolarización de la que aún hoy me resiento; cuando me fui, seguía arrastrando la falta de libertad que para mi empezó cuando nací, el año 1935; Pero hoy es diferente; hoy vivo en una casa construida con mi esfuerzo y equipada con lo imprescindible, tengo a mi joven familia trabajando con las mismas dificultades que tantos jóvenes sufren, tengo un coche que si no nuevo, es cuanto necesito, y sobrevivo con la mínima pensión que me otorga mi gobierno socialista después de 52 años cotizando. Entonces me fui porque sentía la necesidad de tener sujeto el estómago y libre el espíritu. Pero hoy no tengo por qué marcharme porque tengo el hambre satisfecha siempre que no me dominen los excesos, y una libertad total mientras yo no quiera convertirla en libertinaje. Por eso no creo que hoy nadie tenga la necesidad de escapar como hubo que hacerlo en otra época totalmente diferente. Porque hoy se ha recuperado mucho de lo que entonces se perdió.

Te hago estas confidencias, amigo Juan Carlos, para que no sufras temiendo que te falten plazas para todos los que quieran tomar pasaje en el avión que piensas fletar con destino a… no importa donde, que en todas partes cuecen habas, y en ninguna amarran los perros con longanizas; hoy no se va nadie a ninguna parte, Juan Carlos, como no sea de vacaciones, con la libertad de ir a donde le plazca y con la bolsa moderadamente repleta para el disfrute. Hoy no se va nadie de aquí, porque nadie tiene que buscar pan y libertad en otro lugar, esa doble búsqueda por la que tantos hombres perdieron la vida y obligaron a los pueblos a revolucionarse. Por eso me río de tantos rojos/as que brotan como los champiñones en la humedad, aprovechando cualquier debate para, aunque no venga a cuento, llenarse la boca con las tan desafortunadas definiciones que cito más arriba cuyo sentido, por suerte, muchos jóvenes desconocen y que todos los mayores deberíamos olvidar de una vez por todas, y para siempre.

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