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La pícara Justina | | Jose Maria Barrionuevo Gil. 24.02.19 | |  No debe ser muy ancestral nuestra patria, porque aquí ha venido, ha pasado y se ha ido tanta gente que parece que solo quedan los incondicionales o los que, por lo que fuera, no les iba mucho la marcha. Desde siempre, en el fondo, parece ser que el sentimiento patrio que ha hecho permanecer por estos lares al personal ha sido una consigna de tranquilidad, como fue aquella de "España, sin ir más lejos", por no abandonar, entre otras cosas, supuestamente, nuestro espacio o zona de confort. Por aquí nos hemos acostumbrado, y ya va para largo, a tomarnos distancia para no tener muchos problemas, sobre todo con la justicia, porque cuando la justicia se pone de pie con sus aperos, es de temer. Es ya un emblema patrio aquel dicho de que "el que hace la ley, hace la trampa". “Aprovechó mucho en la facultad de leyes, y decía algunas veces que los libros de leyes le parecían un hermoso vestido de oro, triunfante y maravillosamente precioso, que estuviera bordado de mierda...porquería y ruindad” (François Rabelais, Gargantúa y Pantagruel). | Así, siguiendo la marcha de los siglos, las leyes se fueron haciendo por si las moscas, pero no faltaban intereses que la dejaban más o menos impedida, con los pies dormidos, y al incorporarse la notábamos cojeando. En este ir y venir el fiel de la balanza de la justicia se descolocaba y podía cargar más hacia un lado que hacia el otro, como efecto de las camballás. Nos ponemos a rebuscar, a pensar, a recordar y en todas las esquinas podemos encontrarnos con esta señora, que por ir con los ojos tapados, aparenta que no sabe por donde va y hasta se deja guiar por los “doctores” en política. O también nos puede suceder que la justicia no sepa verdaderamente por donde va y ya vienen los encontronazos reales, que no se entienden a pie de calle. También nos puede pasar que la venda se le mueva y deje algún que otro ojo para hacer guiños a cualquiera que se le pueda presentar con ciertas amistades. Así la pícara justicia pasa por las manos de los hombres dando mucho que hablar. Habladurías siempre ha habido y las habrá. Sin embargo la pícara justicia no debería ser tan nacionalista que diera el cante con sentencias que cantan a los cuatro vientos que las leyes están mal hechas, que las leyes se dejaron llevar de la cicatería de sus alumbradores, que las deformaciones legales puedan consagrarse como congénitas, impidiendo que todos los humanos puedan alabar el arte de pleitear, pero también el arte de ser ecuánimes sin tener que sonrojarse ante la gente de bien por haberse dejado llevar por las gentes de bienes. El cotarro político está muy atento para que la pícara justicia dé a más de uno una palmadita en la espalda. Así el pícaro político de turno también puede dar una palmadita a la pícara justicia que recibe una sobredosis de calor amigable. Si no, no se entendería aquella salida magistral de “Luis sé fuerte. Mañana te llamo” y de tantas otras sólidas salidas que caen como una losa bastante inamovible. La justicia no puede ser tutorizada ni ser el lazarillo de nadie. Siempre, cuando éramos pequeños, nuestros padres estaban preocupados porque la calle nos podía malear, contagiar, porque los niños callejeros no eran unos angelitos. Si la justicia se va de calle o se la llevan de calle, no es de extrañar que se convierta en una pícara más. En la calle y no en el sagrado hogar de la justicia, puede quedar congelada, desprotegida, abandonada a su suerte, aunque sus padres, que nos engendraron la Constitución, se hayan olvidado de que todavía sigue siendo pequeña y la puede raptar cualquiera que se haga el amiguete, porque los pícaros no son ajenos a la ingenuidad que nos muestran muchas leyes y saben, de sobra, como raptarla. Siempre nos acordaremos de los versos del payador uruguayo José Silvio Curbelo, que nos cantaba en uno de los encuentros del “Festival Internacional de Cante de poetas”, que se celebra, todos los años, en el segundo o tercer fin de semana del mes de julio, en el pueblo de Villanueva de Tapia (Málaga). Por dar el cante que no quede. Curbelo nos sigue diciendo que “por derecho o por error / la ley sería distinta, / si en vez de hacerla con tinta, / se escribiera con sudor”. josemª |
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