…El padre Hernández ha sido en distintos andares de lo que escribo, infaltable personaje incuestionable de mis historias relacionadas y alusivas en contra prestación al más considerable favor que me hiciera al confesarme satisfecho, en un mayo ventoso que no parecía avanzar en el calendario, que en medio de himnos religiosos de un criollo coro femenino, para el tiempo de una fiesta patronal, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, de niño y sin derramar yo una lágrima, me bautizó complacido en hacerme descendiente de Dios y que procediendo en ello, nunca como en tal momento sintió en sus manos más fresca el agua bendita con que bañara mi cabeza suspendida en brazos de Sofanor y Teresa, mis padrinos, en tanto sacudiéndome a forcejeos dejaba escapar de mi alma el pecado original y untado en la frente con la cruz del óleo, poniendo un puntico de sal en mi lengua, lo que me hiciera con desagrado arrugar mi cara, vio como el maligno, tal que si él le hubiese conectado un soberbio recto de derecha en el pómulo izquierdo, lo mando a la lona retorciéndose de dolor perdiendo este la batalla por “nocaut” técnico en el primer asalto…
Invariablemente recuerdo haber visto al padre Hernández con su sotana de sacerdote –como que dormía con esta puesta- seguido en las sombras por el enemigo incapaz de mirarle su cara rojiza ante la cual, sumiso, con su ojo todavía hinchado, bajaba la vista desde la tarde en que habiendo perdido con el buen sacerdote que me sacramentara, acumuló en su palmarés una derrota más y en tal caso, el de los cachos, acababa husmeando en el religioso oloroso a enciendo la presencia poderosa de Dios, pero sin dejar este nunca de perseguir obstinado a cristianizados que, con sus escapularios benditos colgados al cuello, volvían ineficaces todas sus malas estrategias yendo sin falta al catecismo de los sábados a las tres de la tarde…
El padre Hernández de aquellos días, recitando Salmos, a donde quiera fuera, gracias a su oratoria, fue constructor de iglesias a punta de rezos, de tómbolas, de rifas, de venta de empanadas y de ayunos voluntarios, forzando así su terquedad cristiana de apóstol en la milagrosa multiplicación de ofrendas que bendecía luego de sermonear con palabras de rigor a los fieles…
Pastor de su rebaño, el padre Hernández, de sotana y bonete, redimió matrimonios desavenidos y ungió moribundos previstos sin que de él no falten quienes lo creyeran hacedor de prodigios menores no confesos como los de, revestido de Dios, hacer florecer a las rosas, poner a cantar a los pájaros y madurar las frutas con solo mirarlas…
Cuando el padre Hernández, ya más viejo de lo viejo que era cuando de joven, una mañana fresca de abril me habló de mi bautizo, a lo mejor confundido de tanto rezar todo el día, a la ligera inició la que fuera su última misa que empezó por el final con un inexplicable “podéis ir en paz” dirigido a los presentes, llegada su hora, de un clavo en la pared colgaría su sotana y, vulnerable como todo humano, presagiando que todo estaba ya consumado, lo mismo que un ángel viejo lo hace, rebosante la postrera copa de vino consagrado que bebería, consolado en la fe del cielo, como premio, mudando de casa, gozoso de haber servido para tanta cosa buena y cuando la vida ya le pesaba, con su hipo de pre defunción y una oración en los labios, triunfante se fue en brazos del señor para siempre muerto, pero jamás fallecido para el olvido…
Walter E. Pimienta Jiménez.
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