Cuando yo era pequeño, para matar los conejos que criábamos en el corral de mi casa, sencillamente les ataba las patas traseras con cuerda, los colgaba cabeza abajo de un palo, y con un cuchillo afilado LES SACABA UN OJO a lo vivo y los dejaba desangrándose hasta que morían. Su carne, más blanca, era mucho más exquisita. La ventaja de desangrarlo vivo era que su propio corazón me ayudaba a vaciar sus venas. Ellos eran conejos. Yo... un burro. |
Con el tiempo, mi cabeza de niño comienza-pensante se dio cuenta de que quizás no hacía falta inflingirle semejante sufrimiento, y adquirí otra técnica que era casi tan infalible, pero con la que el conejo ni se enteraba: se coge el conejo por las dos patas traseras, se le cuelga cabeza abajo, se le apartan con suavidad las orejas para que no molesten, y con un certero golpe tipo kárate se le descoyunta el cuello, muriendo el bicho en el acto. Inmediatamente se le corta el cuello y la sangre cae por gravedad blanqueando la carne para su consumo igualmente.
Con las gallinas tenía dos métodos diferentes: con el primero, ataba las patas y las alas del animal con una cuerda, y le inmovilizaba la cabeza apretando el pico contra el cuello. Después, le pelaba el cogote al bípedo y con un cuchillo afilado le hacía un profundo corte por el que iba saliendo borbotones de sangre impuldada por el corazón del bicho. Se le dejaba pataleando metido en un cubo, en el que poco a poco se le iba yendo la vida hasta que quedaba inmóvil. Un hervor para arrancar las plumas con facilidad... y a la cazuela. Si queríamos divertirnos, teníamos otro sistema, utilizado cuando venían los amiguetes, y que nos servía para estudiar los fenómenos paranormales y la vida después de la muerte: cogíamos la gallinácea y le rebanábamos el cuello cual talibanes, separando la cabeza del tronco. ¡Corríaque se las pelaba sin cabeza! Era un espectáculo inigualable. Nos recordaba la guillotina de Robespierre, y los movimientos de asombro que hacían las caras de los ajusticiados con sus cabezas separadas del tronco, durante unos segundos al parecer todavía funcionantes.
Hoy en día, sería incapaz de sacar un ojo a un conejo. Creo que sería incapaz de matar a un bicho infringiéndole dolor. Creo que sería incapaz de rebanarle la cabeza a una gallina. Quiero a mis perros y a mi "lindo gatito", que diría con sorna el funcionario Guerado. Algo, mucho, ha cambiado en mi forma y mis costumbres. El hombre evoluciona. Yo me he vuelto más sensible, más bobo si se quiere pensar así. Como ser pensante, superior (¿superior?) al resto de los animales que actúan por instinto, he decidido aplicarles la dignidad que se merecen. Mucha más en muchas ocasiones que algunos de mis congéneres.
Y sí. Sí como huevos de gallinas con la cabeza repelada por el roce con sus jaulas. Y paté de las ocas y/o patos recebados a la fuerza hasta que sus hígados casi explotan hipertrofiados. Qué remedio.
Pero nunca iré a una corrida de toros. Ni cazaré bicho alguno, por el simple placer de cazar. Ni torearé a mi perro clavándole una puya para después hincarle varias banderillas y acabar atravesándole con un estoque mientras sangra por la boca mirándome asombrado antes de morir. Y no lo haré ni siquiera por el arte y las costumbres. Como tampoco pienso comérmelo, por el simple hecho de que en algunos países asiáticos lo tengan como un "delicatesen".
Allá los que sigan sacando un ojo al conejo vivo, los que cacen por el simple hecho de cazar, los que gocen con las corridas de toros, las peleas de gallos, las dentelladas de los perros de presa... cada uno se desfoga como quiere.
|