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Tu diario. Libertad de expresion

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Sobre las opiniones refutadas con insultos

Paco Acosta. 29.08.07 

No son pocas las ocasiones en que es preferible guardarse sus opiniones con tal de no escuchar las barbaridades, cuando no insultos, que tienes que soportar de aquellos/as que te quieren imponer las suyas a ultranza. Pobre de ti si no estás de acuerdo con lo que a estos salomones de la opinión les perece bien o mal. Sus opiniones tienen que ser aceptadas so pena de verte tratado con los peores epítetos que pueden salir de una boca mal hablada; eso sí, dichos por personas que supuestamente son un dechado de civismo, comprensión y tolerancia. Y no me refiero solamente a la polvareda levantada por el asunto de los toros: con harta frecuencia hay que tolerar posturas tan radicales como, a veces, peregrinas, en cualquier clase de debate originado por una u otra cuestión.

¿Quiere decir esto que estoy en contra de que cada cual exprese sus ideas u opiniones? Naturalmente que no. Lo que me parece demencial es que unos cuantos se alcen en árbitros, cuando no en jueces, de lo que tienes y debes pensar o hacer y que, naturalmente, es lo que ellos tienen por justo e intachable.

Yo acostumbro a escuchar –y en este caso, leer-, las opiniones de todo el mundo; y créanme, muchas veces he cambiado las mías por reconocerlas equivocadas con respecto a la de los demás. No creo haber caído nunca en la pretenciosa arrogancia de creerme en posesión de ninguna verdad, ni absoluta ni simple. Pero, sobre todo, jamás he insultado ni abierta ni solapadamente a nadie, como no sea que la ironía se tenga por insulto, si es que  alguna vez tuve, que lo dudo, la innegable gracia de ser irónico.

Admiro a aquellos que adoptan una postura personal con claridad y contundencia sin importarle la de los demás, y sin la ridícula pretensión de adoctrinar a nadie. Juan Carlos Sanz de Ayala fue el primero que saltó a esta palestra digital felicitado a Juan Manuel Mancebo por sus artículos sobre los toros para, acto seguido, no sentir empacho alguno en manifestarle su desacuerdo por los insultos vertidos en ellos; Y lo hizo sin estridencias, simplemente con la brillante ironía a que nos tiene acostumbrado. Y es que esa cualidad de ser ecuánime a la hora de juzgar los actos de los demás no está al alcance de todo los que pretendemos tenerla.

Admito que quedé bastante sorprendido al leer tan desafortunados (en parte) artículos porque, justo es decirlo, Juan Manuel, (que dicho sea de paso me encanta como escribe), no nos tiene acostumbrado a este tipo de lenguaje; antes al contrario, es bastante comedido escribiendo, aun cuando las opiniones vertidas en sus artículos no siempre tengan que ser ni sean del agrado de todos.

El Sr. Mancebo agredió verbalmente -sin necesidad y en términos inadecuados- a cuantos no piensan como él en tan delicado y espinoso asunto. Bastaba con haber expuesto su opinión, estoy seguro que compartida por muchos y respetadas por otros. Pero sin insultar a nadie. Hay palabras que causan un profundo daño moral, y es extraño que quienes defienden el daño sufrido por los animales no se inquieten del que sus palabras pueden producir en los humanos.

Han escrito, como no podía ser menos, detractores y defensores del tema que nos ocupa. Algunos defensores, a riesgo de ser vilipendiados, se han atrevido a preguntar si no hay otras cuestiones mucho más graves y dramáticas a las que prestamos menos atención de la que se merecen. Y claro, enseguida sale alguien a insultarlo empleando la condescendencia tenida a los simples de espíritu.  A mí, personalmente, con sentir mucho el mal trato que se le dé a los animales –no he maltratado nunca a ninguno, y las facturas del veterinario por atenciones a mis tres perros resienten mi precaria economía- me duele y me preocupa mucho más el que se le dé a cualquier ser humano ya sea físico, ya sea verbal con insultos humillantes sólo por expresar su opinión. Y me preocupa mucho más que esos insultos salgan de personas que no dejan pasar la ocasión de reivindicar el derecho a la libre expresión pero, claro está, siempre que ésta sea la suya; personas que a veces llevan razón en sus planteamientos, pero que pierden toda credibilidad cuando se ponen a la altura de otras a las que ellas tienen por incultos o, peor aún, las tratan de “simples”.

Yo les diría a todos aquellos que han podido verse afectados por esos insultos, que más ofendidos tienen que sentirse los que los profieren que los que los escuchan. Y a usted, Sra. Rafaela García, a quien no tengo el gusto de conocer, y que por exponer una cuestión que está en el ánimo de muchos la tratan de simple, piense usted que la Sra Isolde no ha querido ofenderla; es, “simplemente”, que no sabe el significado de esa palabra, y eso la convierte en la verdaderamente simple. Porque de no serlo habría consultado el diccionario de la Real Academia, y se hubiera enterado de que “simple”, entre otras cosas, quiere decir, en femenino, mentecata y abobada, que en el contexto de la respuesta de esta Sra. sólo se puede entender como “agresión insultante con premeditación”. Y entonces, de haberlo leído, su alta consideración, su civismo hacia los demás no le hubiesen permitido hacerlo ya que, y eso sí lo sabe, insultar a la gente queda para lo más soez y vulgar de la masa. Con el agravante de que ella misma, con toda la razón, se sentiría agredida y vejada si por expresar libremente sus ideas se la tratase de bobalicona y simplona.

Como siempre hay alguien capaz de tergiversar las palabras hasta darles el sentido que  más le conviene, repito que estoy en contra de toda clase de maltrato que se le dé a cualquier animal. Mi escrito no tiene otro objeto que protestar por que creo firmemente que atacar a una persona, aunque sea verbalmente, es mucho más indigno que herir a un animal, aun cuando éste merezca y tenga todo mi respeto y protección. Lo siento, pero puesto a elegir, el fiel de la balanza de mis sentimientos se inclina siempre más hacia el ser humano que hacia el animal. Además, que en algunos casos,- y ya me guardaría yo de pensar siquiera que esto va por ninguno de los que participamos en esta polémica- en algunos casos, repito, la demagogia juega un papel muy importante en las actitudes que tomamos frente a lo que criticamos o aprobamos cuando llega el caso de pronunciarnos a los ojos de los demás, y me explico.

Tengo un amigo, (seguro que lee esto), militante acérrimo de un partido político que por sus siglas es tenido por el más ecologista y defensor de la Naturaleza; el cual amigo, debido a no recuerdo que circunstancia, subió a su propio coche los dos perros que había criado en su casa dejándolos abandonados en la sierra de Jabalcuza. Este mismo amigo me había largamente y duramente criticado por haber escrito un poema un tanto light sobre los toros. Esa es la lamentable y triste volubilidad del ser humano, que suele llevarlo a la propia contradicción entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace.

La libertad de opinión, como la de la palabra, son libres, como lo es también la voluntad de alzarse, incluso públicamente, en contra de quienes su actitud o conducta puedan parecernos erróneas. Y no sólo en esta desgraciada polémica, sino en tantos otros casos en los que el hombre suele equivocarse. Pero sin sentirnos con el derecho a desprestigiar, y mucho menos insultar a quienes no coincidan con nosotros. Entre otras cosas porque, si en algunos casos la razón nos asiste sin ningún género de dudas, no siempre podemos pretender ser justos e infalibles en nuestros razonamientos.

Por último, y por responder a ese dechado de sabiduría que es la Sra. Isolde, le diré que pese a su creencia de que los demás padecemos analfabetismo congénito, sabemos leer y entendemos perfectamente lo que leemos; sus explosiones de sapiencia guárdelas usted para epatar a otro tipo de escribanos porque sus escritos, dicho con todo el respeto que usted me merece son, además de repetitivos y banales, sin la más mínima enjundia literaria y mucho más simples que los que osamos escribir de vez en cuando todos aquellos a los usted señala como seres incultos e ignorantes.

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