Usted, Sra. Schaefer, no ceja en el monocorde estribillo de si sabemos o no leer. Mire usted, Sra., no somos analfabetos ni funcionales ni de ninguna otra especie; mire usted, Sra, sí sabemos leer, al menos lo suficiente para entender el verdadero sentido de las palabras. Efectivamente, según el DRAE, son varias las definiciones de la palabra “simple”: desabrido, (áspero en el trato), falto de sazón, (inmaduro), falto de sabor, (insípido), manso, apacible, incauto…y también mentecato y abobado; incluso, refiriéndose a los emparedados, dice “que están hechos con dos rebanadas de pan de molde”. Pero mire, Sra. Isolde, en el contexto de su réplica al escrito de la Sra. García cualquiera de esas definiciones resulta injuriosa; a nadie le gusta que lo traten de inmaduro, manso o incauto por exponer una idea como la expone usted, yo o cualquier otra persona, aunque usted quiera darle otro sentido. Sevilla está donde está no porque a alguien le interese, sino porque es donde debe estar. Las palabras del diccionario dicen lo que tienen que decir y no lo que a cada uno nos convenga que digan. |
Han sido mucho más de tres las personas que se han pronunciado en contra o a favor de los toros, porque, como usted bien dice, “vivimos en democracia y podemos expresar lo que pensamos”. Eso es lo que hizo la Sra. García, y por lo que usted la trató de simple. En su respuesta escribe usted textualmente “Cuando hablábamos de la crueldad del maltrato de los animales, concretamente de los toros, algunas personas han tenido la necesidad de ¿irónicamente? mezclar el hambre en el mundo, el terrorismo o el maltrato de las mujeres y otros”; no se confunda usted, Sra. Schaefer, no se prestan a ironía unos argumentos tan serios aunque estemos hablando de toros. Si alguien siente “la necesidad” de recordarnos que hay otras barbaries aún peores que las corridas de toros no se puede banalizar tratándolo de irónico, Sra. Schaefer. Como usted dice, “es lo bueno que tiene lo escrito, se puede volver a analizar”. Yo, de forma personal, a estos últimos ejemplos de barbarie los llamo tragedias humanas. Y como dije en otra ocasión, antepongo la supresión de una sola de esas tragedias a la barbarie de todas las corridas de toros. No está mal tenerlo en cuenta. Con todos mis respetos, Sra Schaefer, es usted la que parece no entender lo que lee o, lo que sería aun peor, parece no querer entenderlo: yo no he criticado a los que se han expresado en contra de las corridas de toros, ni a los que se han declarado a favor; dejé bastante claro que escribía por no estar de acuerdo en se insulte a nadie por exponer su punto de vista ni en este ni en cualquier otro tema. Nada más. Posiblemente, como usted dice, sólo pretendía dar su opinión; pero hay que elegir bien las palabras para que ninguna opinión le suene insultante a nadie.
¿Mi postura? Me pasa que no tengo la costumbre de sumarme a la avalancha de comentarios que surgen sobre cualquier tema que se preste a controversia. Pero mi opinión sobre el que nos ocupa la tengo escrita y publicada en varios libros o artículos hace mucho tiempo. No obstante, voy a mojarme para que no crea que eludo la crítica: me gusta todo lo que hay de luz, de música y color en la fiesta de los toros; admiro el valor del hombre y la bravura del toro en esa lucha sin cuartel, y la plástica belleza del rejoneo a caballo, me gusta todo lo que rodea esa fiesta se llame nacional o bárbara. Sin embargo, sin que crea que tomo la postura cómoda, detesto ver el martirio que sufre el animal y la sangre derramada, y no creo que ni los que están a favor le satisfaga el dolor por el dolor. Conozco perfectamente el desarrollo de una corrida (he ido más de una vez en mi juventud), no voy hace mucho tiempo, pero no critico a quien lo haga porque yo tengo seguramente más de una cosa criticable. Como todo el mundo.
En 1992 publiqué un libro que contenía un poema, “Semblanza del toro bravo”, en el que en 64 versos alejandrinos reflejaba mi opinión sobre el tema y dejaba clara mi postura con respecto al animal y al que lo torea. Desde entonces he vuelto a escribir otros poemas sobre el toro y el torero en los que siempre he tratado de reflejar el espectáculo y lo que conlleva de dolor y sangre, siempre desde mi punto de vista, de una realidad tan controvertida.
Desde hace cerca de diez meses, Alhaurín.com publica semanalmente un capítulo de mi libro “Málaga en verso” aparecido en 2002; por pura casualidad, y coincidiendo con esta larga y desagradable polémica, el próximo domingo aparecerá el penúltimo capítulo, “Vida y muerte en el albero”. Tengo otros varios trabajos sobre el mismo tema en los que no creo hacer apología del toro ni del torero. Esa es mi postura, salomónica si usted quiere, pero sin hipocresías.
Con su particular visión de las cosas no desaprovecha usted la ocasión de tratar nuestro país de menos desarrollado y civilizado que otros, hasta el punto que parece que no sea usted de aquí o que no se encuentre a gusto en él; sepa usted, Sra. Schaefer, que si unos están más desarrollados en algunos aspectos, mi querida España está a la cabeza en otros que a veces le son envidiados y copiados por esos países tan admirados por usted. En cuanto a lo de civilizado, personalmente no creo que haya ninguno en el mundo que merezca ese adjetivo; pese a esas leyes que usted tanto valora, en todos se cometen crímenes, abusos de poder, violaciones y toda clase de desmanes, en unos más que en otros, es verdad, pero ningún país es ajeno, ni lo ha sido nunca, a las desgracias que han azotado y azotan continuamente al hombre y a la naturaleza. Por ceñirnos solamente a Europa, la toda reciente historia nos muestra cómo el hombre ha sido perseguido, maltratado y muerto sin sonrojo por algunos gobiernos que hoy tenemos por civilizados y presuntamente a la cabeza de Europa; no saquemos ejemplos del civismo de ningún país porque todos estamos lejos de serlo. Mire usted, para mí,”¡viva España manque pierda!”
Por último, Sra, Schaefer, no estoy molesto por no sé que cosa pudo usted decirme no sé cuando; aquí, todos los que escribimos nos exponemos a una crítica más o menos acerba, pero que se olvida en cuanto se ha respondido a ella si es que el caso merecía respuesta. Tengo yo muchas cosas de qué preocuparme para hacerlo de la opinión que tengan de mí, siempre que esta no sea injuriosa. Y aunque lo fuera.
Sinceramente, nunca me ha parecido mal que critique u objete sobre situaciones o actitudes que usted encuentra incorrectas aunque, creo, se equivoca muchas veces, quizá llevada por un temperamento digno de ser atemperado; por el contrario, si me causa cierta alarma el radicalismo tan exacerbado con que usted trata cuantos acontecimientos suceden en un pueblo en el que tampoco parece sentirse muy a gusto. Dicho sea con todo mi respeto. |