Málaga Miércoles, 30 enero 2019 Hay un antes y un después del caso de Julen. Con lo pequeñito que era ha dejado un legado que la mayoría no alcanzaremos por más años que vivamos. Lo ha hecho en muchos sentidos. Ya se ha hablado mucho de la corriente de solidaridad, de fraternidad y de unión a la que su rescate dio lugar, y ojalá que se mantenga por mucho tiempo. Pero hoy quiero fijarme en el aspecto medioambiental. Organizaciones como Ecologistas en Acción y Gena, con el veterano activista Rafael Yus a la cabeza, llevan años como Pepitos Grillos, pregonando en el desierto y alertando sobre las miles de prospecciones ilegales en los campos de la provincia, que de tanto rebuscar los han dejado como un queso de Gruyére. Nadie les había hecho caso: ni la Junta, ni la Guardia Civil ni tampoco los medios de comunicación. Hasta ahora. Como ocurre siempre, ha tenido que suceder la peor de las desgracias para que todos anden mirando al suelo, en busca de prospecciones ilegales. |
Los argumentos sobre los daños medioambientales no eran suficientes para poner más medios. Nunca lo han sido y dudo de que lleguen a serlo. Qué más da que se sobreexploten los acuíferos; que se sequen o se salinicen; que casi nadie pague por el agua que derrocha, sin poner medios para optimizar el riego; y que se cultiven subtropicales en zonas donde supuestamente no hay suficiente agua. Pero la pérdida de una vida humana en unas condiciones tan absurdas y negligentes es demasiado insoportable como para seguir de brazos cruzados. Julen debe ser al desarrollo sostenible como Ana Orantes lo fue a la violencia de género. Si la muerte de la segunda fue el origen de un cambio radical en la legislación para proteger a las mujeres víctimas de malos tratos, la del niño malagueño tiene que servir para que se endurezca definitivamente la normativa y las inspecciones en el campo. Hace falta personal en la Guardería Fluvial de la Junta y en el Seprona. Los alcaldes y los vecinos también tienen que dejar de encubrir al que lo hace mal, por motivos electoralistas o de cualquier otro tipo. Basta de impunidad en el campo, y no sólo por el riesgo de accidentes, sino porque unos pocos están jugando con el agua, que es el bien más escaso y preciado en una provincia tan seca como la nuestra. La mejor manera de honrar la memoria de Julen y de dar algo de esperanza a sus padres es que aquel pozo ilegal en el que el pequeño cayó un día aciago de enero sea el último que se excave en España. |