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Asia y Robert | | Francisco Miguel Gómez. 18.11.18 | |  Cuenta la historia que la cristiana Asia Bibi fue a llevar agua a sus vecinas musulmanas mientras trabajaba con ellas en el campo. En su camino, Asia encontró una vieja vasija de metal y se paró a beber de ella. Una vecina vio a Asia beber de la vasija y le dijo que estaba prohibido que un cristiano bebiera de la misma vasija que un musulmán. A este feo Asia respondió con una blasfemia. Desafortunadamente, y aunque no lo parezca, esta historia es real; y mucho más desafortunado es que Asia fuera condenada a la pena capital por blasfemia, porque así era la ley hace ocho años en Paquistán, y así sigue siendo hoy. Pero esto no acaba aquí: Shahbaz Bhatti, ministro paquistaní por aquel tiempo, anunció su intención de suavizar la pena por blasfemia y fue amenazado de muerte por ello. Shahbaz sabía perfectamente dónde se metía, porque poco antes de ser acribillado a balazos grabó un vídeo prediciendo su asesinato. La semana pasada, la corte suprema paquistaní decidió indultar a Asia
por falta de pruebas. Ella y su familia tendrán que abandonar
Paquistán, algo que su abogado ya ha hecho, porque, a pesar de haber
pasado ocho años en una de las peores prisiones imaginables, varios
grupos siguen protestando para que Asia sea colgada.
Solo unos pocos días previos a la decisión del indulto de Asia y a
medio mundo de distancia, Robert Bowers era detenido por abrir fuego y
matar a once personas de religión judía en una sinagoga estadounidense.
Si es culpable, Robert podría ser sentenciado a muerte. | Para el ciudadano de Occidente parece bastante claro quién merece la pena de muerte en estas dos historias y quién no. Pero estos no son cuentos, son realidades, y una vez que profundizamos en cómo funcionan y evolucionan otras sociedades, el caso de Asia y el de Robert dejan de ser tan diferentes. He aquí por lo que me parece tan obvio que la pena capital, tanto en Estados Unidos como en Paquistán, debería pasar a formar parte de los libros de Historia y no de la realidad de hoy.
El verdugo Tanto en el caso de Asia como en el de Robert, el verdugo sería el Estado y, por extensión, cada uno de los votantes que mantienen en el poder a los defensores de la ley de la pena capital. En Estados Unidos y Paquistán, los ciudadanos disfrutan de un nivel democrático. Teóricamente, el verdugo se limita a seguir las normas que se le impone. Teóricamente. En realidad, sería más apropiado decir que esto no es más que un sistema cobarde en el que la responsabilidad de cometer un acto tan atroz como el de quitar una vida se diluye al máximo para que todos se sientan un poco mejor. En ambos casos, una persona tendrá que inyectar la substancia letal en el brazo de Robert o poner la cabeza de Asia bajo la cuerda. Ninguno de estos verdugos presenció de primera mano los supuestos delitos de Asia o Robert. Ninguno sabría a ciencia cierta si fue Robert quien mató o si Asia cometió o no blasfemia, ni podría decidir si el crimen de uno merece la muerte o no. Sin embargo, ambos tendrían que vivir con el sacrificio y la carga mental que supone haber apagado una vida.
Justicia disuasoria y autoridad moral En una sociedad moderna, la educación es un importante pilar para una buena convivencia. En todos los niveles de las sociedades más avanzadas de nuestro planeta enseñamos a nuestros hijos a respetar la propiedad ajena, las opiniones de los demás y su integridad física. ¿Cómo encajan aquí las penas de Robert y de Asia? En el caso de Robert, hay estudios (Radelet & Lacock, 2008) que revelan que los homicidios siguen siendo más numerosos en los estados en los que la pena capital existe; además, la mayoría de los criminólogos opinan que la pena capital no tiene capacidad disuasoria en los casos de homicidio. En el caso de Asia, esto es mucho más extremo: es de esperar que Asia, tras haber pasado toda su vida en Paquistán, supiera qué pena conllevaba el crimen de blasfemia. Si la pena capital no disuade al que comete blasfemia, es consecuentemente absurdo esperar que disuada al que comete homicidio. Quizás se pueda argumentar que Robert “merece” la pena capital, pero siguiendo la lectura del párrafo anterior, no es posible aplicarla sin perjudicar la salud mental del verdugo. Alguien podría pensar que un familiar estaría en su derecho de aplicar la pena capital a Robert. El Estado, sin embargo, debe tomar decisiones pragmáticas por el bien de la sociedad y no dejarse cegar por la emoción. La sociedad, en su importante empresa de educar, debe mantener la cabeza alta y mostrar que es distinta del criminal. Una sociedad conforme con la aplicación de la pena capital es una sociedad que sufre cuando pretende distanciarse de las personas que cometen este tipo de crimen.
La venganza y el mártir A menudo escucho a los que defienden la pena capital que, a menos que Robert sea ejecutado, los familiares de sus víctimas sufrirán y no se habrá hecho justicia. Para mí es imposible comprender y asimilar en su totalidad el dolor de estas familias, porque lo que les ha ocurrido nunca me ha ocurrido a mí, y espero que nunca me ocurra. Sin embargo y sin ánimo de ofender a los que lloran la pérdida de sus seres queridos, nada va a traer de vuelta del mundo de los muertos a ninguno de las once víctimas de Robert. El simple deseo de venganza da lugar a una conclusión mucho más oscura: si deseamos la ejecución de Robert, su asesinato legal, y nuestra base y motivo son sus hechos, entonces estamos moralmente obligados a preguntarnos cuál fue el motivo que empujó a Robert a cometer sus asesinatos ilegales. En otras palabras: desde mi punto de vista, no hay hecho que justifique un asesinato, legal o no; de modo que, si buscamos justificación en una ejecución, no estamos siendo justos con nuestra propia conciencia si no buscamos la justificación en el otro.
La oportunidad Siguiendo el argumento anterior, si decidimos justificar las acciones de Robert, puede que lo que encontremos no nos guste. Es muy posible que, aunque no se pueda llamar justificación, haya una causa que empujó a Robert a cometer sus atrocidades. ¿No es un poco insensato no investigar esta causa? Al fin y al cabo, sea la causa social, mental, médica o una combinación de estas, acabar con la vida del criminal no nos hace ningún favor si no sabemos cómo evitar las acciones del próximo homicida. Y todos sabemos que lo habrá. ¿Son las personas contrarias a la pena capital capaces de cometer un homicidio? Si no lo son, no es la abolición moral de la pena de muerte el primer paso para reducir los homicidios. Francisco Miguel Gómez Villasclaras Bibliografía 1. Radelet & Lacock (2008) https://deathpenaltyinfo.org/files/DeterrenceStudy2009.pdf |
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