¿Se han preguntado ustedes alguna vez en qué condiciones viven, mueren y son transportados los animales que se llevan al plato? A mi personalmente no me gustan los toros, jamás he visto una corrida, los toros solo me gustan cuando voy por la provincia de Huelva y los veo pastando en la dehesa. No obstante no hay que pensar demasiado para darse cuenta de que ni esos espacios ni esos animales permanecerían donde están si no les diera a sus propietarios un beneficio económico, otra especie a extinguir que solo veríamos languidecer en un zoológico.
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Y aunque al toro no se le puede preguntar y no conocemos la opinión que tiene sobre su destino, respecto al resto de animales de los que nos abastecemos, tiene una vida privilegiada. Al nacer pasa un año entero junto a su madre, después permanece otros tres años en libertad junto a sus congéneres, adquiriendo fuerza y pastando suelto en el campo. Y se le cuida en el transporte, no vaya a dañarse y deslucir ante el público o lo que es peor, no sea aceptado para la lidia.
Las terneras de engorde sin embargo, son apartadas de su madre nada más nacer, prácticamente se las inmoviliza durante su corta existencia, es necesario que su carne sea tan blanca y tierna como el consumidor demanda, su único horizonte es comer sin descanso y adquirir peso, se las chuta de hormonas para tal fin siendo su transporte al lugar de sacrificio, el último eslabón de una vida miserable. Sin embargo ¿quién las defiende? En los mismos términos podríamos hablar de cerdos, conejos y pollos. El toro sufre unos minutos de suplicio inaceptable, pero a no ser que seamos vegetarianos, no nos asiste un gran derecho a considerar esta muerte al sol, más cruel que la que se produce entre el pánico y la sordidez de un matadero. Es verdad que los animales preferirían que no los matasen en modo alguno y morir de viejos, pero ya que los humanos somos así de salvajes y carnívoros, tal cosa no va a suceder. Podemos preguntarnos por qué no nos ofende que los animales mueran colgados cabeza abajo y degollados en serie en un matadero, y sin embargo emprendemos una cruzada en contra de esta otra forma de muerte pública en una plaza, sabiendo, que los toros tienen una existencia bastante menos miserable, que la de aquellos que nos sirven de alimento. Puede que el mal y el escándalo esté en pertenecer a una especie capaz de disfrutar viendo morir y matar, no es un espectáculo muy distante del de los Autos de Fe, las ejecuciones públicas o el circo romano, pero en un orden práctico de las cosas, a los animales les debe dar igual cuales sean nuestras motivaciones para acabar con ellos. Los animales como todos nosotros, necesitan una vida y una muerte dignas. ¿Qué les parece más digno a ustedes? Lógicamente, cada uno tendrá su opinión. ¿Podríamos erradicar la muerte en todas sus formas? Eso si supondría un gran cambio de mentalidad… valdría la pena luchar por ello.
Esta es otra de esas polémicas que nos alejan de los problemas reales que padecemos, los políticos deben de estar encantados en que nos entretengamos con estos menesteres y los dejemos a ellos en paz. Y como decía otro escribiente, aquí no tenemos plaza, aunque siguen sobrándonos otras muchas cosas, que si tenemos.
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