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La naturaleza en otoño | | Jose Maria Barrionuevo Gil. 15.12.18 | |  En muchos foros hablamos de la Madre Naturaleza. Y son precisamente los “salvajes”, nuestros hermanos, los habitantes de las selvas, que nunca habían perdido el contacto con ella, los que de vez en cuando, ya que nosotros estamos muy distraídos en estos temas, quienes nos recuerdan con la parsimonia de su vida que “somos de la Naturaleza y no que la Naturaleza sea nuestra” propiedad. La Naturaleza, silenciosamente, igual que crecen los árboles, nos brinda muchas lecciones magistrales, porque también es maestra de la vida. La Naturaleza en otoño se nos muestra con una exuberante lección de colores, antes de echarse a dormir. Nos propone una sinfonía de hojas secas que amarillean o enrojecen antes de dejarlas caer. Los colores del otoño salen a la luz en las ramas y luego se bajan de los árboles y alfombran la tierra con la misma alegría con que las tenían suspendidas en el aire. Es por la dejadez, por el aburrimiento y hasta por el frío por lo que son tan descuidados. Sin embargo, hay plantas que florecen en otoño y nos ofrecen una sinfonía de colores para recordarnos que nosotros también seguimos vivos. Así podemos observar los colores de los pensamientos, de los hibiscos, de las dalias, de los crisantemos, de las bignonias... que se encargan de que no lo veamos todo gris, aunque los días se nos vuelvan grises. | También hemos podido observar que hay árboles que parecen llevar la contraria a la propia naturaleza. No se aburren ni en otoño ni en invierno. Son tercos en conservar las hojas verdes y si algunas se les ponen marrones, amarillas o rojas no les hacen ni caso y siguen adelante. Se trata de unos rebeldes naturales que no se encogen con el frío, que le echan ganas a la vida, mientras otros entran en un período de aburrimiento y de descuidos, aunque, quizá, para sorprendernos mejor en primavera. Los nísperos, por ejemplo, son unos árboles que florecen en otoño y sus flores son fecundadas, sobre todo, por las abejas. A estas alturas del otoño de diciembre ya nos muestran unas frutitas que se están preparando para podernos ofrecer toda su sazón en la próxima primavera. Es normal que así lo hagan, porque si no, nos les daría tiempo a ser los primeros en ofrecernos sus dulces y carnosos frutos. Es de todos sabido que los nísperos tienen unas semillas o huesos muy gruesos. Por eso tenemos el dicho popular de que “tiene más huesos que una carga de nísperos”. En nuestros años de estudio “El níspero” era el auto en que venían los profesores, precisamente, porque venía cargado de “huesos”. Además sus huesos son tóxicos; razón de más para tener cuidado con ellos. El níspero, con saltarse la costumbre primaveral de florecer, ya nos resulta un tanto rebelde, por salirse de la norma. Sin embargo nos recompensa con su generosa fruta en la primavera. Lo que muchos no sabíamos es que hay otro árbol que es más rebelde y que tiene un comportamiento que se sale, a todas luces, de la normativa floral. Estamos hablando nada más y nada menos que del madroño. Este rebelde natural nos ofrece sus frutos en el otoño, pero es precisamente en el otoño cuando nos ofrece sus flores, antes que arrecien los fríos. Nos parece que es un árbol y arbusto que no tiene espera, que no se fía de la primavera. Lo lógico sería pensar que, ya que nos ofrece sus frutos en otoño nos podría mostrar tranquilamente su floración en primavera, como hacen otros mortales o amortales árboles. Pues no, amigos, empieza a florecer incluso cuando no ha terminado de darnos todos sus frutos. De esta manera se asegura su maduración casi un año antes, por si las moscas. La madre Naturaleza nos muestra así una lección distinta y se nos antoja que se nos puede mostrar como un aviso para caminantes, ya que nos podemos dejar llevar de la demagogia política, tan antinatural. La palabra primavera ha sido utilizada como sinónimo de apertura, de modernidad y hasta de nueva y moderna democracia. Sin embargo podemos aprender del madroño (¡qué caramba! ¡Qué otoño!) que es quien nos enseña a no fiarnos de la primavera. Desde la “Primavera de Praga”, por lo menos, todas las primaveras, como las árabes, han tenido sus raíces en el vivero del Tío Sam que nos ha ofrecido, no solo huesos, sino también frutos más que tóxicos. No queremos ni pensar que Cataluña pudiera ser otra dudosa primavera. josemª |
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