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Crómicas del otro Macondo -Historias para ganarle al  olvido-
“El Mono de Atala”

Cuentos y relatos globales. 17.02.19 
Una mirada a… LAS CASAS DE…
Sólo hay un tipo  de  casa  ideal  en el  mundo: la llena de  amor  y de seres  amados…
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.-
Las casas  de  mi  pueblo fueron hechas invariablemente para  llevar los nombres de sus  dueños  y  dueñas. Fueron hechas por  ellos para quedarse a vivir por  siempre en  estas. Cierta  actitud de  milenarios  árboles allí plantados, y  que  en el  mismo  sitio nacieron, crecieron, dieron  frutos y  en ese lugar murieron, les  identificaba…No  tuvieron por  eso sus habitantes vecinos  distantes y, en los  patios de  todos, todos  los pájaros de  bonito cantar en el  mundo, a cambio  de  nada, les regalaron canciones y  trinos hermosamente desconcertantes sin necesidad del encierro de las jaulas.- Las casa de mi  pueblo fueron  casas para las  cuales  nunca  faltaron  brazos dispuestos  a colocar en  ellas, a golpes de  martillo, la  puerta que se había  caído; para  ajustar la  hoja de la  ventana que con  su  par  no  encajaba; o para sobre  la  herrumbre de  la bisagra  oxidada, oportuna dejar  caer una  gota  de “Aceite  Tres Uno” que quitaba a  la misma el  fantasmal  chirriar nocturno…Y  para tales  casas,  sus  dueños, sin esperar de  parte  de sus  compañeras la familiar amonestación del: “¿Y cuándo vas a arreglar el portón? Hubo en  todo  momento un  clavo, un cerrojo,  una aldaba, una  tranca o  una  mano  de pintura que  les  quitara el  inicio de un  deplorable abandono…Y no acaeció en  estas la orfandad de  un  poco  de cemento con  que coger en  el techo una gotera inesperada;  así como  llegado el  día, la  última  habitación de  la misma,  dejada unos  meses atrás sin  terminar, se  construía…
Las  casas de  mi  pueblo no  fueron hechas por  sus  dueños y  dueñas como  una cosa  de  paso. Estaban hoy allí y  mañana allí y  continuamente  allí por  designios  de  Dios o del  destino,  y  era por  esto lo  más  cierto, tuvieran los nombres de ellos: la casa  de  Ildefonso, la casa de “el  Puche”, la  casa  de  Segundo, la  casa de “la  Niña  Ramona”, la  casa de Conchita, la casa  de Lilia  Padilla, la casa  del  señor  Augusto, la  casa  de  E loina,  la  casa  de  Arcelia,  la  casa  de  Bartolo, la casa  de Rita  Andrea,  la  casa de  Drigelio,  la casa de  Villarreal,  la casa del  viejo  Eulogio, decía  la  gente sin constancia de escritura…
De las casas de  mi  pueblo, sus  dueños  y  dueñas, hasta   sabían cuántos ladrillos tenían sus  paredes, cuántos cuadros había colgados en estas y en qué   sitio exacto de ellas los  clavos,  para  colgar las fotos  familiares, entraban sin doblarse…
Era  profunda la relación de  los dueños y  dueñas con sus  casas levantadas sobre muros de  forma  corporal que las  sostenían desde  la primera  piedra raizal,  hasta la  realidad pensada de  un  techo que  alcanzaba para dar  albergue a toda  la  familia y  al  mismo  apellido por  lo  cual no  necesitaban nomenclatura. Aquella era  la  casa de Brígida;  esta  otra,  la de Gastón; la de  enfrente, la  de  Manuela; la  de  más acá, la  de  Rosana; las  de  la plaza,  de doña  Eva, don  Vicente y  doña Elena; allá abajo, la de  don  Gilberto y  las de al  lado, la  de Goyo y Salvador  Alba… Es posible  que  hoy,  estas casas no  sean de quienes fueron; pero eternamente, imperecederamente, llevaran el mismo  nombre, los  nombres de   sus  primeros dueños y  dueñas…por  eso,  esa es  la casa de Casimiro, la  casa de Simón, la  casa de “el  Mono  Nica”,  la  casa de  José Arteta, la  casa de  Santos  la  de  Andrés  Eliseo, la  casa de  Evangelina, la  casa de  Lisímaco, la  casa  de  Juan Rocha…
…Y  en  la  agrupación de estas,  un  paisaje de  calle con el campesino que montado  en su burro va al  monte; y  en  la  agrupación de estas,  un  paisaje de  calle con el  niño que llevando  un  platón en la  cabeza, a  grito  herido,   vende bollos der mazorca; y  en  la  agrupación de estas, un  paisaje  de  calle con  la gallina que escarbaba en la arena y  que  nadie se robaba…
Duele  el  tiempo ido,  pero muchas  de estas casas aún en pie,  resignadas a no  perder el  nombre de sus  dueños y a no  dar arquitectónicamente marcha atrás, por  linaje y  estirpe,  se llaman  como se llaman o llamaban sus  dueños:  la   casa de Feliciana, la  casa del  viejo Efraín,  la casa de Baltasar, la  casa de “la Nené”, la casa de “la Niña  Merce”,  la casa  de “la  Niña  Justa”,  la  casa  de  Carmela,  la  casa del  viejo  Darío, la  casa de  Martinita, la  casa de  Silvestre, la  casa  del  viejo  Facundo, la  casa  de  Pedro  Rada,  la  casa de  Santander,  la  casa de  Isabelita,  la casa de  José  Santos,  la  casa de Concha  Luca…Casas  donde ahora vive la  nostalgia entre cuatreo  paredes que guardan los mimos  sonidos y silencios  del  pasado y   conocidas  por el salvaje  color de sus puertas y  ventanas…
Todo será, pero  la  costumbre no  dejará de ser  nunca sobreviviendo a la  nombradía  y  reputación de la  casa  de José María,  la  casa de  la  viuda  Carlotica,  la casa de  Roque  Jiménez, la  casa del  profesor  Vicente… casas donde,  como  antes, la  vida  era  fácil y  con  cada teja en  verano  reparada, se empezaba a vivir  de nuevo…Por  eso  digo:
Si alguna  vez los  hombres  y  mujeres de  mi  pueblo decidieron  un  día dejar de pensar en  su  condición de  itinerantes,  pensaron antes  en hacer  sus  casas con sus  nombres… la casa de…

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