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Charlatán | | Pedro Biedma. 18.11.18 | |  Mercedes observaba, desde su ventana, la Parroquia de San Pablo Apóstol, una de las edificaciones más representativas de San Pablo del Monte, ciudad ubicada en la zona sur de México. A sus ochenta y dos años, su cansada vista no le permitía apreciar todo su esplendor, no era necesario, su mente atesoraba la imagen del monumento a la perfección. Sus recuerdos le regalaron un viaje al pasado y durante unos minutos, paseó del brazo de su amado Miguel por las calles de su ciudad. Él hablaba sin parar, mientras ella, cautivada por el verde de sus ojos, asentía con la cabeza y le interrumpía de vez en cuando: • ¡Calla un segundo! | Y le estampaba un rápido beso en los labios, sonrojada, enseguida comentaba: • Ya puedes continuar, charlatán. La algarabía producida por los vecinos de su localidad, que festejaban el día de los muertos, atravesaron el cristal para clavarse, como dardos envenenados, en sus ancianos oídos y la devolvieron a la cruel realidad. Tomó asiento en su sillón de toda la vida, ubicado estratégicamente, frente al modesto altar que dispuso para la señalada ocasión. Unas flores de Cempasúchil y algunos enseres de su añorado esposo constituían sus ofrendas. En el centro destacaba una fotografía y la sortija de boda de Miguel, apoyadas sobre un trozo de papel, en el que podía leerse la siguiente frase: • Te espero, charlatán. Las horas transcurrieron con parsimonia, alrededor de las siete de la tarde, alguien llamó a su puerta, Mercedes no se inmutó, el delator bullicio, indicaba que se trataba de niños que ansiaban dulces y caramelos. En voz baja murmuró: • Esta nueva moda de halloween acabará con nuestra bella tradición. El sueño se apoderó de su cuerpo durante unos minutos, al despertar se arrodilló frente al altar, besó la foto y la acercó a sus labios, de los que nacieron unas silenciosas palabras. Se adentró en la cocina, encendió la luz y observó el vetusto reloj, situado en el centro de la misma, marcaba las once y cuarto de la noche y musitó: • Se aproxima el momento. Tomó su bote de pastillas para la tensión y acompañada de un vaso de agua, ingirió una tras otra, hasta vaciar el frasco. Apagó todas las luces, regresó a su asiento y permaneció allí, en silencio y alumbrada por el resplandor que generaban las velas situadas en el altar. Los efectos de la medicación, le llevó de nuevo, a caer en los brazos de Morfeo, esta vez su sueño era profundo. En la calle, las campanas de la Parroquia de San Pablo Apóstol, repicaron doce veces, el día de los fieles difuntos daba comienzo. Mercedes abrió los ojos, frente a ella y de pie, un joven le ofrecía la mano, no distinguía su rostro, pero el verde intenso de sus ojos resultaba inconfundible. • Esta vez has leído mi súplica, nunca entendiste mi letra, pero este año la he mejorado. Le agarró de la mano y su alma se incorporó, abandonando su inerte cuerpo en aquel viejo sillón. Ambos cruzaron el umbral de este mundo y unidos del brazo, comenzaron un paseo eterno en un paraje celestial. Él hablaba sin parar, mientras ella, cautivada por el verde de sus ojos, asentía con la cabeza y le interrumpía de vez en cuando: • ¡Calla un segundo! Y le estampaba un rápido beso en los labios, sonrojada, enseguida comentaba: • Ya puedes continuar, charlatán. |
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