Conozco a hombres que se dejan arrastrar por la pasión, que se dejan la piel en su trabajo, que obedecen a sus impulsos porque las entrañas se les revuelven ante las injusticias, la barbarie o la ignominia. A hombres que abogan por gritar cuando otros enmudecen, que escupen a los rostros del enemigo cuando otros tragan saliva, hombres, en definitiva, que quieren cambiar las cosas porque les duele que otros no lo hagan. Conozco, y me enorgullezco de ello, a Juan Manuel Mancebo, un hombre que en sus últimos artículos se ha pronunciado contra el toreo. |
Un hombre cuyas entrañas acaban de recibir una cornada…
Dice Juanma Mancebo en uno de estos artículos:
“…hay que estar mentalmente enfermo o ser un ignorante para disfrutar con la tortura y crueldad que se practica en las plazas de toros, y peor aún, ser malvado y despreciable para defenderla buscando razones y argumentos.”
Seamos serios. ¿Cuántas veces hemos oído la expresión “estás mal de la olla” o “tu estás loco” o “se te va la pinza”? ¿Acaso pretendemos decir con esto que la persona a quien se lo decimos padece un trastorno esquizofreniforme o un trastorno obsesivo compulsivo? ¿O cuando nos referimos a alguien desconfiado, tildándole de “paranoico”, queremos decir que sufre un subtipo de esquizofrenia paranoide? En absoluto, no son más que modos de hablar, de provocar una reacción en el proceder del otro. Y eso es precisamente lo que Juanma espera: una reacción. Porque no podemos permitir, ya no más, la vejación y el sadismo asociados al toreo. Y sí, llamo ignominiosos y sádicos a los que permiten la tortura a un animal basándose en argumentos tan anacrónicos como involucionistas. El fin del toreo, como arte, no justifica los medios. Ya no…Y yo soy artista; sé de lo que hablo. Es como si Goya para disponer de dignos modelos para su cuadro “Los fusilamientos del tres de mayo” hubiera tenido que fusilar a unos pobres diablos. Yo he pintado varios cuadros de Cristo en la cruz y les puedo asegurar que no he crucificado, aún, a ninguno de mis modelos. Aunque si alguno se presta, no seré yo quién se lo impida…
Insisto: El fin del toreo no justifica los medios. El “arte” del toreo acaba en el momento en que la faena alcanza niveles cercanos a la tortura. No hay aficionado que no proteste cuando el picador incide sobre el toro, por no decir se ensaña, más de lo necesario. O cuando la falta de destreza del torero a la hora de matar al toro le obliga a insistir una y otra vez hasta que los gemidos del animal se confunden con el piterío, o puterío, que surge de las gradas. Un buen conocedor del toreo debiera saber que más allá del arte taurino o la sabiduría del diestro no hay más que masacre.
Juanma Mancebo no ha insultado a nadie, nada más lejos de su pretensión. Porque si hablamos de insulto, no hay mayor insulto a nuestra inteligencia que aquel que pretenda convencernos, con argumentos contaminados por la tradición, de la belleza, del arte o de la nobleza que hay en matar a un toro. Un verdadero insulto con “casta y tronío”. No puedo negar, como artista que soy, que puede haber arte, nobleza y cierta belleza plástica al comienzo o durante la lidia, pero jamás cuando el picador hunde su garrocha en el toro ni cuando le hincan las banderillas en su carne, menos aún a la hora de matar.
Ya está bien, que con su estoque se corten las coletas los toreros para que sirvan de guarnición a un último plato de rabo de toro y se vuelvan a coser sus orejas los aficionados –ésas que de tanta corrida y tanta sangre hace años que se les debe haber caído y que ahora se ofrecen a sí mismos como premio de consolación a su ceguera– y que dejen de hacer, nunca mejor dicho, oídos sordos a lo que les gritamos a la cara: en el momento de la estocada, en el momento de la pica o cuando se hace uso de la puntilla o el rejón, y dejen ya de tocarnos las narices con argumentos anacrónicos, no hay arte sino tortura.
O, si me permiten el juego de palabras, un modo de tortur-arte. Francisco Trigueros, psicoanalista, pintor y escritor |