La vida y la muerte se suceden y no por ello nos resulta menos impactante el final de una persona. La edad, un accidente, una enfermedad pueden ser causas de nuestro fin, pero cuando éste se produce en una persona joven y sana, en el desarrollo de una actividad deportiva, cuando nadie se lo espera, resulta aún más inaudito. El pasado sábado fuimos testigos del un trágico acontecimiento, el joven futbolista sevillano Antonio Puerta se desvanecía en el transcurso de un partido de liga, todos esperábamos su restablecimiento, máxime cuando salió del campo por su propio pie. El lamentable desenlace ha movilizado a miles de personas que han mostrado a la familia y amigos del joven fallecido todo su cariño y apoyo en estos duros momentos.
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Mi trabajo de psicoanalista me acerca, más si cabe, a la naturaleza de los sentimientos y emociones que se producen ante un trance como este. Unos padres que pierden a un hijo en la flor de la vida, una novia que a punto de crear una familia pierde a su compañero, que ya nunca podrá conocer a su hijo. Hermanos, tíos, amigos, compañeros de Antonio Puerta, todos desesperanzados, incrédulos ante esta terrible realidad, necesitarán un tiempo para poder asimilar semejante pérdida. Cuando alguien fallece la palabra muerte nos toca muy de cerca. Existe una gran variabilidad en la respuesta y posterior adaptación a este suceso, pero está claro que nadie queda indiferente, esa palabra, “muerte”, nos recuerda que algún día llegará nuestro momento. El proceso de duelo puede definirse como la reacción posterior y necesaria ante una pérdida real o ideal, que conlleva tristeza, desilusión, apatía, es una reacción normal y temporal, se corresponde con el lapso de tiempo que cada cual precisa para adaptarse a la realidad en la que ya no está ese objeto o persona. Consolar, convencer, animar a esa persona de nada sirve, pues como digo, necesita su propio tiempo para elaborar la situación.
En ocasiones esta reacción se hace duradera, la persona se siente incapaz de volver a interesarse por su vida, el mundo donde ya no está aquello que perdió. Es lo que puede denominarse como depresión, que no tiene que ver tanto con la pérdida real de la persona querida, sino con la pérdida de algo que ni siquiera sabe. Se trata más bien de una pérdida ideal y de su incapacidad de readaptación. En esta situación sí se hace precisa la intervención de los profesionales, no olvidemos que la depresión o melancolía es una enfermedad grave, responsable de los suicidios así como del desarrollo de enfermedades orgánicas, accidentes laborales, fracaso escolar, laboral, etc. De la muerte no nos podemos curar, pero sí podemos aprender a sortear los problemas que nos vamos encontrando a lo largo de la vida, solos o con la ayuda de otras personas, para que de las cenizas siempre nazca algo nuevo. Helena Trujillo Luque Psicoanalista de la Escuela Grupo Cero www.htpsicoanalisis.com Telf. 952 39 21 65 |