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Crónicas del otro “Macondo” -Historias para ganarle al olvido-
Demetrio, con los cuatro sentidos

Cuentos y relatos globales. 28.04.19 
*Quien quiera ver a Dios tiene que ser ciego.
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Demetrio era ciego de nacimiento; pero veía; sí, veía, veía con los demás sentidos, menos con el de la vista… O mejor, veía con los ojos del alma, que lo ven y lo sienten todo…Demetrio no era un simple ciego de esos que necesitaba siempre estar acompañado de alguien o tener un guía para saber dónde estaba. Se sabía de memoria el pueblo y la ciudad… a la que, en asuntos de negocios muy singulares e inusitados, solía ir a diario…
Demetrio era un experimentado invidente; siendo a la vez un personaje de esos que pasan por la vida y dejan huella, opuesto, en este su verídico caso, a que fuese la vida la que pasara por encima de él…Esto lo hizo y lo hace inolvidable.
Demetrio veía con las manos, manos que palpaban, tocaban, tentaban, manoseaban, toqueteaban, hurgaban, acariciaban, reconocían, sentían y tanteaban, que es como se ve con las manos…Manos inteligentes… Tanto que, lo que apañaba en ellas, a falta de vista, le daba acceso a toda la información que requería en forma natural sin requerir esfuerzos para decir de manera espontánea y natural con voz cierta: “Lo que tengo en las manos es una de mis abarcas”. Tenía dotes de observador…Y soy de los que cree que, se veía a si mismo capaz de muchas cosas.

Demetrio veía también con los oídos. Distinguía la noche del día porque esta es más silenciosa y en ella las cosas se hacen despacio…y porque es de noche que los niños cantan a la Luna la vieja ronda que así escuchaba: “Luna dame pan/ que tus hijos no me dan”…Al día, en cambio, lo conocía por los ruidos, por los sonidos, los zumbidos, los crujidos ,los chasquidos, los estruendos, las detonaciones, los estampidos, los alborotos, las algarabías, los griteríos y los escándalos que son las voces que denuncian la agitada existencia. Al día, lo sabe claro, lo vivía con el Sol en su piel cuando, al llamado del pito del bus en la plaza municipal, salía de su casa y el aire que le cubría era otro: de lluvia o de verano y, con el tiempo galopando, abrazando su usual esperanza, como un avión cargado, se dirigía a la ciudad a la que, dispuesto su peso de totumas, en galones y talegos llevaba carne de res o de cerdo, vísceras de la matanza, huevos frescos, tamarindos del palo de su casa, “cañandongas” en sus vainas y por pedido; lana vegetal para almohadas; frijoles, guandú, zaragoza y encargos especiales con los cuales, él y sus hijos y Julia, su mujer, con lo que ganaba, jamás padecían de insolvencia...

…Y de voces, a Demetrio ninguna le era ausente ni ajena y en sus sombras, conocía en la voz de Julia, su compañera, lo que siempre era suyo: su amor y apego… y en la de sus hijos e hijas, el milagro de su progenie; viendo con celo por ellos y ellos por él…Y así, igual, “veía” en la voz alegre de Rita Andrea, su vecina de la esquina, el cariñoso saludo cotidiano y la broma de su loro parlanchín que al verlo y oírlo, le decía: “Demetrio, gorrero”… Y no paraba el encanto del animal que, como sabiendo de la filiación política de este, llevándole la contraria en atención a lo que su dueña le había enseñado, le decía:

-¡Demetrio, abajo López! ¡Viva el partido conservador! ¡Viva Laureano Gómez y que se jodan los liberales!

… Y con sus oídos, que asimismo eran sus ojos, al pasar por la alcaldía, tenía invariablemente la visión terrena del alcalde de entonación atrabiliaria y abusiva; en tanto al transitar por el pórtico de la casa consistorial, la voz del padre Hernández distinguía por los fueros de santo que el clérigo tenía, adivinando además en él, el nimbo o aureola que a este en la cabeza se le hacía…Y entonces no se quedaba sin decirle a la distancia: “Buenos días, padre”, en tono que trascendía… Y en los pasos fuertes de Julio, el policía, seguía creyendo en la ley y la justicia presintiendo presos y ladrones en la cárcel…

Demetrio veía con el olfato porque en su nariz, el olor de las cosas persistía por siglos. “Julia, se te está quemando el arroz, sácale candela- le decía a su pareja- Y su casa toda, le olía a todo lo suyo, con olores simples que de allí nunca se iban porque eran imborrables, perdurables e imperecederos…

Y así, Demetrio sabía que su mundo estaba lleno de aromas y, conectado con estas, en el fondo de su memoria y en lo más íntimo de su ser, veía y sabía cuándo sus hijos estaban haciendo sus tareas escolares porque su vivienda, por todas partes, olía a lápiz y a libreta nueva y que la escuela que quedaba frente a su morada, exhalaba una frescura a infancia en las frutas que las niñas coloreaban en su cuadernos de dibujos, alcanzando a ver con el olfato un mundo de gozos y de evocaciones porque para él, era Semana Santa por el olor del incienso; Navidad por el olor de la pólvora, del ron y del vino y en los perfumes refinados intuía la presencia y la atracción de una mujer bonita…

Ya en la ciudad, por el ruido, por las cornetas y los aceleres de los vehículos, Demetrio sabía que había llegado a esta y era Dios quien, en la realización de un suceso extraordinario y maravilloso que no puede explicarse por las leyes regulares de la naturaleza, le ayuda a pasar todas las la luces rojas de los semáforos… En tanto el aire de Barranquilla, en asocio con sus otros cuatro sentidos, le olía a humo de fábricas, a gasolina…Y como sus oídos allí era donde nunca le estaban cerrados, los pregones de toda venta callejera le hacían el favor de llevarle donde sus clientes le esperaban…Y ya vendida toda existencia encomendada, de nuevo, el portentoso prodigio Divino, le lleva al Mercado Público, donde, en las sombras de sus sombras, describía aromas y sensaciones olfativas con matices visuales, gustativas y sonoras…Y por acá y por allá, en medio de un concentrado olor a café recién tostado, a pan acabado de salir del horno y a planta medicinal, entre la muchedumbre, como Pedro por su casa andaba…Y más allá el grito de voces que no se reservaban para él la evocación de llevarle de regreso a sus hijos, los obsequios prometidos…Y más lejos, el sonido del pito del bus que de regreso le llevaba al pueblo con Dios de la mano…Trayendo consigo la nomenclatura de su casa en su propio nombre: la casa de Demetrio, la que queda frente a la “Escuela de Demetrio”…Y, a su arribo glorioso y victorioso, el recibimiento de Julia con un beso y un abrazo…Julia, que siempre le supo capaz de todo, hasta de querer ver a Dios porque quien quiera ver a Dios tiene que ser ciego…

..Y como el gusto al gusto gusta, con la boca hecha agua, Demetrio, sentado a su mesa, reconocía en el sabor de la comida que le preparaba Julia, la bendición de una sobrevivencia ganada sin el impedimento de sus ojos sin lumbre, y guardando una lágrima, con ella celebraba diciéndole amoroso un: “Te quedó deliciosa la carne y el arroz”…

Demetrio conoció, a lo largo de su vida, y mejor que nadie, a qué sabían las cosas: las amargas y las dulces, saboreando todo como a la vida misma… Y… claro, como a cualquiera ocurre, Demetrio bebió ron, pero no “gorríao”, como le decía el loro parlanchín y calumniador de Rita Andrea. Para el efecto, con sus propios pesos bien ganados, socializaba consigo mismo, y en busca del placer que alguna vez encontró Noé en el vino, experimentó con el “Ron Blanco” unas “peas” extraordinarias que le ponían a gritar a los cuatro vientos: ¡Viva el partido liberal, no joda! ¡Abajo los godos! ¡Viva López! Pero sin meterse con nadie…Yo creo que Demetrio, con todo derecho, bebía por la ardua paciencia de encontrar en los “traguitos que entre pecho y espalda se aplicaba”, el tratamiento “efectivo” que le hacía creer en Dios porque, sin ver, lo veía y, así, creyendo, tenía vida en su nombre… Y entonces, concluyo: Quien quiera ver a Dios tiene que ser ciego…
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